El Hombre Olvidado por el - Capítulo 29
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Capítulo 29: El legado del caido
En lo alto de los edificios, la oscuridad caminaba con lentitud, cada paso que daba convertia las calles una vez llenas de vida, en caminos sangrientos llenos de horrores inombrables, los edificios alguna vez llenos de paz, ahora estaban cubiertos por la carne de los inocentes, condenados a ser parte de los hogares de los monstruos, la comida de las bestias, o incluso la decoracion de los sanginarios, la ciudad de buenos aires, ahora era el nido de la dimension oscura, el lugar donde ahora reciden los nacidos de la desesperacion, esperando a que su monarca despierte de su sueño, y los guie hacia la conquista del nuevo mundo, el mundo que desean poseer, con todo su corazon.
En lo mas profundo de una cueva, cerca de la ciudad, esperaba con calma uno de los grandes generales del ejercito oscuro, el caballero caido, Daten-shi, nacido de la amalgama de siglos de agonía y desesperación en el fragor de la batalla, se erige como una sombra imponente, un testimonio viviente del costo de la guerra. Su figura, plasmada en la oscuridad y el acero, es la encarnación de la muerte y el lamento, ahora en un trance de vigilia perpetua.
Su armadura, forjada no por manos mortales sino por la acumulación etérea del sufrimiento, es de un negro obsidiana, profundo y mate, que absorbe la luz en lugar de reflejarla. Cada placa, cada remache, parece estar grabada con el eco de los últimos alientos y los gritos ahogados de innumerables guerreros. Las hombreras son angulosas y letales, culminando en picos afilados que desafían la anatomía humana, sugiriendo una naturaleza que trasciende lo terrenal. El peto, reforzado y ornamentado con un patrón intrincado, no es decorativo, sino una cicatriz visible del tormento absorbido. Pequeñas protuberancias o “espinas” sobresalen de las placas, como el esqueleto de una pesadilla que se abre camino hacia la superficie, un recordatorio constante de la violencia de la que se nutre.
El yelmo, una pieza central de su identidad, es una coronación de su sombría majestad. Carece de visores o aberturas convencionales, dando la impresión de una cara vacía y sin rasgos, un abismo impenetrable. De su parte superior, se eleva un cuerno único, retorcido y puntiagudo, que se proyecta hacia adelante como una amenaza silenciosa, evocando la imagen de una criatura demoníaca o un ser de pesadilla. Este detalle, junto con la ausencia de ojos, subraya su origen como una entidad de emoción pura, no de vista.
La espada, un arma tan antigua como su propio ser, descansa a su lado, sostenida con una firmeza pétrea. La hoja, de un acero oscuro y opaco, parece manchada no solo con la sangre de los caídos, sino con las sombras de sus almas. El guardamano y la empuñadura son sencillos pero funcionales, sin adornos superfluos, como si cada elemento de su equipo estuviera despojado de todo, salvo de su propósito letal. La hoja es ancha y formidable, diseñada para asestar golpes decisivos, y su peso se siente incluso en la quietud de la imagen.
Pero lo que verdaderamente define a Daten-shi, además de su armadura, son sus alas o el manto plumado que se extiende dramáticamente desde su espalda. Estas no son alas de ángel celestial, sino una extensión masiva de plumas oscuras, densas y desordenadas, que se asemejan a la cola de un cuervo gigantesco o a las alas de una bestia nocturna. Cada pluma parece ser un fragmento de oscuridad arrancado del vacío, y su disposición caótica evoca la furia de una tormenta, el estruendo de un grito final. Algunas plumas parecen estar rotas o desgarradas, lo que podría simbolizar la naturaleza corrupta de su origen, o quizás las incontables batallas que ha presenciado. Se extienden hacia un lado, cubriendo gran parte de su figura y difuminándose en la niebla roja del fondo, sugiriendo una vastedad y un poder que apenas se contienen.
El fondo rojo intenso es una manifestación visual de la energía primigenia que lo creó. No es un simple color, sino una atmósfera cargada de angustia, el eco del metal chocando, los gritos de victoria y agonía. Formas indistintas y monstruosas emergen de esta nebulosa carmesí en el lado izquierdo de la imagen, como visiones distorsionadas de los horrores de la guerra o las entidades espectrales que lo nutrieron.
Actualmente, Daten-shi aguarda en una cueva inmovilizado, no por debilidad, sino por un propósito singular. Cada fibra de su ser, cada partícula de la armadura que lo envuelve, está tensa en una espera silenciosa. No duerme, no descansa; simplemente existe, un guardián espectral, un centinela de la nada, con el único objetivo de percibir la primera vibración, el más mínimo susurro del despertar de su monarca. Su presencia es un monumento sombrío a la muerte, y su paciencia, infinita, está a la altura de los siglos que lo vieron nacer.
Daten-shi: mi señor.. mi hermano.. mi amigo.. lo estamos esperando..
Estas palabras salieron de su boca, mientras tras de si, un gran ejercito de caballeros oscuros, se levantaban clavando sus espadas en el suelo, guardando respeto ante su general, este era el gran ejercito del caballero oscuro, la legion del odio, “Levatein”.
Por otro lado, saliendo de la oscura y humeda cueva, pasando atravez de los edificios, en lo mas alto del edificio, sobre la gran azotea del Alvear Tower, donde el viento arrastra los ecos de una ciudad dormida, se alza la figura de Zetsubō, el Rey Oscuro y la mano derecha del monarca. Ella no es de carne y hueso, sino la manifestación palpable de la opresión silenciosa, la desesperación ahogada, los prejuicios arraigados y las pretensiones huecas de la humanidad. Cada mirada despectiva, cada juicio apresurado, cada grito de súplica humana, forjó una parte de su ser, dándole forma a esta entidad de belleza pervertida.ō.
Sobre la gran azotea del Alvear Tower, donde el viento arrastra los ecos de una ciudad dormida, se alza la figura de Zetsubō, el Rey Oscuro y la mano derecha del monarca. Ella no es de carne y hueso, sino la manifestación palpable de la opresión silenciosa, la desesperación ahogada, los prejuicios arraigados y las pretensiones huecas de la humanidad. Cada mirada despectiva, cada juicio apresurado, cada grito de súplica humana, forjó una parte de su ser, dándole forma a esta entidad de belleza pervertida.
Su cabello, de un tono azul claro gélido, cae en una cascada que contrasta bruscamente con la oscuridad que la envuelve, como un vestigio pálido de inocencia perdida. Sus ojos, de un amarillo intenso, no reflejan luz, sino que la absorben, escudriñando el mundo con una mezcla de cansancio antiguo y una aguda percepción de la miseria humana. No hay piedad en ellos, solo una comprensión profunda de la podredumbre moral de la que nació.
El atuendo que viste es una dualidad impactante. Un corsé o bustier blanco, con detalles de cintas o cordones entrelazados en el centro, sugiere una pureza forzada, una burla a la inocencia que jamás conoció. Este blanco impoluto está flanqueado por secciones negras que se adhieren a sus brazos y hombros, como una sombra que la envuelve. Pero es a partir de la cintura y la parte superior de su espalda donde su verdadera naturaleza se desata.
De su cuerpo emana una explosión de crecimientos orgánicos y grotescos, predominantemente rojos y negros. Estos no son meros adornos, sino extensiones de su propia esencia retorcida. La falda de su vestido se descompone en una miríada de tentáculos, espinas y filamentos rojos que se retuercen y se extienden en patrones caóticos, casi como si las entrañas de alguna criatura infernal hubieran brotado y la hubieran envuelto. Cada una de estas “ramas” o “pétalos” puntiagudos termina en una afilada cúspide, sugiriendo dolor y agresión. Entrelazados con estos apéndices, o incrustados directamente en ellos, hay numerosos ojos dorados, circulares y con pupilas indistintas, que observan el mundo con una omnipresencia inquietante. Estos ojos no parpadean, y parecen ser espejos de la vigilancia constante y el juicio implacable de la humanidad que la originó.
Desde su espalda, emergen formas similares, que se elevan y se extienden a los lados, creando una silueta imponente y amenazante. Estas extensiones oscuras, salpicadas de rojo y adornadas con los mismos ojos vigilantes, parecen alas truncadas o garras abstractas, capaces de atrapar y oprimir. Sus manos, cubiertas con guantes negros o formaciones que parecen guantes, están apretadas en puños, denotando una tensión latente, una energía contenida que espera ser liberada.
Zetsubō permanece inmóvil en la cima de la torre, la silueta de los rascacielos iluminados por la noche extendiéndose bajo sus pies. No hay expresión en su rostro, solo una inquebrantable determinación forjada en la miseria. Ella es la suma de los tormentos psicológicos de la humanidad, una fuerza silenciosa y destructiva, esperando la orden de su monarca para desatar el peso de la desesperación sobre el mundo que la creó.
Zetsubō: una vez llege mi señor las voces callaran, las miradas caeran, y el mundo que nos desprecia, se teñira de rojo… viviremos en un mundo.. que fue creado para nosotros los oprimidos…
Los ojos que cuelgan de cada hilo carmesi, empezaban a latir con intensidad, creciendo lentamente tras de ella, asta que estos explotaron dejando salir de ellos, muchos oscuros muy similares a humanos, pero llenos de mutaciones geneticas, mentes retorcidas y llenas de oscuridad, prejucios absolutos, nacidos para traer la desesperacion a la humanidad, el ejercito del rey, “Calamity”.
Mientras la noche porteña abrazaba la ciudad, en lo más profundo de Buenos Aires, a través de los cincuenta y cuatro pisos del Alvear Tower, se encontraba el corazón del nido. Este no era un simple aposento, sino el crisol de la esencia del monarca, el lugar donde el héroe caído Benjamín yacía en un letargo profundo. Antes, una montaña de cadáveres, ahora transformado en una sala imponente, un abismo de vacío infinito que resonaba con la quietud más absoluta. Este santuario es custodiado por Mukanshin, el Comandante Supremo de las fuerzas de combate oscuras.
Mukanshin se erige como una figura de elegancia perturbadora. Su cabello, una cascada etérea de blanco o plata pálida, fluye liso hasta su cintura, enmarcando un rostro de una belleza etérea, casi andrógina. Sus ojos, de un color claro indescifrable, poseen una profundidad que no refleja malicia, sino una vasta, insondable apatía. Una sonrisa sutil y enigmática juega en sus labios finos, una expresión que no denota alegría ni desdén, sino la de alguien que comprende la complejidad del mundo sin sentir sus vibraciones. Un mechón de cabello se ata delicadamente en la parte superior de su cabeza, un detalle singular en su perfecta melena.
Viste un traje que combina la pureza del blanco con la autoridad del negro. Una camisa formal blanca de cuello alto, con detalles de volantes o fruncidos en las mangas, le otorga una distinción aristocrática. Sobre esta, una chaqueta o chaleco negro se asoma por encima de sus hombros y se extiende en solapas, marcando un contraste impactante. Sin embargo, lo más distintivo de su atuendo es el largo abrigo o capa que nace de sus hombros y se arrastra majestuosamente hasta el suelo, extendiéndose detrás de él. Esta prenda es de un negro tan profundo que parece absorber toda la luz, un velo de sombra que lo envuelve.
A su izquierda, una explosión de energía carmesí y sombría irrumpe desde el negro del fondo. Son formas fluidas, casi como tentáculos o remolinos de tela etérea, de un rojo vibrante mezclado con oscuridad, que se retuercen y se extienden con una ferocidad contenida. Estas emanaciones contrastan dramáticamente con su apariencia serena, sugiriendo un poder latente que puede manifestarse violentamente, un eco de la oscuridad de la que fue extraído.
Nacido de la oscuridad más profunda, Mukanshin ha trascendido las limitaciones de sus orígenes. Comprende la luz, no solo como un concepto, sino como una estructura compleja. Las emociones positivas han inundado su ser, no como un sentimiento experimentado, sino como una comprensión puramente intelectual. Es el Señor de la Apatía, desprovisto de malicia, pero también incapaz de sentir el amor, la alegría o el dolor genuino de los humanos. Conoce lo que estas emociones pueden ser, pero jamás las ha experimentado, ni siquiera en presencia de su monarca.
Por esta razón, Mukanshin no desea aniquilar a la humanidad. Al contrario, anhela salvarlos, pero con un propósito egoísta y desesperado: robar sus emociones, para poder finalmente sentir algo en su propio cuerpo, para llenar el vacío que lo consume y, por primera vez, sentirse verdaderamente vivo. En la quietud de la sala, con el “huevo” de Benjamín como su única compañía, Mukanshin espera, una figura de poder y anhelo, un espectro de la existencia que busca su propia chispa vital en la calidez robada de los corazones humanos.
Mukanshin: ho señor oscuro… tenga piedad por la raza humana, dejelos vivir su corta vida, dejeme tomar sus emociones, para asi, poder llenar el vacio que habita en mi corazon..
Estas palabras resonaban como el eco en la gran ciudad, donde estaba el gran ejercito del monarca oscuro, cada monstruo, cada ser vivo, cada jefe de zona, cada jefe de mazmorra, esperaban con sus tropas, el despertar de su señor, inmobiles, deseosos de llevar la desesperacion al mundo, junto a su monarca, no… mejor dicho, su dios.
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