EL INMORTAL - Capítulo 22
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22: VENECIA ll 22: VENECIA ll Tēcuani tardó casi un año en comprar su primer libro en Venecia.
No porque no los hubiera.
Había libros por todas partes: en monasterios, en casas privadas, en talleres de escribanos, incluso en manos de mercaderes que no sabían leer del todo pero entendían perfectamente cuánto valía un volumen bien encuadernado.
El problema no era la escasez, sino la fragmentación.
En Venecia, el conocimiento no estaba reunido.
Estaba disperso, celosamente guardado, vendido en partes.
Tēcuani comenzó visitando a los escribanos.
No como cliente importante, sino como curioso con dinero suficiente para no ser ignorado.
Observó la calidad de las copias, los errores repetidos, las interpolaciones hechas por escribas que no entendían del todo lo que copiaban.
—Aquí no copian para preservar —pensó—.
Copian para vender.
No lo decía con desprecio, sino con precisión.
Fue en una casa mercantil menor donde adquirió el primer volumen: un tratado de navegación copiado varias veces, con márgenes llenos de notas contradictorias.
Lo pagó sin regatear.
El mercader sonrió demasiado.
A partir de ahí, la puerta se abrió.
Empezaron a ofrecerle más: mapas incompletos del Mediterráneo, crónicas romanas tardías, traducciones latinas de textos griegos, fragmentos árabes sobre astronomía y matemáticas.
Nada estaba completo.
Todo parecía un rompecabezas al que le faltaban piezas.
Y eso, para Tēcuani, era oro.
Cada libro adquirido era revisado esa misma noche.
Anotaba: •qué partes eran fiables •qué partes estaban corrompidas •qué ideas eran originales •cuáles eran repeticiones mal entendidas Comprendió algo importante: Europa no había perdido el conocimiento antiguo.
Lo había desordenado.
No tardó en buscar cartógrafos.
Venecia estaba llena de ellos.
Algunos buenos, otros imaginativos, muchos orgullosos de mapas que mezclaban costas reales con monstruos marinos y rumores de viajeros.
Tēcuani compró mapas sin corregirlos, sin discutir.
—¿Has visto estas tierras?
—preguntaban a veces.
—No —respondía siempre—.
Pero quiero saber cómo las imaginan.
Eso desarmaba cualquier interrogatorio.
Los mapas eran enviados al Imperio junto con notas detalladas: “Este mapa no es preciso, pero revela rutas mentales.” “Este otro copia fuentes árabes, errores incluidos.” El valor no estaba solo en la geografía, sino en la forma de pensar europea.
Con el tiempo, algunos mercaderes empezaron a notar que Tēcuani compraba cosas que otros ignoraban: libros incompletos, pergaminos dañados, copias antiguas que nadie quería restaurar.
—¿Para qué quieres esto?
—preguntó un escribano una vez, señalando un volumen casi ilegible.
—Porque alguien se molestó en escribirlo —respondió—.
Eso ya tiene valor.
El escribano no entendió, pero aceptó el pago.
Mientras tanto, los envíos al Imperio aumentaban.
No en cantidad, sino en importancia.
Los libros viajaban protegidos, copiados cuando era posible, acompañados de explicaciones sobre su contexto y utilidad.
Tēcuani pedía de vuelta cosas muy específicas: •traducciones comparadas •análisis matemáticos •correcciones cartográficas •evaluación de técnicas europeas No quería que el Imperio adoptara nada a ciegas.
Quería comparar.
Durante su segundo año en Venecia, empezó a notar algo distinto: algunos hombres lo observaban más de la cuenta.
No espías formales.
Curiosos profesionales.
Venecia estaba acostumbrada a comerciantes ricos, pero no a comerciantes que compraban conocimiento sin venderlo de inmediato.
Eso rompía la lógica local.
—Dicen que no necesitas crédito —le comentó una vez un intermediario—.
Que siempre pagas.
—Eso ahorra tiempo —respondió Tēcuani.
No mentía.
Una tarde visitó un pequeño monasterio en las afueras, donde se conservaban textos antiguos que las casas mercantiles no podían tocar directamente.
Allí encontró algo distinto: paciencia.
Los monjes copiaban lento, pero con cuidado.
Sus textos tenían menos errores, aunque menos anotaciones.
Compró copias, no originales, respetando las reglas del lugar.
Esa noche escribió al Imperio: Europa conserva más de lo que cree, pero no sabe cómo unirlo.
Sus libros no están perdidos, están dispersos.
Pidió más copistas especializados.
Pidió más traductores.
Pidió tiempo.
Venecia no era un lugar para actuar rápido.
Era un lugar para acumular sin levantar polvo.
Cuando cerró su tercer año en la ciudad, Tēcuani comprendió que ya no estaba solo observando Europa.
Estaba construyendo, sin que nadie lo supiera, un puente invisible entre dos mundos.
Y Venecia, orgullosa y distraída, no se daba cuenta de que estaba entregando algo mucho más valioso que oro.
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