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EL INMORTAL - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 NOMBRES
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18: NOMBRES 18: NOMBRES El nombre había funcionado durante siglos.

“Imperio del Sol” era una idea poderosa, casi imposible de olvidar.

Había servido para unir pueblos distintos, para organizar el tiempo, para dar sentido a un territorio que había pasado de ser aldea a mundo.

Pero Tēcuani había aprendido algo con los años: los nombres que nacen como conceptos, tarde o temprano necesitan volverse concretos, o empiezan a perder fuerza.

No fue una revelación repentina.

Fue una acumulación lenta.

La escuchó en los mercados, donde la gente hablaba de rutas y productos sin mencionar ya al Sol.

La vio en los mapas nuevos, donde los escribas buscaban palabras más simples para explicar dónde empezaba y terminaba el país.

La entendió al leer crónicas extranjeras, donde el Imperio aparecía descrito con nombres distintos, deformados, imprecisos.

El mundo necesitaba un nombre que no fuera metáfora.

El diálogo que no era un mandato Tēcuani no convocó consejo alguno.

No era su papel.

No lo había sido desde hacía generaciones.

Pidió, en cambio, una conversación privada con su descendiente directo, el emperador reinante.

No hubo testigos, ni escribas, ni símbolos de poder.

Solo dos personas separadas por siglos de historia compartida.

—He pensado en el nombre del país —dijo Tēcuani, sin rodeos.

El emperador no respondió de inmediato.

Sabía que cuando el fundador hablaba así, no buscaba imponer.

—El Sol nos dio identidad —continuó—, pero ya no explica lo que somos.

Somos más que una idea.

Somos tierra, gente, caminos, ciudades.

Se levantó y desplegó un mapa reciente.

No era ceremonial.

Era práctico, lleno de anotaciones, rutas, correcciones.

—Quiero que el país se llame Imperio Mexicano.

Hubo silencio.

No uno incómodo, sino uno reflexivo.

—¿Por el centro?

—preguntó el emperador.

—Por el significado —respondió Tēcuani—.

Mēxihco no habla de dioses.

Habla de posición, de equilibrio, de punto de unión.

La gente ya lo entiende.

Solo hay que reconocerlo.

No pidió aprobación.

No la necesitaba.

—No es un decreto —añadió—.

Es una propuesta.

Si funciona, sobrevivirá.

Si no, se olvidará sola.

Nombrar sin borrar.

Tēcuani fue cuidadoso en lo que siguió.

—No todo debe cambiar —dijo—.

Solo aquello que ya tiene nombre propio en nuestra lengua y en la memoria de la gente.

Señaló regiones concretas: •México, como corazón administrativo y cultural.

•Michoacán, por su identidad lacustre y agrícola.

•Tlaxcala, por su historia productiva y educativa.

•Oaxaca, por su diversidad cultural y artesanal.

•Yucatán, por su herencia marítima y comercial.

—El resto puede seguir con nombres administrativos antiguos —concluyó—.

Un país no se ordena borrando, sino sumando capas.

El emperador asintió lentamente.

—Eso evitará resistencia.

—Y confusión innecesaria —respondió Tēcuani.

Mirar al norte sin prisa El mapa seguía abierto cuando Tēcuani señaló algo más.

El norte.

No una frontera clara, sino un espacio amplio, menos poblado, lleno de rutas posibles y recursos aún poco explotados.

—Ahí es donde debes mirar —dijo—.

No hoy, no con guerra.

Con exploración, asentamientos, caminos.

El norte no se toma.

Se incorpora.

—¿Por qué ahora?

—preguntó el emperador.

—Porque el mundo siempre termina empujando desde fuera —respondió—.

Y es mejor llegar primero sin violencia que esperar a que otros lo hagan con ella.

No habló de enemigos concretos.

No hizo advertencias dramáticas.

Solo pensó a siglos.

El Imperio que ya no depende de él Al salir de esa conversación, Tēcuani no volvió al centro del poder.

Regresó a sus haciendas, a los caminos abiertos, a la vida que había elegido lejos del trono.

Allí, entre campos amplios y edificios de piedra de estilo europeo, la vida se sentía distinta.

Más humana.

Las haciendas no eran palacios rurales.

Eran lugares vivos: establos, graneros, talleres, patios amplios.

La familia imperial pasaba largas temporadas allí, sobre todo los más jóvenes, para que crecieran lejos de la rigidez cortesana.

Tēcuani pasaba horas montando a caballo.

No por entrenamiento militar.

Por necesidad física y mental.

Corría largas distancias, a veces solo, a veces acompañado por alguna de sus esposas.

No hablaban siempre.

A veces el silencio compartido bastaba.

El viento, el ritmo del animal, el paisaje abierto: todo eso le recordaba que, pese a los siglos, su cuerpo seguía siendo humano.

Epílogo Esa noche, sentado en el pórtico de una de las haciendas, Tēcuani observó el cielo.

Pensó en nombres.

En mapas.

En generaciones que no lo recordarían como hombre, sino como punto de origen.

Y no le molestó.

Había hecho lo que siempre quiso hacer desde el principio: Construir algo que no necesitara su presencia constante para existir.

El Imperio Mexicano empezaba a llamarse a sí mismo.

Y él, por primera vez en mucho tiempo, pudo limitarse a observar cómo el mundo seguía avanzando sin pedirle permiso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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