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EL INMORTAL - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Comercio con Estados del Perú
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12: Comercio con Estados del Perú 12: Comercio con Estados del Perú El retiro de Sebastián no fue anunciado.

Simplemente ocurrió.

Un día dejó de asistir al Consejo.

Otro dejó de presidir ceremonias.

Finalmente, dejó de aparecer en público.

No hubo proclamación ni despedida.

El Imperio, acostumbrado ya a funcionar sin su mano directa, siguió avanzando como si nada hubiera cambiado.

Solo unos pocos entendieron lo que aquello significaba.

Sebastián había decidido salirse del tiempo político.

El castillo como frontera personal.

El Castillo del Sol Permanente se convirtió en su mundo.

No una prisión.

No un trono.

Un refugio intelectual.

Sebastián ocupó las estancias altas, lejos de los patios administrativos.

Allí, rodeado de piedra, silencio y registros, volvió a hacer algo que no hacía desde su primera vida: Investigar por puro interés.

No armas.

No estrategia.

No política.

Sonido.

Los objetos musicales.

Sebastián siempre había entendido la música como una forma de orden invisible.

Ondas, ritmos, proporciones.

Durante décadas había escuchado cantos rituales, marchas militares, himnos imperiales… pero nunca se había detenido a estudiar el fenómeno en sí.

Ahora lo hacía.

Recolectó instrumentos de todo el Imperio: •flautas de hueso.

•tambores de piel.

•cuerdas tensadas con diferentes fibras.

•placas metálicas de distintos minerales.

Midió vibraciones.

Comparó longitudes.

Registró tonos.

Descubrió algo que lo obsesionó: Los mismos principios matemáticos aparecían una y otra vez, incluso en culturas que jamás se habían contactado entre sí.

—El orden no necesita palabras —murmuraba—.

Solo repetición.

La música se convirtió en su forma de pensar sin gobernar.

La segunda sucesión Mientras Sebastián se retiraba, el tiempo seguía cobrando su precio.

Acolmiztli, su hijo, había gobernado durante décadas con estabilidad admirable.

Envejecía lento, sí, pero envejecía.

Cuando superó con claridad el siglo de vida, entendió algo que su padre había comprendido mucho antes: El Imperio no podía esperar a que el tiempo decidiera por él.

La transición fue ordenada.

Sin guerras civiles.

Sin conspiraciones.

Acolmiztli convocó al Consejo Imperial y anunció su decisión: —El Imperio necesita un gobernante con horizonte largo.

Yo ya cumplí el mío.

Nombró emperador a su hijo, nieto de Sebastián, nacido en un Imperio estable, educado en leyes, logística y administración, sin la carga de haber visto el caos fundacional.

Sebastián no asistió.

No por desinterés.

Por coherencia.

El nuevo emperador y la ambición generacional.

El nuevo emperador creció en paz.

Eso, paradójicamente, lo volvió más peligroso.

Tras cincuenta años de estabilidad, carreteras sólidas, crecimiento demográfico sostenido y un ejército que no conocía la derrota, el Imperio del Sol se encontraba con un problema nuevo: Había dejado de tener objetivos.

Y los imperios sin objetivos… se descomponen.

El joven emperador lo entendió con claridad brutal.

—Si no crecemos ahora —dijo al Consejo—, nos fragmentaremos después.

No habló de gloria.

Habló de prevención.

La Gran Expansión.

La campaña fue planificada con frialdad absoluta.

Objetivo: •Toda Centroamérica.

•Gran parte del norte de lo que hoy sería México.

Duración: •Cinco años.

Sebastián lo supo todo.

No participó.

No aconsejó.

Observó desde los mapas que llegaban al castillo, leyendo informes como quien lee historia ya escrita.

La guerra fue rápida.

No por brutalidad, sino por: •superioridad logística.

•ejércitos profesionales.

•rutas aseguradas.

•guarniciones previas.

Las ciudades caían sin ser destruidas.

Las élites locales eran absorbidas.

El calendario, la moneda y la ley se imponían.

Al final del quinto año, el Imperio del Sol se había convertido en una potencia continental mesoamericana.

Sebastián cerró el último informe y no sintió orgullo.

Sintió inevitabilidad.

Treinta años de paz.

El Imperio comercia consigo mismo… y con el sur.

La guerra terminó.

Y con ella, comenzó el periodo más próspero hasta entonces.

Durante treinta años, el Imperio no expandió fronteras.

Las consolidó.

Las rutas comerciales se extendieron hacia el sur, llegando hasta las tierras que hoy serían Perú.

No como conquista, sino como intercambio.

De allí llegaron: •oro.

•plata.

•cobre.

Sebastián observó con atención un detalle crucial: —Si el metal circula sin control, destruye el valor.

El Consejo Imperial, siguiendo antiguos principios que Sebastián había dejado escritos décadas atrás, tomó una decisión clave: •Moneda oficial limitada.

•Reservas metálicas concentradas en el Castillo.

•Emisión controlada.

•Prohibición de acuñación privada.

La inflación nunca llegó.

El Imperio aprendió a contener su propia riqueza.

Mejoras materiales.

Treinta años sin guerra transforman cualquier civilización.

Las casas pasaron de piedra simple a estructuras compuestas, mejor aisladas.

La ropa dejó de ser solo funcional y se volvió duradera.

Los barcos se hicieron más grandes, más estables, más confiables.

Las ciudades crecieron hacia arriba, no solo hacia afuera.

Sebastián caminaba por los patios del castillo escuchando sonidos nuevos: martillos precisos, ruedas, cuerdas tensadas, pasos constantes.

Todo indicaba permanencia.

Las guarniciones y los Caballeros del Sol.

El crimen nunca desaparece.

Pero puede dejar de ser rentable.

El Imperio creó guarniciones permanentes en puntos clave del territorio, conectadas por las carreteras del Sol.

Patrullaban rutas, ciudades y campos.

Los Caballeros del Imperio no eran nobles románticos.

Eran: •soldados profesionales.

•entrenados.

•pagados.

•rotados periódicamente.

El robo disminuyó.

La violencia interna se volvió excepción.

La ley dejó de ser amenaza.

Se volvió costumbre.

Epílogo del capítulo.

Sebastián, ya completamente retirado, tocaba una serie de placas metálicas afinadas cuando recibió la noticia final: Treinta años de paz.

Territorio unificado.

Comercio estable.

Población en crecimiento constante.

Cerró los ojos.

—Ya no me necesitan —dijo en voz baja.

No era tristeza.

Era constatación.

El Imperio había superado a su creador.

Y eso, para alguien condenado a vivir siglos, era la única victoria posible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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