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El Hombre Olvidado por el - Capítulo 17

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Capítulo 17: El Renacer Del Rey Carmesi

Capitulo 17: El Renacer Del Rey Carmesi

El aire estaba húmedo, y el viento azotaba con violencia las ruinas de lo que alguna vez fue una ciudad llena de vida. Ahora, ese lugar estaba plagado de bestias y monstruos que se reunían alrededor del castillo de su líder, expectantes ante la batalla entre dos potencias.

De un lado estaba León, con una mirada fría y desafiante. Su cabello plateado brillaba bajo el resplandor de las llamas puras que lo envolvían, mientras la tela de su larga gabardina blanca ondeaba majestuosamente al compás del viento. Sus ojos carmesí, intensos como la sangre, se posaron un instante sobre sus amigos, quienes estaban protegidos por dos dioses que habían descendido para ayudarlos. Con un movimiento sutil, León se giró, colocándose de espaldas a ellos.

Su pisotón, delicado pero firme, provocó que una barrera translúcida se desplegara frente a sus compañeros. Aquella barrera, suave como el agua a simple vista, irradiaba un poder inquebrantable, protegiéndolos de la brutalidad del combate que estaba a punto de desatarse.

Frente a él estaba Pestilencia, sonriendo con un aire de superioridad, los brazos cruzados. Su figura irradiaba un aura opresiva y pestilente, una niebla rojiza y putrefacta que parecía manchar el aire mismo. Su armadura oscura, pesada y desgastada por las batallas, brillaba con un fulgor siniestro, mientras su portador se deleitaba ante la osadía del humano desconocido que osaba enfrentarlo.

Con paso lento y calculado, Pestilencia ascendió por el aire, su figura imponente resonando con cada movimiento. Desenfundó su espada, una aberración hecha de carne y sangre que palpitaba con vida propia. Las runas que adornaban la hoja, imbuidas de antiguos encantamientos, brillaban con un destello malicioso, anunciando la corrupción que su portador traía consigo.

Pestilencia:

“¿Qué te hace pensar que podrás derrotarme? Han pasado tantos por mi camino, todos con poder… y ninguno ha logrado siquiera hacerme sangrar.”

León no se dejó intimidar. Avanzó con paso firme, su semblante serio pero cargado de una furia contenida. Cada movimiento suyo irradiaba confianza, como si el peso del mundo no fuera suficiente para quebrarlo.

León:

“Lo haré con mi propio poder, uno que proviene de mi voluntad y de la fe de los que me rodean. Es un poder que incluso los dioses poseen… pero que no saben utilizar.”

Ambos avanzaron en el aire, sus miradas chocando como si fueran espadas antes de que las armas reales entraran en acción. El ambiente se tornó pesado, el silencio opresivo. Todos los presentes, incluso los monstruos más oscuros, se hicieron la misma pregunta: ¿Quién ganará este encuentro?

El combate comenzó con una explosión. Ambos desaparecieron de la vista por un instante, y el silencio fue roto por una onda expansiva que sacudió las ruinas. Las espadas chocaron con un estruendo ensordecedor, y las figuras de León y Pestilencia solo eran visibles en los breves destellos de luz que surgían de cada colisión.

León giraba sobre su eje con precisión letal, su espada trazando círculos perfectos en el aire. Sus movimientos eran fluidos y elegantes, cada golpe cargado de fuerza y determinación. Pestilencia, por su parte, bloqueaba los ataques con una habilidad despiadada, utilizando el lado más resistente de su espada para desviar los cortes de León mientras desataba ráfagas de su aura corrupta, que corroían las paredes y el suelo a su alrededor.

El choque de sus poderes era tan violento que el castillo comenzó a desmoronarse. León, con un giro rápido de su muñeca, atacó con cortes transversales a una velocidad vertiginosa. Pestilencia respondió con un golpe devastador, un gancho directo a la espada de León, intentando desarmarlo.

Pero León reaccionó con una destreza asombrosa. Giró su cuerpo y lanzó una patada alta, bloqueando el ataque de Pestilencia y obligándolo a retroceder. Ambos se separaron, tomando distancia por un instante mientras evaluaban sus próximos movimientos.

Pestilencia dejó escapar una carcajada, su aura pútrida intensificándose mientras las runas de su espada brillaban con mayor intensidad.

Pestilencia:

“Eres persistente, humano. Pero eso no bastará para vencerme.”

León no respondió. Dejó que sus llamas crecieran a su alrededor, envolviéndolo como un escudo viviente. Avanzó nuevamente, su determinación inquebrantable, mientras el suelo bajo ellos se agrietaba, incapaz de soportar el peso de su combate.

El enfrentamiento apenas comenzaba, pero ya había transformado el escenario en un campo de caos absoluto. Y aún, ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder.

Así fue como el castillo comenzó a derrumbarse, pedazo a pedazo. Los escombros caían con fuerza, golpeando las ruinas cercanas, mientras Hades y Apolo observaban con calma. La barrera que León había erigido los protegía, desviando los fragmentos hacia el suelo sin dejar que cruzaran el límite sagrado que él había trazado.

Fuera de la barrera, Pestilencia retomó su ataque con renovada ferocidad.

Pestilencia:

“Zarldrich Forteins.”

El lenguaje de Pestilencia era un enigma, imposible de comprender para los humanos. Cada palabra suya resonaba como un eco prohibido, un lenguaje reservado para quienes tenían poder divino corriendo por sus venas. El ataque que desencadenó era un corte venenoso, impregnado con una enfermedad mortal: cáncer de piel en su etapa terminal. Si aquel ataque llegaba a tocar el cuerpo de León, la propagación sería tan agresiva que podría terminar con su vida al instante.

León, manteniendo la compostura, esquivó el ataque con un giro certero, moviéndose como una ráfaga en medio del caos. Sin detenerse, lanzó su contraataque con una furia abrasadora.

León:

“Hellfire Slashes.”

Tras recitar la habilidad, desenfundó su espada. Un aura de energía divina envolvió la hoja, y de un solo movimiento desató una lluvia de cortes ardientes. Cada uno era como una onda de aire comprimido, cargada de un fuego infernal que surcaba el espacio con violencia, dirigiéndose directamente hacia Pestilencia.

Pero Pestilencia no se dejó intimidar. Bloqueó y contrarrestó los cortes con su espada corrupta, avanzando con velocidad implacable. En un movimiento inesperado, dio un salto, impulsándose hacia León con fuerza descomunal. Giró en el aire como un trompo, desatando una serie de cortes giratorios, rápidos y devastadores.

León bloqueó los ataques con habilidad, pero cada choque debilitaba su postura. Finalmente, aprovechando una apertura, Pestilencia asestó un golpe sorpresa. Su espada, una distracción calculada, se desvió deliberadamente hacia un lado, y con un movimiento limpio, Pestilencia apareció detrás de León. El impacto directo en su rostro lo obligó a dar un paso hacia adelante, tambaleándose.

León:

“Interesante… eso no lo vi venir.”

Pestilencia esbozó una sonrisa oscura bajo su máscara.

Pestilencia:

“Eres un oponente digno. Pero ambos sabemos que el tiempo de jugar se ha terminado.”

León:

“Sí. Es hora de terminar con esto.”

Ambos ajustaron la posición de sus armas, como si se prepararan para un duelo entre dos caballeros. Caminaron lentamente, tomando distancia entre ellos, sus miradas fijas, cargadas de desafío y respeto. Pestilencia, con un gesto solemne, detuvo el combate y comenzó a hablar.

Pestilencia:

“Ya que has sido el primero en recibir un golpe mío, esquivarme y darme tantos problemas… y aún sigues en pie, te concederé un honor. Verás mi verdadero rostro.”

León no respondió con palabras. Sabía que los dioses, por regla general, tenían rostros de una belleza imponente, casi divinos. Era probable que Pestilencia quisiera mostrarle su grandeza antes del golpe final.

Pero lo que León vio no fue lo que esperaba.

Al quitarse el casco, pudo ver el rostro de Pestilencia, sin su casco, era la viva representación de una presencia oscura y siniestra. Su cabello negro, largo y desordenado, caía como una sombra caótica alrededor de su cara pálida y mortalmente fría, dándole un aspecto sobrenatural. Sus ojos ardían con un brillo carmesí intenso, casi inhumano, como si el odio y la corrupción del mundo se reflejaran en su mirada. Las facciones de su rostro eran afiladas y sombrías, pero su expresión era serena, inexpresiva, como si estuviera en completo control del caos que lo rodeaba.

El tono grisáceo de su piel parecía el resultado de una corrupción incesante, mientras que la oscuridad que lo rodeaba parecía filtrarse de su figura, como si fuera parte de él. A su alrededor flotaban pequeñas partículas negras, sutiles y etéreas, como restos de podredumbre arrastrados por un viento inexistente. Una presencia amenazante, tan elegante como aterradora.

Pestilencia, despojado de su casco, dejó al descubierto un rostro humano, sombrío y marcado por el peso de siglos de remordimientos y pesares. Al verlo, el enojo de Leon se intensificó; sus ojos se encendieron con una furia contenida mientras apretaba con fuerza la empuñadura de su espada.

Leon: —¿Eres un humano como nosotros… y aun así decides ser parte del apocalipsis que está devorando el mundo?

La pregunta retumbó en el aire como una sentencia. Pestilencia no respondió de inmediato. En cambio, clavó su espada en la tierra con un gesto solemne. Luego, cruzó las manos detrás de su espalda, su postura emanando una mezcla inquietante de superioridad y serenidad. Finalmente, bajó la mirada y habló con una voz fría, cargada de emociones profundas y antiguas.

Pestilencia: —Un no-muerto no puede considerarse humano, Leon. Yo morí hace milenios, pero en mis últimos suspiros supliqué sobrevivir. Alguien, envuelto en la oscuridad, respondió a mi ruego y me salvó. Le sirvo a esa persona y a nadie más. Esto… (su voz tembló por un instante) —es mi pago por la vida que me fue concedida.

Sus palabras, aunque heladas, brotaban de las raíces de un dolor insondable. Leon sintió el peso de esa confesión, pero su mirada no se suavizó. Las dudas, sin embargo, empezaron a anidar en su mente: ¿realmente podría derrotarlo? La presión que emanaba de Pestilencia se hizo más intensa, una presencia casi palpable que parecía doblar el aire a su alrededor. Aun así, Leon sabía que si flaqueaba, si retrocedía, sus amigos estarían condenados.

Suspirando con una pesadez que parecía extraer el último rastro de vacilación, Leon alzó su espada. Su mirada, seria y determinada, encontró los ojos sombríos de su enemigo. Sin intercambiar más palabras, ambos comenzaron a caminar, lenta pero inexorablemente, el uno hacia el otro. El eco de sus pasos resonaba como el preludio de una catástrofe inevitable.

Leon: —Así como tú tienes voluntad y una meta que cumplir… yo tengo la mía. Pero nuestros caminos chocan, Pestilencia. Solo uno puede avanzar. ¿Serás tú… o seré yo?

Pestilencia: —Eso ya lo veremos, humano.

El suelo comenzó a temblar cuando ambos desataron sus poderes. La tierra crujía bajo sus pies, incapaz de soportar la magnitud de la energía que estaban acumulando. Pestilencia, erguido como un profeta de la ruina, extendió sus brazos hacia el cielo mientras la vitalidad de cada bestia y monstruo en kilómetros a la redonda fluía hacia él. Sus murmullos crecían en intensidad, transformándose en un encantamiento ancestral que hizo vibrar el aire y ennegrecer el firmamento.

“En el vacío entre las estrellas, donde ni la luz osa pisar, yo soy el arquitecto del poder cósmico. Contemplo la esfera de la creación, cuna de potencial infinito. A mi alcance, nacen mundos; a mi paso, se deshacen. Aquí, en esta noche eterna, no existe salvación. Solo la extensión ilimitada de mi voluntad.”

“Celestial Forge: Hand of the Astral Titan”

La figura de Pestilencia es una amalgama de caos y majestad, una manifestación física de un poder que desafía lo humano y lo divino. Su cuerpo colosal está compuesto de una materia que parece cristalizar la oscuridad misma, una estructura azul y negra que se retuerce como si estuviera viva, a la vez sólida y líquida. Cada fibra de su forma parece pulida y cortante, semejante a fragmentos de obsidiana con bordes irregulares, como si el cristal hubiera sido forjado con violencia y por la voluntad de una entidad cósmica.

Su torso es descomunal, amplio y robusto, como el de un titán, con líneas de energía luminosa y azulada que surcan su superficie en patrones orgánicos y arcanos. Estas líneas semejan venas incandescentes, pulsando con un resplandor etéreo, como si la luz misma estuviera atrapada bajo su piel. El fulgor es más intenso en el centro de su pecho, donde un núcleo luminoso palpita como el corazón de una estrella muerta, irradiando haces de luz fría que cortan el aire a su alrededor.

El rostro de Pestilencia, apenas visible entre la amalgama de sombras y cristales, está coronado por prolongaciones puntiagudas que asemejan cuernos o picos, extendiéndose como un yelmo desgarrado que lo hace aún más intimidante. Los contornos de su cara son agudos y afilados, casi imposibles de definir, pero sugieren la reminiscencia de una calavera humanoide, vacía y eterna. Sus ojos —si es que los tiene— están ocultos en la penumbra de su semblante, pero se perciben puntos de luz débil, como destellos lejanos de estrellas agonizantes, sugiriendo una conciencia antigua y despiadada.

De su espalda emergen alas colosales y desgarradas, hechas de la misma materia cristalina y oscura. Las alas no son del todo sólidas: se curvan y distorsionan como si estuvieran en constante flujo, bordeadas por remolinos de energía espectral. Al extenderse, cubren el horizonte como un eclipse, bloqueando cualquier atisbo de luz y envolviendo el ambiente en una penumbra pesada y ominosa.

Sus brazos son desproporcionadamente grandes, largos y musculosos, con garras afiladas en lugar de dedos, tan largas que parecen capaces de desgarrar la tierra misma. Cada movimiento de sus extremidades deja tras de sí estelas de energía, como si la atmósfera se fracturara al contacto con su forma. La textura de sus manos y brazos es más densa, con estrías marcadas que parecen absorber la luz a su alrededor.

La parte inferior de su cuerpo se desvanece en un torbellino de sombras y cristales, fusionándose con el entorno como si su existencia misma estuviera arraigada en la realidad. De esta forma, Pestilencia no tiene una presencia estática: su cuerpo parece expandirse y contraerse, alterando el espacio y la perspectiva a su alrededor, como si no pudiera ser contenido por las leyes del mundo físico.

La imagen completa de Pestilencia es una paradoja de belleza y horror, una figura que combina el esplendor celestial con lo grotesco y lo abominable. Cada detalle de su apariencia evoca una sensación de pequeñez e insignificancia en quienes lo observan, como si miraran a una fuerza primordial e inmutable, nacida en las profundidades del cosmos para traer el fin del todo

Fue entonces que león noto que realmente ya no podía contener su poder sin mediar palabra empezó a absorber y poner en un solo punto la energía que tenia en su cuerpo pero esta simplemente en lugar de disiparse y condensarse se fusiono en su cuerpo tomando su voluntad y sus deseos para darle mas poder de forma temporal un poder que podría rivalizar contra aquella forma colosal

Leon ahora se ha convertido en la manifestación pura del caos y la voluntad inquebrantable. Su cuerpo es una amalgama de poder divino y energía desbordante, con cada fibra de su ser vibrando y estallando en destellos de luz carmesí y azul.

Su cabello azul eléctrico, de apariencia etérea, parece flamear como si estuviera encendido en llamas incorpóreas, oscilando con cada movimiento y desbordando una energía incontrolable y viva. Pequeñas ráfagas de luz se desprenden de cada mechón, creando un halo resplandeciente y ominoso a su alrededor. En contraste, sus ojos son el elemento más aterrador y magnífico de su rostro: dos focos carmesí, intensos y brillantes como el sol al anochecer, que parecen perforar la realidad misma. La mirada de Leon es fría, concentrada y repleta de una determinación implacable, como si estuviera más allá del miedo o el dolor.

Cuernos colosales de color rojo oscuro sobresalen de su cabeza, curvándose hacia arriba y hacia afuera como estalagmitas infernales. Estos parecen haber crecido directamente de su cráneo, como una extensión de su poder fusionado con su ser. Cada cuerno está marcado con grietas luminosas de color rojo incandescente, como si el calor de su energía estuviera a punto de hacerlos estallar en cualquier momento.

Su armadura, que ahora es parte de su propio cuerpo, está hecha de fragmentos de cristal negro y rojo, afilados y retorcidos, como si estuvieran moldeados a partir de la materia misma del caos. Esta armadura es orgánica y cambiante, con líneas azules y rojas que surcan su superficie en patrones vibrantes, similares a venas de luz líquida que laten al ritmo de su energía vital. Las placas de la armadura sobresalen en picos y filos, especialmente en los hombros y antebrazos, donde dos extensiones descomunales y dentadas semejan mandíbulas dracónicas. Estos adornos parecen tener vida propia, como si estuvieran listos para desgarrar lo que Leon decida.

A su espalda, dos alas gigantescas se han materializado, formadas de fragmentos de luz y cristal. Cada pluma de estas alas parece un cuchillo afilado, compuestas de un material etéreo que fluctúa entre lo sólido y lo intangible. Las alas se extienden como una explosión de fuego carmesí, cubriendo el horizonte y proyectando sombras distorsionadas que se retuercen con una belleza caótica y perturbadora.

Su pecho es el epicentro de su transformación: justo en el centro, un núcleo incandescente brilla con tal intensidad que parece un corazón de energía comprimida. De él emanan finos rayos de luz roja y azul que se expanden y se retraen, como si estuviera respirando con la fuerza de un dios en combate. El resplandor ilumina su armadura y su rostro, otorgándole una apariencia divina y aterradora.

Los brazos y manos de Leon son ahora más grandes y musculosos, cubiertos por la misma armadura que se fusiona con su cuerpo. Las garras que sobresalen de sus dedos son afiladas como espadas, extendiéndose con bordes irregulares y emanando pequeñas partículas de luz. Cada movimiento que hace deja un rastro vibrante y luminoso en el aire, como si él mismo estuviera desgarrando la realidad.

Por último, el entorno alrededor de Leon ha comenzado a cambiar: fragmentos de energía flotan en el aire, como pedazos de un cristal estallado. La atmósfera vibra y retumba con su sola presencia, y el suelo bajo sus pies se agrieta y levita en pequeñas plataformas inestables. Leon ya no es solo un hombre: es un avatar del poder absoluto, un ser nacido del caos mismo, capaz de desafiar a las entidades más colosales y oscuras del universo.

En ese momento, luego de que ambos habían llegado hasta ese punto, se miraron por última vez. Pestilencia cerró los ojos por un instante, pensando en todas las regresiones que había vivido. A lo largo de todas esas vidas, solo había experimentado un profundo y eterno aburrimiento. Sin embargo, ahora, frente a Leonardo, por fin encontraba a alguien que le daría el descanso eterno que tanto había anhelado. Una leve sonrisa apareció en su rostro mientras abría los ojos de golpe, lanzando su gigantesco ataque: un puñetazo cargado con un poder oscuro y devastador que se dirigía directamente hacia Leonardo.

Leonardo miró hacia atrás, hacia lo que quedaba de aquel lugar destruido y en ruinas. Se dio cuenta de que, si esquivaba el ataque, la barrera que protegía a sus amigos se rompería, y ellos serían eliminados al instante. En un movimiento desesperado, tomó su espada, cargándola rápidamente con energía divina mientras la enfundaba nuevamente. Adoptó una postura similar a la de un samurái, evaluando su situación. Su mente se inundó de imágenes de una habilidad que podría ejecutar; un ataque que debía lanzar sin dudarlo.

Con determinación, Leonardo levantó la mirada hacia el colosal puñetazo lleno de energía oscura que estaba a centímetros de impactarlo. Con un grito cargado de energía y voluntad, desenvainó su espada, liberando un ataque crucial.

Leonardo: ¡Double Cross Blade!

En un instante, lanzó ocho cortes que se formaron en dos cruces en forma de “X”. Los cortes impactaron al mismo tiempo contra el ataque de Pestilencia, generando un choque de poderes tan inmenso que la explosión luminosa fue visible en toda la provincia. Incluso llegó al hogar de Leonardo y al puente donde los demás esperaban a sus compañeros.

Jamal: Así que al final despertó… ya era hora, ¿no crees?

Mientras tanto, en el hogar de Leonardo, las reacciones eran diferentes. Todos deseaban con el corazón que estuviera bien. Desde lo alto de las murallas, Santiago cruzó los brazos, observando la luz en el horizonte. Dio un paso adelante y se quitó la máscara, revelando su rostro mientras murmuraba:

Santiago: Gana… y esta vez vuelve a salvo para celebrar la victoria como es debido, líder.

Leonardo no pudo escuchar esas palabras, pero seguía luchando con todas sus fuerzas para repeler el ataque de Pestilencia, quien, aunque deseaba ser derrotado y descansar al fin, no podía permitirse ser vencido tan fácilmente. Pestilencia absorbió energía oscura y vital de los monstruos y bestias cercanas, aumentando su fuerza exponencialmente. Esto obligó a Leonardo a retroceder, arrastrándose con dolor, mientras el choque de poderes lo empujaba contra la barrera. Sabía que si desactivaba la barrera podría redirigir toda su energía al combate, pero temía por la seguridad de sus amigos, que todavía no se habían recuperado.

Hades y Apolo observaban desde la distancia, conscientes de que apenas les quedaba energía divina, incapaces de intervenir. Pero entonces, una voz resonó con fuerza.

Rosario: ¿Acaso no confías en nosotros?

Leonardo, confundido, miró hacia atrás. Rosario continuó, con dureza en sus palabras:

Rosario: Estuvimos solos y logramos protegernos sin ti.

Brenda: Tenemos la fuerza para mantenernos de pie.

Rosario: ¿Quién te crees que eres para dudar de si podremos resistir o no? Piensa más en ti mismo, ¡idiota!

Ibarra: Eso fue duro… pero tiene razón. Quita la barrera, líder.

Todos: Estaremos bien, incluso si la presión es demasiada.

Las palabras de sus compañeros golpearon con fuerza a Leonardo, haciéndole entender que tenía que confiar en ellos. Habían sobrevivido por su cuenta, enfrentando adversidades incluso en su ausencia. Sonrió, reconociendo que no era él quien debía protegerlos; eran ellos quienes habían demostrado su fortaleza.

Con una resolución renovada, absorbió la barrera en su puño, comprimiendo toda esa energía al máximo. Sus compañeros sintieron la inmensa presión del combate, apenas manteniéndose en pie, pero no apartaron la vista. Querían presenciar la victoria de su líder.

Leonardo: Gracias a todos por mostrarme su fuerza. Ahora, les demostraré la mía.

Todo su cuerpo se tensó violentamente, sus músculos y venas marcándose mientras reunía su energía. Dio un salto hacia adelante, fusionando la energía de su puño con la de su ataque en cruz. Su forma comenzó a transformarse en un majestuoso fénix carmesí que atravesó la energía oscura del puño de Pestilencia.

Con un grito de guerra, Leonardo se abalanzó contra su enemigo. Pestilencia, con sus últimas fuerzas, creó una barrera frente a sí, usando cada gramo de poder restante para resistir. Sin embargo, al ver los ojos de Leonardo, llenos de furia y determinación, comprendió que no podría detenerlo. La imagen de un fénix carmesí brilló intensamente en la mirada de Leonardo mientras la barrera se desmoronaba.

Con un último y devastador grito, Leonardo rompió la barrera y golpeó el rostro de Pestilencia con una fuerza descomunal. La onda de choque masiva resonó en cada rincón del continente, dejando un profundo silencio tras el impacto.

Los compañeros de Leonardo, que habían presenciado la batalla, quedaron sorprendidos. El cielo, antes cubierto por energía oscura, se despejó, revelando el brillante azul que tanto habían extrañado. Frente al trono destrozado, Pestilencia yacía moribundo. Leonardo se arrodilló frente a él, viendo cómo el cuerpo y el alma de su enemigo comenzaban a desvanecerse.

Pestilencia: … Gr… gracias…

Con esas palabras, Pestilencia desapareció, convirtiéndose en parte de la esencia vital del planeta. Leonardo levantó la vista hacia el cielo, y por primera vez en mucho tiempo, respiró con alivio.

Cuando estaba a punto de regresar con sus amigos, el tiempo se detuvo. Todo en el planeta quedó inmóvil, salvo los más poderosos. Leonardo giró hacia donde había estado el trono de Pestilencia, y para su horror, una mano surgió entre dimensiones, rompiendo la realidad.

El planeta tembló ante la presencia de una entidad desconocida, obligando a todos, incluso a Leonardo, a arrodillarse.

The Crimson King: Mortales interesantes… Ha sido entretenido observarlos, pero no me agrada que toquen lo que me pertenece. Especialmente ese ser al que liberaste… Yo, el Rey Carmesí, estoy muy molesto por ello.

El Rey Carmesí, Había aparecido, una entidad aterradora y de una presencia imponente, es una figura que parece emerger directamente del núcleo más oscuro de un abismo. Su cuerpo está compuesto de una armadura orgánica negra, con protuberancias afiladas que emulan púas demoníacas y resplandecen con un tenue carmesí que emana de su interior. Sus ojos no son simples orbes, sino grietas que destellan un brillo infernal, como si fueran ventanas al fuego eterno que lo consume desde dentro.

Su silueta es nebulosa, con una capa ondulante de sombras que se extiende desde su cuerpo, dando la impresión de que es tanto físico como etéreo. Las cadenas doradas que lo rodean, aunque parecen estar hechas para contenerlo, irradian una energía que refuerza su poder. Estas cadenas se retuercen y serpentean como serpientes vivas, reforzando la idea de que son parte de su esencia.

El Rey Carmesí no solo intimida por su forma física, sino también por la sensación de pura malicia que emana de él. Su piel parece estar tejida con la oscuridad misma, mientras que su pecho y extremidades están decorados con múltiples ojos rojos que lo observan todo, como si su conciencia estuviera distribuida a través de todo su ser.

Cuando se mueve, lo hace con una elegancia sobrenatural, pero cada paso parece dejar un rastro de desolación, como si el suelo mismo se marchitara bajo su presencia. Su sonrisa torcida, apenas perceptible entre las sombras que envuelven su rostro, promete un poder devastador y un juicio ineludible. Sin duda, este ser es el epítome del caos y la destrucción, un rey nacido del fuego y la penumbra para reclamar su trono en un mundo condenado.

El silencio era absoluto. Nadie osaba responder, conscientes de que estaban frente a un dios exterior de la dimensión oscura, una entidad completamente fuera de su alcance.

Apolo: Esto rompe la tregua y el contrato estipulado en el Palacio Divino, Crimson.

Hades: Sabes que, aunque estés molesto, las reglas son las reglas. No puedes romperlas. ¿A qué has venido, Crimson?

El Rey Carmesí los miró fijamente, evaluando sus opciones. Sabía que si atacaba directamente, desataría una guerra interminable. Entonces, con una sonrisa maliciosa, declaró:

The Crimson King: Vine a anunciar un evento exclusivo para los mortales. Tienen nueve años para lograr el control total del continente. Si lo logran, perdonaré esta ofensa. Si no… enviaré una horda para exterminarlos.

Su mirada se dirigió hacia Leonardo.

The Crimson King: Nos volveremos a ver, niño… y cuando lo hagamos, te mataré.

Con esas palabras, desapareció junto con Apolo y Hades. Los chicos se acercaron a Leonardo, ayudándolo a levantarse. Mientras caminaban hacia el exterior, contemplaron las calles destruidas y la ciudad en ruinas, pero libres de monstruos. Por primera vez en mucho tiempo, sintieron esperanza.

En otro lugar, bajo un cielo cubierto de oscuridad y sangre, Benjamin observaba desde las sombras.

Benjamin: Así que lograste tomar la provincia, ¿eh? Estoy esperándote… Ven a mí, Leon.

Benjamin, ahora una figura que parece haber sido esculpida por la guerra misma, se alza en el centro de un campo de devastación absoluta. Su cuerpo es una amalgama de carne endurecida y estructura ósea de apariencia infernal. Cada grieta en su piel revela un resplandor rojizo, como si la furia y el caos mismos fluyeran a través de sus venas. Sus ojos, brillando con un carmesí intenso, perforan la penumbra como si buscaran una justicia brutal en medio de la masacre. Su rostro está parcialmente cubierto por placas óseas que le dan la apariencia de un depredador ancestral, una bestia que no conoce la piedad

El ahora una abominación de fuerza y ferocidad, es un coloso musculoso cuya anatomía parece haber sido absorbida por la brutalidad misma. Su cuerpo es un espectáculo aterrador, completamente cubierto por una capa de huesos que emergen de su carne como si su propia biología hubiera evolucionado para convertirlo en una máquina de guerra viviente. Cada fibra de músculo debajo de esta armadura ósea se tensa como si estuviera cargada con una fuerza sobrenatural, mostrando una musculatura perfectamente esculpida, aunque grotescamente alterada.

Los huesos que lo recubren forman placas irregulares y afiladas, encajadas entre sí con un diseño caótico pero funcional, dándole la apariencia de un monstruo cubierto por una armadura hecha de su propio ser. Picos y bordes afilados sobresalen de sus hombros, costillas y extremidades, como si estuvieran listos para desgarrar a cualquiera que se acerque demasiado. Su pecho, ancho y prominente, está cubierto por una coraza ósea que late débilmente, mostrando grietas rojas que parecen pulsar con energía ardiente. La estructura parece viva, casi como si respirara con él, amplificando su presencia como un verdadero monstruo salido de una pesadilla.

Sus brazos, gruesos y poderosos, están envueltos en una serie de costillas expandidas que forman una especie de guantelete natural. Sus manos están armadas con garras óseas que se alargan como cuchillas afiladas, capaces de partir el acero con facilidad. Sus piernas, igualmente musculosas, están reforzadas por tibias y fémures que sobresalen como protectores, mientras sus pies están afilados en garras naturales, asegurándole un balance perfecto incluso en los terrenos más inestables.

En su espalda, una columna vertebral expuesta y grotescamente agrandada sobresale como una espina dorsal de dragón, extendiéndose hasta sus omóplatos, donde placas adicionales de hueso se abren como si fueran alas rotas o apéndices destinados a intimidar. Su cabeza, parcialmente cubierta por una máscara ósea que se fusiona con su rostro, refuerza su aspecto bestial. Los dientes que sobresalen del lado derecho de su cara no son dientes humanos, sino fragmentos de hueso afilados que se asemejan a una mandíbula secundaria, deformando aún más su apariencia.

A cada movimiento de su cuerpo, los huesos crujen levemente, como si estuvieran vivos, reajustándose y creciendo para adaptarse al combate. La sangre de sus enemigos todavía mancha algunas secciones de su “armadura”, goteando lentamente desde los bordes de sus espinas y placas, acentuando aún más la imagen de un guerrero que no es humano, sino una pesadilla encarnada.

Cada aspecto de Benjamin, desde sus huesos reforzados hasta su musculatura abrumadora, refleja el horror de un ser que ha trascendido los límites de lo humano, convirtiéndose en un monstruo viviente diseñado para destruir en un mundo que exige desesperadamente su poder.

Mientras tanto a su vez en una lujosa sala, iluminada por una tenue luz, una mujer observaba imágenes en una pantalla mientras recibía el informe de sus espías.

Espía 2: Esta es la información del continente del sur. Fue difícil obtenerla, pero lo logramos.

Espía 1: Es algo sin precedentes, mi señora Rocío.

Ella levantó una mano, indicando que se retiraran. Cuando quedó sola, sonrió y murmuró para sí misma:

Rocío: Así que estás vivo, ¿eh, niño? Hace mucho tiempo… Quizá debería visitar el continente del sur.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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