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EL INMORTAL - Capítulo 100

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Capítulo 100: AVIONES Y TANQUES V

Frente Occidental

1917 d.C. / 1867 del Sol

Sector del Somme – 23.ª División de Infantería Alemana

El soldado se dio cuenta de que ya no pensaba en volver una mañana cualquiera, sin dramatismo.

No fue al despertar ni durante una guardia tensa. Fue mientras ajustaba una correa del equipo que ya había ajustado cientos de veces. El gesto salió perfecto, automático. Y entonces notó la ausencia. No estaba ahí la imagen del regreso. No había una escena futura a la que aferrarse mientras trabajaba.

La idea simplemente no apareció.

No sintió vacío.

No sintió pérdida.

Solo una continuidad limpia.

“Volver” había sido, al principio, una palabra cargada. Tenía forma, dirección, incluso olor. Con el tiempo se había vuelto más abstracta, más frágil. Y ahora, sin anuncio previo, había dejado de ser necesaria.

Lo inquietante no fue perderla.

Lo inquietante fue no echarla de menos.

La mañana transcurrió con una regularidad casi ordenada. Cambio de guardia. Revisión del equipo. Distribución de tareas. El soldado ejecutó cada gesto sin resistencia interna. No había urgencia, pero tampoco desgano. Funcionaba con una eficiencia tranquila, como una máquina bien calibrada.

Observó a los otros hombres mientras trabajaban.

Todavía había diferencias. Algunos seguían tensándose con ciertos sonidos, con ciertos silencios. Otros hablaban más de la cuenta, como si las palabras pudieran mantenerlos conectados a algo externo. Y luego estaban los que, como él, parecían habitar un ritmo propio, cerrado, estable.

Eran los más confiables.

Eso se notaba en cómo los oficiales los miraban. No con admiración, sino con alivio. Eran los que no rompían el flujo, los que no necesitaban ser empujados, los que cumplían sin preguntas innecesarias.

La guerra recompensaba ese tipo de estabilidad.

Durante la mañana reforzaron posiciones. Tablones viejos, tierra húmeda, clavos torcidos. El trabajo no tenía principio ni final claros. Solo se hacía porque había que hacerlo. El soldado se concentró en el sonido del martillo, en la resistencia de la madera.

En algún punto, sin aviso, apareció un recuerdo.

Una mañana clara, antes de la guerra. Herramientas limpias. Una tarea sencilla que empezaba y terminaba el mismo día. El recuerdo no le trajo nostalgia. No vino acompañado de emoción. Fue como observar una fotografía ajena durante unos segundos.

Lo dejó pasar sin esfuerzo.

—¿Te acuerdas de cómo era trabajar sin disparos? —preguntó un hombre cercano, sin levantar la vista.

El soldado tardó más de lo habitual en responder. No porque no supiera qué decir, sino porque estaba midiendo la respuesta.

—Creo que sí —dijo al final—. Pero ya no sabría hacerlo igual.

No había tristeza en su voz. Tampoco resignación. Era una constatación técnica, como admitir que un músculo ya no responde de la misma manera.

El hombre asintió. No hubo más palabras.

A media tarde, un intercambio de fuego breve volvió a ocupar el espacio. Disparos aislados, respuestas medidas. Nada decisivo. El soldado disparó cuando correspondía, recargó con movimientos limpios, esperó.

No pensó en el otro lado.

No lo imaginó.

No lo deshumanizó tampoco. Simplemente no lo incluyó. El enemigo era una fuente de estímulos, no una figura.

Cuando el fuego cesó, el silencio regresó sin alivio ni tensión. Era el estado base.

El soldado se sentó apoyando la espalda contra la tierra húmeda. Respiró despacio. Notó que el corazón tardaba en acelerarse incluso cuando algo lo sorprendía. El cuerpo había aprendido que reaccionar con intensidad no ayudaba a durar.

Pensó en algo que antes lo habría alarmado: la posibilidad de no sentir casi nada. De no experimentar miedo, ni esperanza, ni expectativa clara.

Ahora esa idea no le resultaba peligrosa.

Sentir menos significaba menos fricción.

Menos fricción significaba más resistencia.

Al caer la noche, el frío llegó con su puntualidad habitual. El soldado se envolvió como siempre. Escuchó conversaciones dispersas, palabras sueltas que no buscaban realmente ser respondidas.

—¿Crees que esto nos cambió para siempre?

—Todo cambia.

—No así.

El soldado escuchó en silencio. La pregunta le pareció tardía, casi fuera de lugar. El cambio no estaba ocurriendo ahora. Había ocurrido mucho antes, sin ceremonia. Lo que quedaba era habitarlo.

Se recostó con cuidado. Miró el cielo un instante. Ya no buscaba estrellas. Ya no buscaba señales. El cielo había dejado de ser referencia. Era solo un techo variable, a veces ruidoso, a veces no.

Cerró los ojos.

Y entendió algo con una claridad inquietante: había encontrado un lugar donde ya no dolía.

No porque la guerra fuera menos cruel.

No porque la muerte se hubiera vuelto amable.

Sino porque había ajustado su interior para no chocar más contra lo inevitable.

Ese lugar no era seguro. No era saludable. Pero era estable.

Y en una guerra que no prometía finales cercanos, la estabilidad era una tentación silenciosa, casi seductora.

Al amanecer, el soldado se levantó sin dificultad. El cuerpo respondió. La mente no protestó. Se colocó el equipo, revisó el fusil, ocupó su posición.

Mientras lo hacía, pensó algo que no formuló del todo, pero que quedó fijo como una certeza incómoda:

la guerra no solo destruye lo que amas,

también te enseña a vivir sin ello,

hasta que esa ausencia deja de doler

y se convierte en un equilibrio interno.

Y ahí estaba el verdadero peligro.

Porque ese equilibrio hacía posible seguir.

Pero también hacía posible que, cuando todo terminara,

cuando el mundo intentara recuperarte,

descubrieras que ya no había nada en ti que deseara volver a encajar.

El soldado no sintió miedo ante esa idea.

Solo la aceptó.

Y permaneció ahí, en ese lugar donde ya no dolía,

cumpliendo su función,

durando un día más,

sin saber si lo más difícil vendría en el frente…

o después,

cuando la guerra ya no estuviera para sostener ese silencio cómodo

que había aprendido a llamar hogar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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