Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL INMORTAL - Capítulo 2

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL INMORTAL
  4. Capítulo 2 - 2 ALDEA
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

2: ALDEA 2: ALDEA El primer problema no fue la guerra.

Tampoco el hambre.

Fue la gente.

Sebastián lo entendió al tercer día de haber despertado en ese cuerpo.

La tribu a la que pertenecía —un asentamiento pequeño, sin nombre relevante— vivía como lo habían hecho siempre: cazando, recolectando, guerreando cuando era necesario y obedeciendo a los ancianos sin cuestionar demasiado.

No eran estúpidos.

Eran prácticos.

Pero estaban atrapados en un ciclo que se repetía generación tras generación.

Y Sebastián no tenía intención de repetirlo.

Durante esos primeros días observó más de lo que habló.

Aprendió el ritmo del lugar: cuándo salían a pescar, quién vigilaba por las noches, qué zonas del lago eran más seguras, qué familias tenían más influencia.

Escuchó discusiones, supersticiones, miedos.

Vio cómo se tomaban decisiones importantes basadas más en tradición que en lógica.

No los despreciaba por ello.

Los comprendía.

Había estudiado sociedades así en libros.

Ahora estaba dentro de una.

El asentamiento estaba mal ubicado.

Demasiado cerca de zonas pantanosas que traían enfermedades, demasiado expuesto a ataques de tribus rivales.

Las chozas eran temporales, construidas para durar pocos años.

Nadie pensaba en el largo plazo, porque casi nadie vivía lo suficiente como para necesitarlo.

Sebastián sí.

Aún no lo sabía, pero su mente ya pensaba en siglos.

Dos cazadores habían regresado con una presa menor de lo esperado.

Los ancianos decidieron repartirla según la costumbre, dejando a varias familias con raciones insuficientes.

Hubo gritos.

Amenazas.

Un cuchillo desenvainado.

Sebastián intervino antes de que la sangre tocara el suelo.

—Esto es estúpido —dijo, sin elevar la voz.

Las miradas se clavaron en él.

No era nadie importante.

Solo un guerrero joven, fuerte, pero sin cargo.

—Si seguimos peleando por lo poco que tenemos —continuó—, nunca tendremos más.

Hubo murmullos.

Algunos se rieron.

Otros fruncieron el ceño.

—¿Y qué propones?

—escupió uno de los ancianos.

Sebastián respiró hondo.

—Moverse.

Silencio.

—No lejos —aclaró—.

Solo mejor.

Eso fue suficiente para iniciar la conversación más larga que la tribu había tenido en años.

Moverse no era una idea nueva.

Pero Sebastián no hablaba de huir.

Hablaba de elegir.

Mostró con piedras y ramas dónde el terreno era más firme, más alto, menos propenso a inundaciones.

Señaló una colina cercana al lago, con acceso al agua pero con visibilidad suficiente para detectar amenazas.

Explicó —con palabras simples— por qué era mejor construir donde el suelo no se tragara las chozas cada temporada de lluvias.

No habló de imperios.

Habló de niños que no enfermarían tanto.

De ancianos que no morirían cada invierno.

De comida que duraría más.

Eso convenció a los que importaban.

El traslado tomó semanas.

Fue lento, pesado, lleno de quejas.

Sebastián trabajó como uno más: cargó madera, cavó zanjas, ayudó a levantar estructuras.

No dio órdenes desde arriba.

Enseñó con el ejemplo.

Cuando alguien se lastimaba, él estaba ahí.

Cuando alguien se rendía, él continuaba.

La gente empezó a mirarlo distinto.

Las chozas no se colocaron al azar.

Se alinearon formando calles estrechas pero claras.

El centro quedó libre para reuniones, intercambios y rituales.

Cerca del agua, pero no demasiado, se establecieron zonas específicas para pesca y lavado, evitando contaminar la fuente principal.

Separó áreas.

—Aquí se duerme.

Aquí se trabaja.

Aquí se habla.

Parecía una tontería.

No lo era.

La enfermedad disminuyó en pocos meses.

Luego vino la agricultura.

Sebastián no inventó nada nuevo.

Solo reorganizó lo que ya existía.

Rotación básica de cultivos, almacenamiento más eficiente, protección contra plagas.

Enseñó a construir graneros elevados, a secar alimentos correctamente, a conservar semillas.

La comida dejó de ser una preocupación diaria.

Eso cambió todo.

Cuando la gente no pasa hambre, empieza a pensar.

La defensa fue el siguiente paso.

Sebastián sabía que una aldea próspera atraía miradas peligrosas.

No esperó al primer ataque.

Organizó turnos de vigilancia, no basados en edad o estatus, sino en capacidad.

Entrenó a los jóvenes con disciplina, no con brutalidad.

Introdujo señales simples: fuego, humo, cuernos.

Nada sofisticado.

Nada mágico.

Pero efectivo.

Cuando la primera tribu rival apareció, esperando una presa fácil, se encontró con algo distinto.

No hubo batalla gloriosa.

Hubo orden.

Los atacantes se retiraron confundidos, heridos, sin entender por qué esa pequeña aldea no se desmoronaba como las demás.

La reputación comenzó a crecer.

Sebastián no se proclamó líder.

Nunca lo hizo.

Pero cuando había una decisión importante, la gente lo miraba.

Cuando surgían conflictos, lo buscaban.

Él aceptó ese rol con cautela.

Introdujo reglas simples, no como mandatos divinos, sino como acuerdos.

—No se mata dentro de la aldea.

—La comida se reparte según necesidad y trabajo.

—Las disputas se resuelven ante todos.

Algunos se resistieron.

No duraron.

No porque los expulsara, sino porque la mayoría ya no quería volver atrás.

La aldea empezó a tener algo peligroso.

Identidad.

Una noche, sentado junto al fuego, Sebastián observó las casas iluminadas, las voces tranquilas, los niños jugando sin miedo.

Sintió algo extraño en el pecho.

Orgullo.

No por poder.

Por permanencia.

—Esto es solo el inicio —pensó.

Aún no había templos.

Aún no había dioses reformados.

Aún no había imperio.

Pero había algo más raro.

Un futuro.

Y Sebastián, sin saberlo todavía, acababa de poner la primera piedra de una historia que duraría miles de años.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo