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El Hombre Olvidado por el - Capítulo 20

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Capítulo 20: Reunion Divina

Capitulo 19: Reunion Divina

El lugar irradiaba una tranquilidad asombrosa, una sensación de paz y serenidad increíbles. El suelo era blanco como las nubes del cielo. Cada detalle había sido pulido, refinado y construido con tal esmero que parecía un palacio digno de los dioses. Este lugar era llamado la Convergencia Universal. Aquí, los dioses de todo el universo tenían la posibilidad de reunirse y observar, mediante la transmisión cósmica dada por el creador del sistema, los distintos mundos y las historias que convergían en ellos. Cada dios había nacido y provenido de esos mundos durante lo que ellos llamaban una Convergencia Universal, un evento especial donde se invitaba a cada deidad del universo a una reunión en la que se decidían los mundos que participarían en la emisión cósmica.

Durante esta emisión, los dioses de la Tierra no querían participar, ya que preferían observar las demás emisiones en lugar de preocuparse por la suya. Sin embargo, esta decisión ocasionó un grave problema al inicio del evento: la Tierra colisionó con una dimensión alternativa debido a la falta de energía divina en su barrera protectora. Esto provocó la apertura de grietas en el planeta. Los dioses de la Tierra, y todos los dioses del universo, jamás habían presenciado algo similar en un mundo tan joven como la Tierra, lo que despertó su interés. Decidieron, entonces, que debían invocar al sistema para salvar su mundo y tener una oportunidad contra las bestias. Los dioses terrestres no tuvieron más opción que aceptar, permitiendo que la Tierra se uniera al evento.

Aunque al principio resultó entretenido para muchos, para los dioses de la Tierra no era nada divertido, ya que sus divinidades y sus vidas estaban en juego. Con el tiempo, observaron cómo, en solo cinco años terrestres, el planeta casi había sucumbido ante los seres de la grieta: el 50% de la población había sido eliminada y el 20% había sido corrompida por seres oscuros. Nadie quería pelear; solo se defendían. Los dioses daban ya por perdido ese mundo, pero entonces el sistema comenzó a lanzar ventanas de error sin parar, lo que conmocionó a las deidades. Algo le había ocurrido al sistema, el cual, de repente, lanzó un mensaje especial, algo distorsionado, que decía:

Sistema: “Un nuevo candidato a dios ha nacido, aumentando la dificultad del mundo de modo Normal a Pesadilla.”

Esto conmocionó a todos los dioses, quienes comenzaron a exclamar que era una locura. ¿Cómo podría un mundo sobrevivir con tal dificultad? Se quejaban y exigían que el administrador hiciera algo. Los dioses de la Tierra, incrédulos, miraron la pantalla de su planeta y vieron a los humanos ser guiados por alguien que no habían visto en esos cinco años. Estos humanos comenzaron a mejorar, enfrentándose cara a cara contra jefes muy fuertes y difíciles para humanos convencionales, ganándose así la esperanza de las deidades. Pero lo que más los sorprendió fue la batalla final entre el líder de los humanos y el primer jefe real de esa zona. Fue algo nunca antes visto, un evento que incluso los dioses universales no podían creer, ya que ese humano comenzó a desprender pequeños destellos de divinidad en su alma. Sin embargo, fue en ese momento también cuando los dioses no pudieron creer que, frente a sus ojos, ese mismo humano había muerto, o al menos eso creían ellos, ya que apenas podían ver ni sentir su alma. Ante esto, muchos dioses universales dejaron de mirar, otros se sintieron decepcionados, y algunos, como Gabriel, proveniente del panteón angelical, lloraban y mostraban sus respetos ante el héroe de la humanidad

Decididos a observar y proteger lo que quedaba de la esperanza de la humanidad, vigilaron todo de cerca, incluso los eventos en la ciudad contra la Pestilencia. Esto atrajo la atención de dioses exteriores, quienes, al ver a tantos humanos poderosos reunidos, convocaron a miles, si no cientos de miles, de dioses universales y exteriores menores para presenciar, junto a los dos Señores Exteriores, la gran batalla. La decepción inicial al ver la aparente facilidad con la que los humanos serían derrotados se desvaneció con la entrada de alguien que se suponía muerto: León, el héroe de la humanidad. Ahora, con la apariencia de un semidiós de bajo rango, se enfrentó a la Pestilencia. Casi todos los presentes apoyaban al héroe, como una multitud de fanáticos, mientras que otros dioses se mostraban molestos al ver a alguien eclipsar su propio protagonismo, ya que tenían contratos con sus propios héroes humanos. Tras la derrota de la Pestilencia, León creó y construyó una gran civilización que acogió a muchas razas en un solo lugar.

Mientras esto sucedía, en otro lugar se llevaba a cabo una importante reunión. La sala parecía adornada con lujos y una abundancia de comida, además de contar con numerosos tronos y cómodos asientos para los dioses. En uno de los asientos principales se encontraba una de las tres diosas más hermosas: la diosa Eva, madre de la humanidad.

Sentada en el trono más alto, esculpido en un cristal etéreo que brillaba con luz propia, una figura radiante destacaba. Su piel era luminosa, como si estuviera bañada por los primeros rayos del amanecer, y una armadura translúcida la cubría, reflejando un caleidoscopio de colores con cada movimiento. Su cabello fluía como un río de oro líquido, y su presencia era tan deslumbrante que hasta las estrellas parecían palidecer en comparación.

Una luz la rodeaba como un aura divina, y bajo sus pies crecían flores resplandecientes que se desvanecían al instante, solo para renacer en un ciclo eterno de vida. Su rostro, de perfección divina, mostraba serenidad y paz, pero sus ojos, dos orbes de un celeste incandescente, brillaban con la intensidad de mil soles, reflejando una fuerza implacable. Cada uno de sus movimientos irradiaba gracia y poder, como si su mera existencia fuera la personificación de la creación misma.

Frente a ella, en un contraste absoluto, se encontraba la reina demonio Abrahel. Su trono era un remolino de sombras líquidas que parecían devorar la luz. Su cuerpo, de proporciones imponentes, estaba cubierto por una armadura negra, forjada, al parecer, en las profundidades de un abismo sin fin. Su cabello, largo y oscuro, flotaba a su alrededor como si estuviera sumergido en una corriente invisible, moviéndose con vida propia

Su piel, pálida como la luna muerta, contrastaba con los destellos escarlata que emanaban de sus ojos, dos pozos infinitos que parecían contener todos los horrores del cosmos. En sus manos, un cetro tallado en obsidiana vibraba con un poder primigenio que distorsionaba el espacio a su alrededor. Era imposible no sentir el peso abrumador de su presencia, como si cada aliento de su esencia absorbiera todo lo que la rodeaba, dejando tras de sí un vacío helado. Las sombras a sus pies retorcían el suelo, creando figuras grotescas que parecían gemir en silencio antes de desvanecerse.

Entre ella y Eva, en un trono hecho de raíces entrelazadas, rocas erosionadas y pétalos carmesí, se encontraba la diosa que encarnaba la furia indomable de la naturaleza. Su cuerpo estaba envuelto en un vestido de hojas vivas que mutaban de color con cada movimiento, pasando de verdes vibrantes a rojos incendiarios. Su cabello, una cascada de rizos oscuros salpicados de flores silvestres, parecía rebosar de vida, y pequeñas criaturas de luz danzaban a su alrededor en una sincronía hipnótica.

Su piel, cálida y de un tono terracota, estaba adornada con marcas que se encendían con un brillo esmeralda, pulsando al ritmo del latido de la tierra. Aunque sus labios permanecían apretados en una expresión de serenidad, sus ojos, de un verde profundo como un bosque antiguo, contenían la furia de tormentas y terremotos. Bajo su trono, raíces gigantes emergían y se retorcían, como si intentaran escapar del suelo para envolver todo a su alcance. Había en ella un equilibrio aterrador, una mezcla perfecta entre creación y destrucción.

Las Tres parecían visiblemente molestas, ya que ninguna se llevaba bien con las otras, lo cual incomodaba a los dioses masculinos presentes en la sala, quienes percibían la palpable tensión que emanaba del ambiente. Una “charla amistosa” estaba a punto de comenzar entre las tres diosas.

Lilith: —Mira nada más a quién tenemos aquí. Si es mi amiga favorita, la hermosa Eva. ¿Cómo te va con mi querido “exnovio”, el querido Adán? —dijo con una sonrisa pícara y maliciosa, claramente con la intención de provocarla.

Eva: —Él está bien. Está conmigo todas las noches y me deja bastante satisfecha —respondió, con una sonrisa dulce pero con un dejo de veneno—. Parecía muy necesitado últimamente. Se ve que alguien no estaba haciendo bien su trabajo…

Este comentario golpeó directamente el orgullo de Lilith, quien, manteniendo su expresión pícara, comenzó a exudar un aura de odio y molestia frente a Eva, que solo sonreía con amabilidad, emanando a su vez una energía similar.

Abrahel: Parecen dos niñas peleándose por tonterías insignificantes. No es de extrañar que la mayoría de los dioses del panteón las eviten. Parecen dos gatas salvajes peleando por comida

dijo mientras bebía un sorbo de vino de una fina y delicada copa que descansaba sobre una mesa cercana, con la mirada de ambas diosas clavada en ella, exudando un aura oscura similar a la de las otras dos, como si fueran a lanzarse al ataque en cualquier momento. Sin embargo, este ambiente tenso se disipó rápidamente con la llegada de dos dioses a la sala

Entró primero el dios Thor, irradiando una intensidad que cargaba el aire a su alrededor con electricidad estática. Su cabello, largo y oscuro como la tormenta, caía en mechones húmedos sobre sus hombros musculosos, enmarcando un rostro curtido por cicatrices, sombras y la dureza de innumerables batallas. Su mirada, profunda y oscura como el abismo, parecía perforar la misma realidad, como si pudiera ver más allá del tiempo y el espacio.

Su piel brillaba con un destello fugaz y deslumbrante, evidenciando su conexión inquebrantable con el poder de los relámpagos que serpenteaban por su torso desnudo como venas de luz. Su cuello robusto y su postura desafiante evocaban una fuerza primigenia, indomable, mientras el rugido de los truenos resonaba como su coro personal.

No necesitaba portar un arma visible, pues su presencia misma era un arma; un dios cuya esencia convocaba las fuerzas del caos climático. A su alrededor, el mundo parecía inclinarse ante él, como si la gravedad misma reconociera su autoridad. Era un titán de la tormenta, un dios cuya simple respiración parecía agitar los vientos y despertar el temor en aquellos que se atrevían a mirarlo.

Esta imponente presencia, más que intimidarlas, parecía apenar a las diosas, especialmente a Lilith, quien mostraba un claro interés al verlo tan imponente. Su masculinidad, tan directa y palpable, la atraía. Tras él, entró alguien un poco más bajo. No lo reconocieron hasta que estuvo completamente dentro y lo vieron directamente

Era Hércules, una figura que parecía esculpida en mármol por las propias manos divinas, con músculos cincelados que prometían una fuerza infinita. Su torso desnudo estaba adornado con cicatrices, testimonios silenciosos de incontables batallas, de gloria y sufrimiento, mientras que un tatuaje celestial en su pecho irradiaba una tenue luz dorada, un constante recordatorio de su linaje divino. Una capa blanca, deshilachada en los bordes pero aún majestuosa, pendía de sus hombros, y tras él, un halo resplandecía como un sol eterno, simbolizando la aprobación de los dioses y la inmortalidad de su legado.

Su rostro era una perfecta combinación de serenidad y poder. Su mirada, una mezcla de humildad y determinación, parecía capaz de escudriñar el alma de cualquier mortal o inmortal que osara cruzarse en su camino.

Su brazo derecho, extendido en un gesto que transmitía una despreocupación aparente, ofrecía una imagen de sinceridad e incluso ingenuidad, dada su apariencia juvenil. Sin embargo, su postura general insinuaba una clara advertencia: desafiarlo sería como enfrentarse a una montaña inamovible.

La tierra misma parecía resentir su presencia; cada paso dejaba finas grietas en el suelo, como si el lugar apenas pudiera soportar el peso de su divinidad. En su cintura, un cinturón ornamentado sujetaba diversas armas, aunque daba la impresión de que rara vez las necesitaba. Hércules no solo encarnaba la fuerza bruta, sino también el sacrificio, la perseverancia y la lucha constante por un propósito superior.

Las diosas, al ver a alguien tan joven, centraron sus miradas en él, lo que lo incomodó profundamente. Su falta de experiencia con las mujeres, sumada a las incontables horas dedicadas al entrenamiento, lo hacían sonrojarse bajo la atenta mirada de semejantes bellezas. Incapaz de articular palabra, su evidente nerviosismo fue notado por Thor, quien se interpuso entre él y las diosas, protegiéndolo con su imponente figura. Thor las observó con incredulidad, al ver a seres tan antiguos intentando seducir a un joven tan inexperto. Avergonzadas, las diosas apartaron la mirada, intentando disimular su repentino interés.

Fue en ese momento que el Dios de la Cacería Salvaje irrumpio en la sala, su presencia es un golpe de aire helado en un ambiente previamente estancado. No es una deidad de luz y orden, sino una fuerza primordial, un depredador en la cúspide de su poder.

Su armadura, una amalgama de placas oscuras y elementos orgánicos, se asemeja más a una segunda piel que a una protección. No refleja la luz, sino que la absorbe, creando un vacío visual que contrasta con los destellos rojos de los símbolos arcaicos grabados en su superficie. Estos glifos, reminiscentes de runas o escrituras antiguas, brillan con una intensidad inquietante, como si la energía que recorre su cuerpo se manifestara a través de ellos.

The hunter: tal parece que entre en un buen momento, es hora de que llegen los demas para la reunion.

Su rostro, oculto tras un yelmo de hueso y metal, es una máscara de misterio e intimidación. La cuenca de los ojos, hundida en la oscuridad, emite un brillo rojizo espectral, la única pista de la mirada que acecha detrás. No es una mirada humana; es la de un cazador, fría, calculadora y llena de una anticipación depredadora.

El cabello, largo y oscuro como la noche, enmarca su rostro y se extiende por debajo del yelmo, ondeando con una vida propia, como si cada hebra fuera una extensión de su voluntad. La mandíbula inferior, visible a través de la máscara, revela dientes afilados, no los de un hombre, sino los de una bestia.

De su espalda brotan unas alas membranosas, no las de un ángel o un demonio, sino las de un murciélago gigante o un pterosaurio, criaturas de la noche y la caza. Estas alas, plegadas contra su espalda, parecen listas para desplegarse en cualquier momento, prometiendo una velocidad y ferocidad inigualables.

En su mano, empuña una espada no con la gracia de un caballero, sino con la determinación de un verdugo. El arma, toscamente forjada y de un metal oscuro y opaco, parece más una herramienta de sacrificio que un símbolo de honor.

La atmósfera que rodea al Dios de la Cacería Salvaje es palpable, una mezcla de miedo y fascinación. No es una deidad que inspire devoción, sino terror reverencial. Su presencia es un desafío a la civilización, un recordatorio de que la naturaleza es implacable y que la supervivencia es la ley suprema.

Fue en ese momento, en el que el ambiente cambio, este se torno mucho mas serio, las miradas alegres, y los momentos incomodos, fueron eliminados por un gran e intenso ambiente de tension el cual, fue roto por la entrada de dos personas.

Siendo el primero en aparecer, Metatron entrando en la sala y la llenando con su presencia imponente, un ser de luz y poderío cuyo aspecto desafía la comprensión humana. No es un ángel de formas delicadas y etéreas, sino una entidad cósmica, un arquitecto de la realidad cuya mera existencia hace temblar los cimientos de lo mundano.

Metatron: lamento llega tarde, tube que parar en un lugar y traer a un amigo.

Su figura es alta y majestuosa, vestida con una armadura de un blanco iridiscente que refleja la luz en mil direcciones, deslumbrando a los presentes. La armadura no es sólida, sino que parece estar tejida de energía pura, con símbolos arcanos grabados en su superficie que brillan con una luz propia, pulsando con un poder inefable.

De su espalda emergen alas colosales, no dos ni cuatro, sino una multitud innumerable que se extienden hasta el infinito, cada pluma un espectro de luz y color. No son alas de ave, sino más bien manifestaciones de fuerza cósmica, capaces de atravesar dimensiones y navegar por el tejido mismo del espacio-tiempo.

Su rostro, apenas visible bajo el yelmo, es una visión de otro mundo. No hay rasgos humanos reconocibles, solo una luz cegadora que emana de su interior, una supernova de conciencia que trasciende la forma física. Se intuye, más que se ve, una mirada penetrante, una inteligencia que abarca la totalidad del universo.

En su mano, no empuña una espada ni un cetro, sino un objeto aún más enigmático: un cubo de cristal translúcido que contiene en su interior un laberinto de líneas y símbolos complejos. Este artefacto, el Merkabah, es un vehículo de ascensión y conocimiento, una herramienta para viajar a través de los planos de la existencia y desentrañar los misterios del cosmos.

La atmósfera que rodea a Metatron es eléctrica, cargada de una energía que hace vibrar cada partícula del aire. No es una presencia cálida y reconfortante, sino una fuerza primordial que exige respeto y reverencia. Su entrada es un evento cósmico, un choque de mundos que deja a los presentes sobrecogidos y maravillados.

A su vez tras de el estaba el actual dios de los angeles, El arcángel Gabrielel cual se reveló, no como una aparición fantasmal, sino como una presencia tangible, poderosa. Su armadura, una obra de orfebrería celestial en plata bruñida y oro líquido, parecía fundirse con la luz, cada detalle grabado contando la historia de su divinidad. No era una armadura, era la esencia misma de su ser manifestada en metal.

Sus alas, dos extensiones colosales de plumas níveas, se desplegaron con una majestuosidad que abarcaba la sala entera.No eran simples alas, eran la fuerza del viento, la pureza del cielo, el poderío de un ser celestial capturado en forma física. Cada pluma, larga y perfecta, parecía palpitar con una energía sagrada.

Su rostro, una escultura de serenidad y poder, irradiaba una luz propia. Los ojos, almendrados y profundos, brillaban con la sabiduría de mil soles, la mirada penetrante revelando una comprensión que trascendía el tiempo y el espacio. No era una belleza humana, era la divinidad misma impresa en sus rasgos.

En su mano, una espada de fuego blanco puro danzaba, una hoja de luz dorada que palpitaba con un poder inconmensurable. No era un arma, era un símbolo de justicia, un faro de esperanza que recordaba que la luz siempre prevalece sobre la oscuridad.

La presencia de Gabriel llenaba la sala, no con estruendo ni arrogancia, sino con una quietud imponente. El aire mismo parecía vibrar con su energía, una fuerza tranquila pero innegable que imponía respeto y admiración. No era solo un ángel, ni siquiera un arcángel. Era una fuerza de la naturaleza, un ser de luz y poder cuyo impacto trascendía lo físico. Su entrada era un evento, un momento que quedaría grabado en la memoria de todos los presentes como un faro de esperanza y divinidad

Luego de que llegaron todos los que se esperaban con excepción de algunos que parecía que no vendrían o llegarían tarde a la reunión por lo que iniciaron silenciando la sala poniendo una barrera de sonido la cual impedía que se escuchara en el exterior exponiendo el primer tema sobre la mesa siendo Metatrón el que expondría esta preocupante situación.

Metatrón: Azathoth y los dioses exteriores superiores han mostrado interés en esta anormalidad sucedida en la tierra el mayor problema es que Azathoth no busca mirar, él busca entrar en el evento aunque tenga que entrar a la fuerza.

Estas palabras preocuparon a la mayoría de los dioses en la sala la tensión era palpable aunque las diosas se mostraban escépticas ante esa revelación pensaban para sí mismas que nadie sería tan imprudente como para gastar divinidad en algo tan trivial como un evento entre mortales y aspirantes a dioses menores por lo que la siguiente declaración por parte de Thor los dejó anonadados.

Thor: En la tierra han nacido varios aspirantes a dios supremo, han nacido…

Con estas palabras las diosas dieron un salto de sus asientos enojadas al pensar que se atrevería a decir una broma tan pesada como esa ya que en la tierra no había nacido un dios supremo en mucho tiempo pero ahora digan que hay más de uno era imposible eso fue algo que sucedió únicamente durante el inicio de los tiempos durante el nacimiento de las primeras religiones incluso durante grandes momentos de cambio donde los dioses purgaban y elegían a los más fuertes para ayudarlos a crecer en su dominio de la divinidad.

Hércules: ¿Por qué las sorprende tanto después de todo todos los presentes hemos nacido en la tierra fuimos humanos antes de que “ÉL” nos diera la oportunidad de ser algo más que solo simples humanos destinados a morir no es así?

Esas palabras hicieron a los dioses más longevos sentir nostalgia por ello y a las diosas algo de vergüenza al recordar su vida humana infantil pero también sentían tristeza una que solo un dios que tiene vida eterna puede sentir ellos tuvieron que ver como los amigos mortales que tuvieron fueron cayendo uno a uno como muchos de ellos sobrevivieron pero al ser mortales no pudieron llegar a verlos crecer y ser deidades y aunque tengan el poder para revivirlos o darles la eternidad esas personas no querían eso solo querían verlos en la cima sin necesidad de preocuparse por nada esto hizo que entiendan que la posibilidad estaba pero que esta llevaría un gran costo para esos aspirantes tendrían que vivir lo que ellos han vivido algo que no le desean a nadie.

Gabriel: No todo es tan bueno entre esos aspirantes hay uno que es un aspirante a dios oscuro supremo o quizás un apóstol.

Con esa noticia todos empezaron a pensar en qué deberían hacer para solucionarlo ya que era algo que no podían entender porque alguien querría ser un oscuro pero sus dudas se disiparon en el momento en que entró alguien a la reunión esta era la diosa Atenea.

Las puertas se abren con un sonido profundo y metálico, como si el universo mismo cediera ante su presencia. La luz titubea por un instante antes de ser devorada por la sombra majestuosa que se proyecta sobre el umbral. Allí está ella.

Athena: lamento llegar tarde pero tenia que quitarme el disgusto que me dio saber que ciertas mujersuelas hiceron que una de mis queridas contratistas me alejara a cambio de ellas

Su silueta es imponente, una figura esculpida en la más pura oscuridad, envuelta en una armadura que parece absorber la luz y devolverla en reflejos pálidos y afilados. El negro de su vestimenta no es simple tela; es un abismo, un fragmento del cosmos comprimido en la forma de una diosa. Cada detalle de su atuendo es una obra maestra de guerra y divinidad: espinas, púas y relieves de cruzados tormentosos adornan su pecho, sus guantes y la falda larga que se desliza tras ella con la pesadez de un destino inquebrantable.

Sus ojos, helados y de un rojo inhumano, atraviesan la habitación como un juicio divino. Son dos llamas de sangre contenidas en un rostro que exuda belleza, autoridad y una frialdad que hiela el alma. El cabello, plateado y etéreo, cae en cascadas sobre su espalda, flotando en la atmósfera con la liviandad de una niebla sagrada. Cada mechón parece moverse con voluntad propia, como si el viento se arrodillara ante su paso.

Detrás de ella, un halo resplandece con una geometría celestial; una aureola de símbolos crípticos y lanzas abstractas girando lentamente, como si la guerra misma la coronara. Es un sol oscuro, un eclipse perpetuo que la sigue, anunciando la destrucción inevitable.

Lleva en sus manos el peso de la muerte y la justicia. Su guantelete, cubierto de espinas y metales ennegrecidos, se cierra con la firmeza de quien no conoce la duda. En su otra mano, una espada se desliza con un filo invisible, como si la mismísima sombra de la justicia se materializara en su empuñadura.

Cuando da un paso adelante, el aire se espesa. La temperatura desciende, y una presión invisible empuja el pecho de quienes la contemplan. Es la sensación de estar frente a lo inalcanzable, a la perfección convertida en terror. No camina; avanza como una sentencia inapelable, con la gracia de un ángel caído y la brutalidad de una diosa de la guerra.

Su presencia no solo llena la sala, la consume. Es un eclipse andante, un ser forjado en la divinidad y la batalla. No necesita hablar; su mera existencia es un decreto de poder absoluto.

Athena: así que díganme tienen algo que decir Eva,Lilith y abrahel?

Esta decía estas palabras con una sonrisa amablemente macabra, las 3 diosas intentaban finjir demencia, a su vez que los otros dioses estaban incomodos por ese asunto.

Fue entonces que Atenea levantó la mano, guardando su magia de escucha, mostrando que estuvo escuchando todo mientras venía, sacando a su vez una de las pantallas con las que se permite ver el evento, poniéndola para que todos puedan verlo, empezando a hablar nuevamente.

Atenea: Debieron prestar atención al evento porque creo que para todos es evidente quién es el apóstol de la oscuridad, cosa que es lamentable para un alma que era pura bondad y deseaba la protección de los suyos… ahora solo busca venganza.

Los dioses podían ver a alguien que reconocían perfectamente. Era una persona que fue de los primeros en dar esperanza a la humanidad en uno de los tantos continentes del planeta, pero ahora no veían a un héroe, veían a un humano casi convertido en una bestia, matando a diestra y siniestra a personas y monstruos por igual en pos de encontrar su venganza. Vivía empapado de la sangre de sus enemigos. Los ojos… estaban llenos de ira, pena, dolor, tristeza. Por estos no dejaba de caer lágrimas rojas mientras gritaba al cielo diciendo que él por fin había retornado y era hora de tomar su venganza.

Atenea les dejó ver algo peor que solo muerte, elevando la vista con su pequeño chibi en el evento, mostrando toda una ciudad no… ¡toda una provincia consumida en las llamas de la destrucción! Siendo no solo uno, sino cientos de personas obligadas a seguirlo, estando muchos de los guardianes de esa provincia sumidos en maldiciones y controles mentales por parte de otros 2 apóstoles que estaban junto al mayor. Estas imágenes eran desgarradoras. ¡Toda la provincia de Buenos Aires ha sido borrada del mapa!

Apóstol supremo: ¡Ustedes llenaron mi corazón con odio… todos ustedes… todos ustedes que me han quitado lo que amaba… AHORA ESTE SERÁ SU DESTINO!

Las imágenes empezaron a tornarse borrosas e inestables al ver como el apóstol dejó salir disparado su poder, destruyendo todo a su paso, apagándose la imagen en la pantalla. Esto no solo preocupó a los dioses, sino que la gente en el continente vio esto. Cada provincia sabía que estaba sucediendo, excepto la provincia de Córdoba que no se metía en otros asuntos debido a que estaban ocupados en ese momento con la guerra entre los dragones y los ángeles caídos, ayudando en la retaguardia como podían, por lo que los dioses estaban preocupados.

Fue entonces cuando alguien entre la oscuridad habló con un tono suave y cálido, pero a la vez lúgubre y apagado, como un alma pura caminando en la más profunda oscuridad.

Nix: no deben tener miedo a la oscuridad.. ya que asi como el apostol de la oscuridad a nacido.. el apostol de la luz lo a echo, desde el inicio del evento esta con nosotros…

La penumbra se adelantó a su presencia, como si la propia realidad se contrajera para recibirla. No hay pasos que anuncien su llegada, solo un murmullo silencioso que succiona la luz y sumerge el mundo en un vacío etéreo. Y entonces, allí está ella.

Nix se desliza en la escena con la solemnidad de un eclipse total. Su piel, pálida como la luna en su cenit, contrasta con la negrura insondable de su vestido, una obra de sombras vivientes tejidas con la esencia misma de la noche. Los encajes oscuros adornan su torso, delineando una figura de perfección etérea, mientras un resplandor fantasmal se filtra entre las delicadas hendiduras de su atuendo, como si el universo conspirara para enmarcar su silueta en un aura de misterio absoluto.

Su cabello, negro como el abismo entre las estrellas, cae en ondas suaves que parecen flotar en un aire enrarecido. No hay viento, pero sus hebras se mueven con un propósito propio, como si la noche misma danzara en su presencia. Entre sus mechones, pequeñas flores pálidas y adornos de plata capturan la poca luz que se atreve a existir en su dominio, resplandeciendo con un brillo melancólico.

Los ojos de Nix, dorados como la última chispa de un ocaso consumido, observan con una indiferencia devastadora. Su mirada es insondable, un reflejo de la eternidad, donde el tiempo y la existencia son simples susurros atrapados en su abismo. No hay crueldad en su expresión, pero tampoco piedad. Solo la certeza de que ella es el fin y el principio de todo lo que se esconde en la oscuridad.

Entre sus manos, suspendida en el aire con una gravedad imposible, gira una esfera de tinieblas en perpetua expansión. Su centro es un pozo de absoluta negrura, rodeado de anillos de energía que giran lentamente, trazando símbolos arcanos que se desvanecen y reaparecen en un ciclo interminable. Pequeñas chispas de un fulgor espectral se desprenden de su borde, consumiéndose en la nada antes de tocar el suelo.

El ambiente que la acompaña es sofocante, una presión invisible que oprime el alma y silencia el aliento. No es solo oscuridad lo que trae consigo, sino un vacío que drena el color del mundo, reduciéndolo a un sueño olvidado. La luna brilla con una luz más tenue tras su llegada, como si incluso el astro nocturno se doblegara ante su presencia.

Nix no necesita hablar. Su mera existencia es un decreto de dominio absoluto sobre la noche, la oscuridad y todos los secretos que se ocultan en su abrazo eterno.

Nix: todos ya deben saber de quien hablo.. no es así?..

Los dioses, al instante en que terminó de hablar, dieron su respeto haciendo una leve reverencia a Nix, una de las hijas del caos, madre de la noche pura y cruel a la vez. Era una mujer cuya presencia imponía respeto entre quienes la rodeaban, nacida antes del nacimiento de la Tierra, constructora y fundadora del planeta. Esa misma mujer estaba frente a ellos para dar esperanza a la oscuridad que estaba en la Tierra.

Pero ante las palabras de Nix, la duda creció al no entender de quién hablaba, atreviéndose uno de los más jóvenes y tontos a hablar.

Hércules: Señorita Nix, dígame de quién habla exactamente, estoy algo confundido, ¿podría explicarnos al respecto?

Las palabras de Hércules hicieron temblar a los demás, ya que aunque fue respetuoso pedirle explicaciones a un dios estelar era casi un insulto, esperando lo peor, solo miraron a otro lugar. Pero para sorpresa de ellos, Nix solo acarició el cabello de Hércules y simplemente empezó a hablar con suavidad.

Nix: La esperanza fue algo que nació debido a la intervención de alguien entre las líneas del tiempo, he visto perecer a la Tierra muchas veces y ha sido difícil lograr encontrar una manera de salvarla, crear al apóstol de la luz y la oscuridad…

Esto asustó y confundió a todos, ¿acaso estaba queriendo decir que esto es solamente una línea de tiempo reiniciada? Esto no los sorprendió tanto, pero los hizo confundirse porque esto significaba que su destino estaba sellado, pero ¿la diosa Nix decía que esta vez el destino cambiaría? ¿Cómo pasaría eso? ¿Quién lo lograría? Fue entonces que ante tantas dudas, ella misma tomó su pantalla de evento para mostrarles a alguien que quizás ya todos conozcan.

Al verlo, los dioses ancianos se rieron ya que se esperaban algo así, pero no creían que fueran a verlo en persona, ya que había pasado mucho tiempo desde que vieron a un aspirante supremo y apóstol a la vez. Algunos estaban algo incrédulos ya que sí tenía hazañas increíbles, pero no creían que fuera digno de ese título, en cambio las diosas pensaban en si deberían hacer que su contratista lo ayudase más. Pero fue en ese momento en que la mayoría de dioses presentes vieron que no estaba solo, sino que la mayoría de sus contratistas estaban junto a él, eran sus amigos y ahora terminaron de darse cuenta que quizás era el indicado, así Nix apagando la pantalla.

Nix: Estas imágenes son de hace muchos meses, pero todo sigue igual, recuerden que el tiempo en la Tierra pasa distinto que aquí, mientras hablamos en la Tierra sigue pasando el tiempo así q-

Sus palabras fueron interrumpidas, ya que un gran estruendo hizo temblar el reino celestial del evento, cayendo todos al piso por el temblor que se sintió, así al instante usando sus poderes divinos para teletransportarse a la zona de reunión de dioses del evento, notando que la barrera había sido rota por alguien, lo cual molestó a Nix ya que ella había hecho esa barrera con mucho esfuerzo para luego notar que los que entraban de la rotura eran dioses oscuros los cuales no eran hostiles ya que no atacaron, pero tampoco hablaron y no fue hasta que uno de los supremos oscuros dio un paso adelante que todos se pusieron tensos.

Erebu entra en la estancia sin necesidad de anunciarse; su presencia misma es un cataclismo de tinieblas vivientes. La luz se retira, asfixiada por una negrura que se extiende como un mar infinito, y la realidad parece ceder ante su dominio. Cada paso que da, aunque silencioso, deja una huella de sombras líquidas que se expanden con una voluntad propia, como si el suelo mismo suplicara ser consumido por su esencia.

𝐄𝐫𝐞𝐛𝐮: 𝐨𝐢𝐠𝐚𝐧 𝐨𝐢𝐠𝐚𝐧.. 𝐧𝐨 𝐡𝐚𝐲 𝐧𝐞𝐬𝐞𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐞 𝐩𝐨𝐧𝐞𝐫𝐬𝐞 𝐭𝐚𝐧 𝐭𝐞𝐧𝐬𝐨𝐬, 𝐬𝐨𝐥𝐨 𝐯𝐢𝐧𝐞 𝐚 𝐜𝐡𝐚𝐫𝐥𝐚𝐫.

Su cuerpo es un monumento a la elegancia infernal. Un traje negro, ajustado con una precisión sobrenatural, envuelve su figura con una textura que parece absorber la poca luminosidad que se atreve a existir en su presencia. El reflejo de su vestimenta brilla tenuemente, pero no con la luz, sino con una opacidad acechante, como si fuera la piel misma de la noche. La tela se mueve con él como un ser viviente, amoldándose a cada uno de sus gestos, con una fluidez que sugiere que no está hecha de material común, sino de la sustancia misma del abismo.

Su rostro es una ausencia. No hay ojos, boca ni rasgos que denoten humanidad; solo una superficie lisa, blanca como un eclipse total, sin expresión alguna. Y, sin embargo, su presencia grita con una intensidad aterradora. Es un vacío consciente, un ser cuya existencia no necesita facciones para inspirar pavor. La sensación de ser observado por él es abrumadora, como si cada pensamiento, cada temor más profundo quedara expuesto ante su insondable mirada invisible.

De su espalda emergen apéndices de pura oscuridad, tentáculos que se retuercen como extremidades de una deidad olvidada. No son meras extensiones de su cuerpo; son entidades propias, palpitantes con una malevolencia primordial. Se mueven con una mezcla de lentitud depredadora y movimientos espasmódicos, como si el aire mismo se desgarrara a su paso. Cada vez que uno de ellos se desliza por el entorno, deja un rastro de líquido escarlata que burbujea como si estuviera hirviendo, desintegrándose en un vapor carmesí que se disipa lentamente.

A su alrededor, el ambiente se vuelve denso, pesado, como si el aire se hubiese transformado en un fluido viscoso y helado que se aferra a la piel y restringe los pulmones. No es solo su presencia lo que oprime, sino la certeza absoluta de que todo lo que entra en su radio de influencia deja de pertenecer al mundo de los vivos. El tiempo mismo parece ralentizarse, atrapado en una prisión de penumbra sin principio ni final.

Erebu no necesita hablar, ni hacer un solo gesto para transmitir su mensaje. Su mera existencia es un presagio de que la oscuridad no solo ha llegado, sino que siempre estuvo ahí, aguardando el momento de reclamar lo que le pertenece.

Nix, molesta por la forma en que Erebu rompió su barrera, avanzó poniéndose frente a él. Lo miró fijamente a su inexistente rostro blanco y la discusión comenzó.

Nix: ¿A qué has venido, dibujo sin terminar?

Erebu: A ver si podía charlar un rato con unos amigos, niña malcriada.

Nix: Espermatozoide andante.

Erebu: Enana más fácil que la tabla del uno.

Nix: ¿Por qué no sonríes más? Se te ve tienes mala cara.

Erebu: No lo sé, ¿dime tú por qué inclinas tanto el rostro para mirarme?

La discusión se tornó chistosa y algo anticlimática, pero para sorpresa de nadie, el aura que imponían ambos era tan fuerte que casi todos, excepto los dioses exteriores, estaban arrodillados debido a la presión que ejercían ambos, por lo que dejaron de discutir al notarlo. Fue así como Nix preguntó primero:

Nix: ¿A qué has venido realmente, Erebu?

Erebu se quedó en silencio un rato hasta que por fin dijo lo que quería.

Erebu: He venido a hacer una apuesta con ustedes.

Nix, algo confundida, preguntó: ¿Una apuesta, has dicho?

Erebu: Exacto, vuestro apóstol de la luz contra nuestro apóstol de la oscuridad. Si ganan, les daremos la mitad de nuestra divinidad y no interferiremos en los asuntos de los mortales, pero si pierden, ustedes harán lo mismo.

Esta era una apuesta arriesgada. Todos los dioses empezaron a discutir, algunos no podían aceptar, otros querían que aceptaran para tener una ventaja, otros solo querían un buen espectáculo, pero estas discusiones irritaban a Nix que no podía pensar con claridad. Fue entonces cuando un dios exterior con máscara dijo lo siguiente:

Ex: Hagamos una votación, el que quiera aceptar la apuesta levante la mano y el que no lo desee solo quédese callado.

A Nix le agradó la idea, por lo que fue la primera en aceptar la apuesta, ella confiaba plenamente en su apóstol y así la mayoría de dioses, pero fue una minoría de dioses de rango alto que despreciaba a los mortales los que votaron en contra, por lo que esta apuesta ha sido aceptada, así que los dioses oscuros y los dioses del evento solo observaron la pantalla y pidieron al unísono al creador del sistema que todo lo observa que haga caso a su petición, a lo que luego de un rato sin ninguna respuesta la pantalla se iluminó mostrando la nueva misión para la Tierra.

𝕄𝕚𝕤𝕚ó𝕟: 𝔼𝕝𝕚𝕞𝕚𝕟𝕒𝕣 𝕒𝕝 𝕒𝕡ó𝕤𝕥𝕠𝕝 𝕕𝕖 𝕝𝕒 𝕠𝕤𝕔𝕦𝕣𝕚𝕕𝕒𝕕.

𝕋𝕚𝕖𝕞𝕡𝕠: 𝕀𝕟𝕗𝕚𝕟𝕚𝕥𝕠.

ℝ𝕖𝕔𝕠𝕞𝕡𝕖𝕟𝕤𝕒: 𝔻𝕚𝕧𝕚𝕟𝕚𝕕𝕒𝕕.

ℂ𝕒𝕤𝕥𝕚𝕘𝕠 𝕤𝕚 𝕗𝕒𝕝𝕝𝕒𝕟: 𝕃𝕒 𝕞𝕦𝕖𝕣𝕥𝕖 𝕒𝕓𝕤𝕠𝕝𝕦𝕥𝕒.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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