EL INMORTAL - Capítulo 17
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17: AMOR Y CASTILLO 17: AMOR Y CASTILLO Sebastián llevaba siglos aprendiendo a distinguir los deseos pasajeros de las decisiones que cambian épocas.
Por eso no se engañó cuando ocurrió.
No fue un impulso.
No fue necesidad física.
No fue curiosidad.
Fue cansancio de estar solo.
Tres miradas, tres mundos Las vio en momentos distintos, sin buscarlas.
La primera fue Eadgyth, anglosajona.
Había llegado como muchas otras: traída por la ruta controlada, integrada al Imperio, ya libre por ley.
No era joven por los estándares europeos, pero aquí eso no significaba nada.
Tenía una forma directa de hablar, una mirada sin sumisión, y una disciplina que le recordaba a pueblos que habían sobrevivido al frío sin pedir permiso a nadie.
Sebastián la observó desde lejos durante semanas.
No la miró como emperador.
La miró como hombre.
La segunda fue Lucia, italiana.
Descendiente de una familia romana venida a menos, criada entre restos de grandeza y realidad dura.
Sabía leer latín con soltura, conocía la historia de imperios caídos y no se impresionaba con títulos.
Cuando habló con Sebastián por primera vez, no preguntó quién era.
Preguntó por qué seguía aprendiendo.
Eso lo desarmó.
La tercera fue Xōchitl, ciudadana del Imperio.
No noble.
No sacerdotisa.
Educada en las escuelas imperiales, pintora por elección.
Había crecido viendo al Imperio como algo natural, no como milagro.
Cuando hablaba con Sebastián, lo hacía sin reverencia excesiva.
Para ella, él era una presencia constante… no una leyenda.
Eso lo inquietó más que cualquier desafío.
La decisión que no tomó a la ligera Sebastián no se lanzó.
Esperó.
Pensó en las mujeres que había amado antes.
En las que había enterrado.
En los siglos de silencio que siguieron a cada pérdida.
En la costumbre de cerrar el corazón para evitar el peso de repetirlo todo.
Pero también pensó en algo que había evitado admitir: La eternidad sin afecto no es fortaleza.
Es erosión lenta.
—No puedo quedarme solo para siempre —se dijo—.
Y no tengo derecho a exigirle a una sola persona que cargue con mi tiempo.
Por eso tomó una decisión poco común incluso para un Imperio acostumbrado a lo inusual.
No elegiría una.
Sería honesto con las tres.
Conquistar no es imponer Sebastián no usó poder.
No usó riqueza.
No usó misterio.
Con cada una fue distinto.
Con Eadgyth, habló de disciplina, de adaptación, de cómo el Imperio había aprendido a resistir sin convertirse en jaula.
Caminaron por las carreteras imperiales.
Ella no se intimidó.
Lo desafió.
Le preguntó si realmente sabía vivir sin mandar.
Con Lucia, pasó horas en la biblioteca.
Leyeron crónicas romanas, compararon errores, hablaron de por qué los imperios caen.
Ella no se enamoró del Imperio.
Se interesó por el hombre que había aprendido de todos ellos.
Con Xōchitl, compartió silencio.
Observó cómo pintaba.
Cómo retrataba escenas comunes sin glorificarlas.
Ella le dijo algo que ninguna otra se había atrevido a decirle: —Este castillo no te pertenece ya.
Te contiene.
Eso fue decisivo.
El castillo que ya no bastaba Sebastián lo sintió con claridad: no podía quedarse en ese castillo para siempre.
Ese castillo era historia.
Archivo.
Centro del Imperio.
Pero ya no era hogar.
Y si iba a volver a amar… no podía hacerlo rodeado de símbolos que pesaban siglos.
Así nació la idea.
Un castillo lejos del centro Sebastián eligió un lugar apartado.
No estratégico.
No defensivo.
Un lugar donde el silencio no fuera institucional, sino natural.
El nuevo castillo no tendría plataformas mesoamericanas ni patios rituales.
No porque renegara de su origen, sino porque ya los había vivido.
Este sería distinto.
El castillo europeo La construcción tomó años.
No fue apresurada.
El diseño era claramente gótico: •Torres altas y esbeltas.
•Arcos apuntados.
•Ventanales largos.
•Piedra clara.
•Espacios verticales que buscaban el cielo.
No para rezar.
Para respirar.
Sebastián quiso probar algo nuevo: una arquitectura que no aplastara con masa, sino que elevara.
No sería sede imperial.
No tendría archivos de Estado.
No albergaría reservas.
Sería habitable.
El cambio silencioso Cuando el castillo estuvo terminado, Sebastián no anunció nada.
Se mudó.
El Imperio no se detuvo.
El castillo antiguo siguió cumpliendo su función.
La administración no se resintió.
Pero quienes lo conocían… lo notaron.
Sebastián caminaba distinto.
Más lento.
Más presente.
Epílogo Una tarde, desde la torre más alta del nuevo castillo, Sebastián observó el horizonte.
Tres mujeres existían en su vida, no como conquistas, sino como posibilidades reales.
Ninguna había sido obligada.
Ninguna había sido engañada.
Por primera vez en siglos, el futuro no era solo una planificación a largo plazo.
Tenía rostros.
Tenía voces.
Tenía riesgo.
Y Sebastián, que había aprendido a controlar imperios, entendió algo con una calma nueva: Amar de nuevo no era una debilidad.
Era aceptar que incluso alguien que vive siglos no puede escapar de ser humano.
El viento atravesó los arcos góticos.
Y el castillo, por primera vez, se sintió vivo.
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