EL INMORTAL - Capítulo 15
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15: AÉLIS 15: AÉLIS Me llamo Aélis.
Ese fue el nombre que me dieron al nacer, en una aldea donde el invierno mordía más que los hombres y donde las campanas marcaban el día mejor que el sol.
Aquí nadie lo pronuncia bien.
Aquí me llaman Aelis, sin acento, sin memoria del lugar del que vengo.
Al principio me dolía.
Luego entendí que los nombres también emigran.
No crucé el mar por valentía.
Lo crucé porque quedarme significaba desaparecer de otra forma.
El viaje Nos dijeron que habría trabajo.
Comida.
Un lugar donde dormir.
No prometieron regreso.
Nadie prometía eso en mi tierra.
El barco era grande, estable, silencioso.
No olía a desesperación como otros.
Los hombres que nos llevaban no gritaban.
No rezaban en voz alta.
Hablaban poco.
Durante el viaje enfermamos algunas.
Fiebres cortas.
Tos.
Aislaron a las que peor estaban.
No con violencia.
Con distancia.
A mí me asustó más esa calma que cualquier grito.
Cuando llegamos, pensé que el mundo estaba equivocado.
La ciudad No era una ciudad como las nuestras.
No se apiñaba.
No se defendía con muros altos ni con cruces en las puertas.
Había agua que corría por canales abiertos, calles limpias, gente que caminaba sin mirar al suelo todo el tiempo.
Me impresionó el silencio nocturno.
No era miedo.
Era orden.
Nos llevaron a un lugar separado.
No cárcel.
Observación, dijeron.
Dormíamos bien.
Comíamos mejor de lo que había comido en años.
Nadie nos tocó.
Nadie nos preguntó por nuestra fe.
Eso me desarmó.
Aprender a quedarse Aprendí el idioma despacio.
Nadie se burló cuando pronunciaba mal.
Me enseñaron a leer desde cero, como a una niña, aunque ya era mujer.
Aquí leer no era un lujo.
Era una costumbre.
Me explicaron el calendario.
Las estaciones.
Las normas de higiene.
Cosas simples que en mi aldea se sabían a medias.
No me obligaron a olvidar a mi dios.
Tampoco lo usaron para mandarme.
Me di cuenta entonces de algo extraño: nadie parecía necesitar que yo creyera lo mismo que ellos para tratarme como persona.
Él se llamaba Técatl.
No era noble.
No era soldado.
Administraba granjas y rutas de carretas.
Me habló por primera vez en el mercado, corrigiendo con paciencia una cuenta que yo había hecho mal.
No me tocó.
No me miró como se mira a algo que se compra.
Me pidió caminar.
Eso fue todo.
Caminamos varias veces antes de hablar de nada más.
Cuando me propuso casarnos, no lo hizo frente a nadie.
No habló de hijos.
No habló de deber.
Dijo algo que aún recuerdo palabra por palabra: —Aquí la vida es larga.
Prefiero no caminarla solo.
Acepté con miedo.
Pero acepté.
El matrimonio No hubo misa como la mía.
Hubo registro.
Testigos.
Un acuerdo claro de bienes, responsabilidades y derechos.
Nadie me entregó como propiedad.
Nadie pidió permiso a un hombre que no fuera yo misma.
Lloré esa noche.
No de tristeza.
De cansancio.
Ser extranjera sin ser extraña Al principio me observaban.
No con hostilidad.
Con curiosidad.
Mi piel clara, mi cabello distinto, mis gestos raros.
Aprendí pronto que aquí la mezcla no era una excepción.
Era un proceso.
Había mujeres de otras tierras.
Hijos de varios tonos.
Nadie preguntaba “de dónde” antes de preguntar “qué sabes hacer”.
Tuve hijos.
No se enfermaron como los de mi aldea.
Se recuperaban rápido.
Los médicos —sí, médicos— decían que era normal aquí.
Que el cuerpo aprende.
Que la sangre recuerda.
Pensé en mi madre.
Pensé en mis hermanas.
Pensé que, sin saberlo, había sobrevivido para algo más que yo.
El hombre del castillo Nunca lo vi.
Pero todos hablaban de él como si pudiera aparecer en cualquier momento.
No con miedo.
Con respeto tranquilo.
Decían que había estado siempre.
Que no gobernaba.
Que observaba.
Yo no entendía cómo se puede respetar a alguien que no manda.
Luego entendí que mandar no siempre es dirigir.
Una vez pregunté si era un dios.
Técatl negó con la cabeza.
—Es un hombre —dijo—.
Solo que piensa en siglos.
Eso me dio escalofríos.
Epílogo A veces sueño con mi aldea.
Con el barro.
Con el frío.
Con la tos que no se iba.
Despierto aquí, con agua limpia, con caminos que llegan a algún lugar, con hijos que saben leer.
No olvidé quién fui.
Pero ya no vivo como si el mañana fuera un accidente.
Si alguien me preguntara si extraño mi tierra, diría la verdad: Extraño a las personas.
No al mundo.
Y si algún día Europa cruza el mar de verdad, no como comerciante perdido sino como buscador desesperado, espero que recuerde esto: Que hubo un lugar donde no se pidió fe para vivir.
Solo orden.
Y tiempo.
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