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EL INMORTAL - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 VENECIA l
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21: VENECIA l 21: VENECIA l Venecia no se anunciaba con murallas imponentes ni con torres que dominaran el horizonte.

Se revelaba poco a poco, como si no quisiera ser vista de golpe.

Primero el olor: sal, madera húmeda, algas, humo.

Luego el sonido: agua golpeando cascos, voces superpuestas en idiomas distintos, campanas lejanas que no marcaban horas exactas, sino costumbres.

Tēcuani observó todo desde la borda del barco sin decir una palabra.

Había visto ciudades construidas sobre lagos antes.

Había diseñado una.

Pero esto era distinto.

Venecia no estaba planificada: había sobrevivido.

Cada edificio, cada canal, cada puente parecía una respuesta improvisada a un problema anterior.

No era una ciudad pensada para el futuro, sino una que se defendía del presente todos los días.

El barco avanzó lentamente hasta el muelle asignado.

No hubo ceremonia, ni saludo oficial, ni soldados formados.

Solo funcionarios portuarios revisando cargamentos, mercaderes discutiendo tarifas, escribanos anotando números sin levantar demasiado la vista.

—Aquí todo se mueve por dinero —pensó Tēcuani—.

Incluso el silencio.

Descendió del barco con una pequeña comitiva.

Nada llamativa.

Vestían lana fina, bien trabajada, sin bordados ostentosos.

No llevaban símbolos religiosos ni heráldicos reconocibles.

Eran, a ojos europeos, comerciantes prósperos de origen incierto, y eso bastaba.

Durante los primeros días no hizo negocios importantes.

Caminó.

Cruzó puentes estrechos, observó cómo los edificios parecían apoyarse unos en otros, como ancianos que ya no podían sostenerse solos.

Notó grietas reparadas, pilares reforzados con madera, zonas hundidas lentamente.

Venecia flotaba, sí, pero no por diseño consciente, sino por una combinación de experiencia, terquedad y necesidad.

Entró en mercados donde se vendían especias orientales, telas bizantinas, metales del norte.

Observó precios, pesos, medidas.

Nada estaba estandarizado del todo.

Cada comerciante defendía su sistema como si fuera ley universal.

—Ineficiente —murmuró—, pero flexible.

Eso le gustó.

En las posadas escuchó conversaciones sin intervenir.

Supo pronto qué casas mercantiles dominaban qué rutas, quién debía favores a quién, qué familias competían por contratos navales.

Venecia no era una república en el sentido ideal: era una red de intereses equilibrados por conveniencia.

No tardó en darse cuenta de algo importante: nadie preguntaba demasiado si el negocio era bueno.

Cuando finalmente comenzó a vender, lo hizo con cuidado.

Sacó primero la lana imperial.

No grandes cantidades.

Solo lo suficiente para despertar curiosidad.

Los mercaderes la tocaron, la estiraron, la compararon con la lana local y con la que venía del norte de Europa.

No dijeron nada al principio.

Luego preguntaron precios.

—Es distinta —dijo uno—.

Más suave.

Más resistente.

—Viene de lejos —respondió Tēcuani.

No explicó más.

También mostró herramientas: simples a primera vista, pero con acabados que delataban una herrería más avanzada.

Cuchillos que mantenían el filo, clavos uniformes, pequeñas piezas metálicas pensadas para durar.

No compro libros aún.

Eso vendría después.

Durante ese primer año en Venecia, Tēcuani se dedicó a clasificar la ciudad en su mente.

No como viajero, sino como administrador.

Tomó notas sobre: •el sistema portuario •la falta de planificación urbana •la dependencia absoluta del comercio •la ausencia de una visión estatal a largo plazo Venecia prosperaba, pero no sabía hacia dónde iba.

Por las noches escribía.

Sus cartas no tenían sellos imperiales ni lenguaje grandilocuente.

Eran informes técnicos, enviados con mercaderes imperiales que ya sabían cómo leer entre líneas.

Venecia confirma: comercio activo, navegación costera, conocimiento fragmentado, alto interés en lana y metal, bajo interés en planificación a largo plazo.

Pedía cosas concretas: •más copias de libros para intercambio •instrumentos musicales europeos si aparecían •información sobre astilleros •jóvenes mercaderes dispuestos a quedarse años No pedía oro.

El oro llegaba solo.

Un día, mientras observaba el puerto al atardecer, comprendió algo esencial: Venecia no era un rival.

Tampoco un aliado.

Era un espejo.

Una ciudad que había aprendido a sobrevivir sobre el agua sin entender del todo por qué seguía en pie.

Una civilización brillante en lo inmediato, ciega a lo lejano.

—Si supieras lo que viene… —pensó Tēcuani, mirando cómo el sol se reflejaba en los canales.

Pero no estaba allí para advertir.

Estaba allí para aprender.

Y Venecia aún tenía mucho que mostrarle.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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