EL INMORTAL - Capítulo 14
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
14: PLANES 14: PLANES El castillo estaba en silencio.
No el silencio ceremonial de los grandes salones, sino el silencio verdadero de una noche avanzada, cuando solo el agua de los canales y el roce del pergamino rompen la quietud.
Sebastián estaba solo en la cámara alta, donde durante siglos se habían acumulado registros, mapas y objetos que nunca debían circular fuera del Imperio.
Frente a él, extendidos sobre una mesa de piedra, yacían los mapas del Viejo Mundo.
No eran perfectos.
No eran completos.
Pero eran reales.
Sebastián pasó los dedos lentamente por las costas dibujadas con tinta irregular.
Europa.
Asia.
Tierras que durante siglos solo habían existido como hipótesis vagas, rumores lejanos, ideas incompletas.
Ahora tenían forma.
Nombres.
Fronteras rotas.
—Así que aquí estaban —murmuró.
Europa: fragmentada, cansada, previsible.
Sebastián reconoció el patrón de inmediato.
No necesitó décadas para entenderlo.
Reinos pequeños, superpuestos, sin administración común.
Autoridades religiosas con poder moral, pero sin control práctico.
Infraestructura pobre.
Rutas comerciales activas, sí, pero caóticas.
Europa no era débil.
Era inmadura.
—Están donde nosotros estábamos hace quinientos años —pensó—.
Pero sin tiempo.
La gripe había sido devastadora.
Los informes eran claros.
Mortandad alta, respuestas desordenadas, explicaciones religiosas que no servían para contener nada.
No había un solo punto de mando.
No había protocolos.
Sebastián cerró un libro.
—No fue nuestra culpa —dijo en voz baja—.
Pero sí fue nuestra responsabilidad aprender.
Asia: orden distinto, distancia peligrosa.
Asia era otra cosa.
China aparecía fragmentada, pero organizada.
Japón, sorprendentemente completo en los mapas, mostraba una estabilidad estructural interesante.
Corea, dividida, pero coherente.
Sebastián inclinó la cabeza levemente.
—Ellos aprenderán rápido —admitió—.
Pero están lejos.
Europa, en cambio, estaba cerca del error permanente.
Y eso la hacía peligrosa.
La gripe y la lección biológica Sebastián abrió los registros médicos imperiales.
Las cifras no mentían.
Cien mil muertos.
Demasiados.
Pero también había otro dato, más importante: Los supervivientes mostraban resistencia.
Los hijos de los supervivientes, aún más.
La mezcla con sangre europea había acelerado el proceso.
Sebastián no lo vio como tragedia ni como bendición.
Lo vio como biología aplicada.
—La historia castiga a quien no se adapta —pensó—.
Y premia a quien lo hace antes.
El Imperio no podía permitirse otra sorpresa.
La decisión que no se anunció Sebastián se levantó y caminó lentamente hasta la ventana.
Las luces de la ciudad se extendían como constelaciones ordenadas.
Carretas silenciosas.
Guardias en patrulla.
Un mundo que funcionaba porque alguien había tomado decisiones difíciles antes.
—No cerraremos la ruta —dijo finalmente—.
Pero tampoco la abriremos del todo.
La orden fue clara y precisa cuando la transmitió al Consejo reducido: Apertura limitada de la ruta europea Solo comerciantes imperiales autorizados.
Viajes esporádicos, no regulares Prioridad absoluta a: •mujeres europeas jóvenes.
sanas.
•de distintas regiones.
•Integración total en el Imperio.
•Registros médicos obligatorios.
•Aislamiento inicial controlado.
No por esclavitud.
Por resiliencia genética.
—No buscamos Europa —aclaró Sebastián—.
Buscamos sobrevivir a ella.
El silencio como escudo.
Sebastián fue enfático en otro punto: —No revelaremos quiénes somos.
Nada de nombres.
Nada de mapas completos.
Nada de diplomacia.
Europa no debía saber si comerciaba con: •una ciudad.
•un reino.
•o un mito.
Mientras no supieran eso, no podrían reaccionar.
El anonimato seguiría siendo la primera muralla del Imperio.
Caballos, carretas y control Sebastián observó otro informe.
Caballos europeos: decenas de miles.
Carretas optimizadas.
Red logística reforzada.
El Imperio se movía más rápido que nunca.
—La velocidad es poder —pensó—.
Y Europa aún camina.
Epílogo Sebastián volvió a la mesa y cerró los mapas con cuidado.
Durante siglos había preparado al Imperio para resistir guerras, hambre, fragmentación interna.
Ahora sabía que el verdadero desafío era otro.
El mundo.
No hoy.
No mañana.
Pero algún día, Europa levantaría la vista y empezaría a preguntar.
Sebastián sonrió apenas.
—Cuando lo hagan —susurró—, ya será tarde.
El Calendario del Sol avanzó un día más.
Y el Imperio del Sol, una vez más, había elegido anticiparse al futuro en lugar de reaccionar a él.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com