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EL INMORTAL - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 MEGAPROYECTO Y EUROPA
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20: MEGAPROYECTO Y EUROPA 20: MEGAPROYECTO Y EUROPA No fue una ceremonia.

Tampoco una reunión solemne.

Fue trabajo.

Durante ocho meses completos, Tēcuani se reunió con el jefe del proyecto y noventa y seis supervisores, hombres y mujeres que ya no eran aprendices, sino profesionales formados durante generaciones.

No los llamó para impresionarlos, sino para enseñarles exactamente cómo no cometer errores.

Las reuniones no se hicieron en salones cerrados.

Se realizaron sobre el lago, en plataformas temporales, caminando sobre tablones, señalando con el dedo el agua, el suelo blando, las corrientes invisibles.

—No están rellenando un hueco —les dijo el primer día—.

Están construyendo una estructura que debe seguir viva cuando todos nosotros estemos muertos.

Les mostró los planos del entramado: capas de suelo, drenaje, amortiguación, y en el corazón de todo, las vigas.

—Estas vigas no son decoración ni refuerzo secundario —explicó—.

Son el esqueleto.

No se colocan rectas por capricho.

Se cruzan.

Se encajan.

Se dejan respirar.

Les habló de la fatiga del material, de cómo el suelo debía moverse sin romperse, de por qué una estructura demasiado rígida era más peligrosa que una flexible.

Repitió una y otra vez: —Si intentan ahorrar aquí, el lago cobrará la deuda con intereses.

Luego vino la parte que pocos esperaban.

Tēcuani caminó con ellos hasta los límites marcados con estacas negras.

—Esto no se toca —dijo—.

Ni ahora.

Ni cuando yo no esté.

Ni cuando crean que ya no importa.

Les habló de las zonas protegidas, de las corrientes que alimentaban esos espacios, de las especies que vivían allí.

Nombró al ajolote sin solemnidad, como se nombra a algo que debe existir sin explicaciones.

—Si una especie desaparece porque “estorbaba”, el proyecto fracasa, aunque el suelo no se hunda.

No gritó.

No amenazó.

No hizo falta.

Todos sabían qué significaba ignorar esas instrucciones.

Durante meses, revisó simulaciones, corrigió errores, hizo repetir procesos enteros por detalles que otros habrían pasado por alto.

No enseñó solo el cómo, sino el por qué.

Al final del octavo mes, los supervisores ya no repetían instrucciones: anticipaban problemas.

El último día, Tēcuani los reunió una vez más.

—A partir de ahora —dijo—, esta obra ya no es mía.

Es del Imperio.

Si la cuidan, sostendrá a millones.

Si la traicionan, los enterrará a todos, tarde o temprano.

Luego se marchó.

El puerto estaba despierto antes del amanecer.

No era un puerto improvisado, sino uno que había crecido con intención: muelles amplios, almacenes organizados, astilleros activos incluso a esa hora.

El barco que esperaba a Tēcuani no era el más grande del puerto, pero sí uno de los mejor construidos.

No llevaba estandartes llamativos.

No hacía falta.

Partió sin despedidas públicas.

El viaje fue largo, pero no incierto.

Las rutas ya habían sido probadas por mercaderes imperiales antes que él.

Aun así, Tēcuani pasó gran parte del trayecto observando: vientos, corrientes, cielos nocturnos.

Tomó notas.

Ajustó mapas.

Comparó lo que veía con lo que había leído siglos atrás.

El mar no le resultaba romántico.

Le resultaba útil.

Tras semanas de navegación, la costa europea apareció primero como una línea gris, luego como colinas, luego como torres.

El barco no llegó a una gran capital imperial, sino a un reino europeo bien establecido, con puertos activos y murallas visibles desde el mar.

El contraste fue inmediato.

El puerto era más estrecho.

Más congestionado.

Las construcciones se apretaban unas contra otras, como si el espacio fuera un enemigo constante.

Había movimiento, comercio, ruido… pero también improvisación.

Tēcuani descendió sin llamar la atención.

Vestía lana fina, bien trabajada, pero sin símbolos claros.

No hablaba al principio.

Escuchaba.

El idioma le resultaba familiar, aunque tosco en ciertos giros.

Los mercaderes discutían precios con energía, pero sin la precisión que él estaba acostumbrado a ver.

Había riqueza, sí, pero mal distribuida.

Barcos cargados junto a calles sucias.

Artesanos brillantes trabajando con herramientas gastadas.

—Interesante —murmuró para sí.

Durante los primeros días, no se presentó como nada más que un viajero con interés en el comercio y los libros.

Caminó por mercados, observó talleres, visitó iglesias sin entrar en ellas.

Vio cómo el poder se concentraba en pocas manos y cómo la mayoría vivía pendiente de decisiones que no comprendía.

No juzgó.

Anotó.

El reino tenía fortalezas sólidas, pero mal conectadas.

Caminos de piedra bien hechos… que terminaban abruptamente.

Bibliotecas pequeñas, ricas en algunos textos, pobres en continuidad.

Conocimiento fragmentado.

—Aquí el saber se acumula —pensó—, pero no se ordena.

Esa noche, desde una posada con vista al puerto, observó las luces reflejarse en el agua.

El olor a sal se mezclaba con humo y hierro.

Estaba lejos de casa.

Y, sin embargo, no se sentía fuera de lugar.

Sabía que ese reino —como muchos otros— no tenía idea de con quién acababa de abrir comercio indirecto.

No sabían de la capital lacustre, ni del lago que estaba siendo transformado con paciencia, ni de las vigas enterradas para ciudades que aún no existían.

Y por ahora, eso era exactamente como debía ser.

El viaje había comenzado.

El mundo era grande.

Y Tēcuani tenía veinte años para recorrerlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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