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EL INMORTAL - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 EL LAGO Y EL MAR
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19: EL LAGO Y EL MAR 19: EL LAGO Y EL MAR El lago estaba quieto aquella mañana.

No completamente inmóvil —nunca lo estaba—, pero lo suficiente como para reflejar el cielo sin distorsión.

Desde uno de los balcones altos, Tēcuani observaba cómo la luz del sol se fragmentaba en la superficie del agua, siguiendo patrones que había visto repetirse durante siglos.

Conocía ese lago mejor que cualquier mapa.

Había visto crecer aldeas, desaparecer chinampas, cambiar corrientes, elevarse y bajar niveles.

Y también había visto el futuro.

La capital ya no podía crecer más como lo había hecho hasta entonces.

No sin pagar un precio que él sabía demasiado alto.

Cuando pidió la reunión, no fue en el salón ceremonial ni en una sala de consejo.

Eligió una estancia sobria, amplia, con planos extendidos sobre mesas de piedra y madera.

Allí no se hablaba de títulos, sino de decisiones.

El emperador llegó solo .

—Dijiste que querías hablar del lago —dijo, después del saludo formal.

Tēcuani asintió y señaló los planos.

—Del lago… y de lo que ocurre cuando fingimos que no existe.

La expansión que no puede esperar Extendió un mapa detallado del lago de Texcoco, con anotaciones precisas: profundidades, corrientes, suelos blandos, zonas firmes, áreas protegidas marcadas con símbolos claros.

—La capital está atrapada —dijo—.

No por enemigos, sino por su propio éxito.

Cada año nacen más personas, llegan más comerciantes, se construyen más casas.

Si seguimos apretando lo existente, el suelo cede.

Siempre cede.

El emperador observó los símbolos.

—Quieres cubrir el lago.

—Quiero crear suelo —corrigió Tēcuani—.

No drenarlo.

No matarlo.

No repetir errores que otros cometerán siglos después.

Señaló amplias zonas del mapa.

—Aquí, aquí y aquí.

Casi todo el lago puede convertirse en suelo artificial reforzado, excepto estas áreas.

Marcó con el dedo las zonas protegidas.

—Reservas naturales.

Hábitat de especies únicas.

El ajolote, peces endémicos, plantas filtradoras.

Esas zonas no se tocan.

Nunca.

El emperador frunció ligeramente el ceño.

—¿Cuánta superficie?

—Suficiente para duplicar la capital sin destruirla.

Y para prepararla para cosas que aún no existen.

No explicó más.

No era necesario.

La obra que durará generaciones Tēcuani cambió de plano.

Aparecieron cortes del suelo, entramados, capas.

—No es una obra rápida —continuó—.

Ni barata.

Y no debe serlo.

Habló con precisión, como alguien que ya había hecho los cálculos demasiadas veces.

—Duración estimada: entre veinte y cincuenta años, dependiendo de condiciones climáticas y ritmo de trabajo.

No se acelera.

No se improvisa.

—¿Mano de obra?

—preguntó el emperador.

—Entre 120,000 y 180,000 trabajadores en distintos momentos.

No todos a la vez.

Constructores profesionales, drenadores, carpinteros, ingenieros de suelo, supervisores ambientales.

La mayoría ya existe.

Los hemos formado durante siglos.

Señaló otra tabla.

—Presupuesto total estimado: 8 millones de Soles de Oro y 120 millones de Lunas de Plata, distribuidos a lo largo de décadas.

El emperador no reaccionó con sorpresa.

Sabía que el Tesoro podía sostenerlo.

—El Estado tiene —continuó Tēcuani— aproximadamente 35 millones de Soles de Oro, 520 millones de Lunas de Plata y cerca de 1,000 toneladas de oro en lingotes.

Este proyecto no vacía el Tesoro.

Lo compromete, sí, pero no lo pone en riesgo.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Siempre que no se robe.

Siempre que no se descuide.

Siempre que se respete el diseño.

No fue una amenaza explícita.

No hacía falta.

Ambos sabían las consecuencias.

El norte y el mar Tēcuani cambió de tema sin transición.

—Mientras la capital se expande, el Imperio no puede quedarse quieto.

Extendió otro mapa, esta vez del continente.

—El norte debe integrarse.

No con prisa, no con violencia innecesaria.

Exploración, rutas, asentamientos.

Antes de que alguien más tenga la idea.

Luego tomó otro mapa.

El Caribe.

—Y el mar.

El emperador levantó la vista.

—Las islas —dijo.

—Exacto.

Son pequeñas.

Fáciles de ocupar.

Imposibles de ignorar.

Quien controla el Caribe controla quién entra y quién sale del continente.

Explicó el plan ya acordado en líneas generales, pero ahora con detalles claros: —Las islas se toman rápido.

Se organizan.

Se convierten en puertos, astilleros, nodos comerciales.

Los lugareños se reasientan gradualmente en el continente para integrarlos.

No se les deja aislados.

—¿Y quién vive en las islas?

—Gente del continente.

Familias completas.

Comerciantes, constructores, maestros, funcionarios.

Ciudades nuevas, no campamentos.

Escuelas, administración, ley imperial.

El Caribe no sería colonia.

Sería puerta.

El peso de no estar siempre Hubo un silencio largo.

El emperador sabía que aún faltaba algo.

Tēcuani se apoyó en la mesa, observando los planos del lago una última vez.

—Todo esto puede hacerse sin mí —dijo finalmente—.

Y debe hacerse así.

El emperador lo miró con atención.

—¿Qué quieres decir?

Tēcuani respiró hondo.

No era una decisión tomada a la ligera.

—He pasado siglos preparando este Imperio para que funcione sin depender de una sola persona.

Si no pruebo eso ahora, nunca lo sabré.

Se enderezó.

—Voy a viajar.

—¿Cuánto tiempo?

—Veinte años.

El emperador abrió la boca para responder, pero Tēcuani levantó una mano.

—No me iré a desaparecer.

Iré a observar, a aprender, a comparar.

Europa.

Asia.

Rutas que ya conocemos y otras que apenas se abren.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, enviaré todo lo que encuentre útil —respondió—.

Libros.

Mapas.

Técnicas.

Animales.

Personas que quieran venir.

Ideas que merezcan probarse.

Todo irá con los mercaderes imperiales que encuentre en el camino.

Se permitió una leve sonrisa.

—El Imperio no se quedará quieto porque yo no esté.

Epílogo Cuando la reunión terminó, el lago seguía allí.

Tranquilo.

Antiguo.

Paciente.

Tēcuani lo observó una vez más antes de retirarse.

Sabía que, cuando regresara, muchas cosas habrían cambiado.

El suelo estaría más firme.

Las islas serían imperiales.

El norte tendría nuevos caminos.

Y aun así, el lago seguiría respirando bajo la ciudad.

Porque esta vez, alguien había decidido construir pensando en siglos, no en aplausos inmediatos.

El tiempo no espera.

Pero se le puede preparar el camino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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