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EL INMORTAL - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 SOLEDAD
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16: SOLEDAD 16: SOLEDAD El castillo nunca dormía del todo.

Siempre había un sonido mínimo: el agua moviéndose por los conductos de piedra, el roce lejano de pasos de guardia, el crujir de la madera cuando el frío nocturno se colaba por las torres altas.

Sebastián conocía cada uno de esos ruidos.

Los había escuchado durante siglos, hasta que se volvieron parte de su respiración.

Esa noche caminaba solo.

No por costumbre, sino por necesidad.

No quedarse solo… pero tampoco apresurarse Sebastián se detuvo frente a una de las ventanas del ala norte.

Desde allí se veía la ciudad: luces ordenadas, calles limpias, carretas que aún circulaban incluso a esas horas.

Un mundo vivo que no dependía ya de su presencia.

Había amado varias veces.

No muchas, pero lo suficiente.

Cada vez había sido distinto.

Cada vez había sido real.

Y cada vez había terminado igual: con una tumba, un nombre grabado en piedra y un silencio largo, necesario.

Aprendió algo que ningún libro enseñaba: No podía quedarse solo para siempre.

Pero tampoco podía fingir que el tiempo no existía.

Después de cada muerte, esperaba siglos.

No por penitencia.

Por respeto.

Por ajuste.

Porque el corazón, incluso uno que no envejece, necesita aprender a volver a abrirse.

—No soy un dios —murmuró—.

Solo alguien que vive demasiado.

Y alguien así no puede amar como los demás.

Las reservas: el corazón material del Imperio Sebastián descendió al nivel inferior del castillo, donde solo unos pocos tenían acceso.

Las cámaras de reserva no estaban llenas de ostentación, sino de orden.

•Lingotes marcados.

•Cajas selladas.

•Registros precisos.

•Oro, plata y cobre.

No en circulación.

No visibles.

Reservas imperiales.

El Imperio había aprendido una lección que Europa aún no entendía: la riqueza no sirve si se mueve sin control.

Sebastián repasó los números con la mirada.

Siglos de comercio controlado, extracción moderada, acumulación estratégica.

Nada de inflación.

Nada de colapsos.

—El dinero —pensó— no es poder.

Es memoria de trabajo.

Y el castillo guardaba esa memoria.

Objetos que cruzaron el mundo En las salas superiores, las vitrinas no mostraban trofeos.

Mostraban contacto.

Objetos traídos por los comerciantes durante el tiempo de apertura controlada: •Vidrio europeo trabajado con imperfecciones interesantes.

•Instrumentos de medición rudimentario.

•Textiles orientales.

•Cerámica china.

•Pinturas y poemas china •Pergaminos japoneses.

•Tallados americanos antiguos, cuando la pintura empezó a dejar de ser solo ritual y pasó a ser expresión.

Sebastián se detuvo frente a una obra pequeña, llegada desde Japón hacía décadas.

No entendía el idioma cuando la vio por primera vez.

Ahora sí.

—El mundo siempre supo mirarse —pensó—.

Solo necesitaba tiempo para aprender a verse.

La biblioteca que nunca dejó de crecer La biblioteca real ocupaba ahora tres alas completas del castillo.

No había sido diseñada así.

Había crecido como crecen las cosas que se usan.

Decenas de miles de libros.

De todos los lugares.

De todos los idiomas posibles de registrar en ese momento.

Sebastián caminó entre estanterías que había visto nacer de madera simple y ahora eran piedra reforzada.

Había textos de: •Europa: crónicas, tratados religiosos, manuales prácticos •Asia: filosofía, administración, historia, medicina •Japón: códigos de conducta, poesía, registros de clanes •China: matemáticas, agricultura, organización estatal •América: historia imperial, ciencia práctica, arte emergente Muchos habían sido traducidos.

Otros se conservaban en su lengua original.

No por romanticismo.

Por precisión.

Enseñar sin romper el tiempo Sebastián había sido cuidadoso.

No todo conocimiento era para todos los momentos.

Las escuelas imperiales habían avanzado, sí, pero de forma controlada.

Lo que ahora se enseñaba equivalía, en términos modernos, a un segundo grado de secundaria, aunque nadie lo llamaba así.

Se enseñaba: •Matemáticas avanzadas prácticas.

•Historia comparada.

•Ciencias naturales observacionales.

•Administración básica.

•Ética civil.

•Idiomas útiles.

Nada que desestabilizara.

Nada que creara castas intelectuales.

Los idiomas del mundo Sebastián se detuvo frente a una sección específica de la biblioteca.

Idiomas.

No como curiosidad, sino como herramienta.

Había manuales de aprendizaje estructurados, creados por el propio Imperio a partir de los textos traídos: •Latín europeo (para entender comercio y religión).

•Lenguas germánicas tempranas (francos, sajones).

•Chino clásico (administración y ciencia).

•Japonés antiguo (estructura social y ética).

•Lenguas coreanas (fragmentadas, pero útiles).

•Lenguas americanas imperiales y regionales.

Cada idioma tenía: •vocabulario básico.

•estructura gramatical.

•textos comparativos.

—Hablar la lengua de otro —pensó Sebastián— no es rendirse.

Es quitarle la ventaja.

La clase pintora Cientos de años atrás había ocurrido algo curioso.

La pintura dejó de ser solo religiosa.

Aparecieron pintores.

No artesanos anónimos.

No sacerdotes.

Personas que firmaban.

Que observaban el mundo.

Que retrataban escenas cotidianas, ciudades, rostros reales.

Sebastián había permitido eso sin decreto.

El arte había encontrado su espacio solo.

—Una civilización que se pinta a sí misma —pensó— ya no se olvida.

Epílogo Sebastián regresó a sus aposentos cuando el cielo comenzaba a aclarar.

Había pensado en mujeres que ya no estaban.

En libros que aún no existían.

En lenguas que todavía no se hablaban en sus tierras.

No podía quedarse solo para siempre.

Pero tampoco tenía prisa.

El mundo aún tenía mucho que enseñarle .

Y él, por primera vez en siglos, se permitió pensar que tal vez… aún había espacio para alguien más a su lado.

No hoy.

Pero algún día.

El castillo siguió respirando.

Y el Imperio, aprendiendo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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