EL INMORTAL - Capítulo 23
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23: VENECIA lll 23: VENECIA lll El espionaje en Venecia no tenía capas ni sombras.
No había hombres ocultos en callejones, ni escribanos secretos al servicio de algún consejo invisible.
El espionaje veneciano era burdo, directo y, sobre todo, mercantil.
Si alguien destacaba, se le observaba.
No para juzgarlo, sino para calcularlo.
Tēcuani tardó poco en darse cuenta de que lo estaban siguiendo.
No siempre los mismos hombres, ni de la misma manera.
A veces era un joven que parecía demasiado interesado en sus compras; otras, un mercader que repetía encuentros “casuales”; en ocasiones, simples preguntas que se hacían dos veces con palabras distintas.
Nada agresivo.
Nada urgente.
Nada peligroso.
Solo querían saber tres cosas: —¿Compra mucho?
—¿Paga siempre?
—¿Compite con nosotros?
Las dos primeras respuestas fueron evidentes desde el inicio.
La tercera tardó un poco más en resolverse.
Durante meses, los mercaderes venecianos observaron cómo Tēcuani compraba sin intentar controlar rutas, sin acaparar mercancías clave, sin intervenir en disputas entre casas.
No ofrecía préstamos.
No imponía condiciones.
No pedía exclusividad.
Compraba.
Pagaba.
Y se iba.
Eso los descolocó más que cualquier secreto.
—No intenta quedarse con el puerto —dijo uno de ellos en una reunión privada.
—Ni con los astilleros —añadió otro.
—Ni con los escribanos.
—Entonces no es un problema —concluyeron.
Y así, sin ceremonia, lo dejaron de vigilar.
A partir de ese momento, Tēcuani se volvió irrelevante para ellos… y por eso mismo, completamente libre.
Con esa tranquilidad, profundizó su estudio de los astilleros venecianos.
Pasó semanas observando cómo se construían los barcos desde la quilla hasta el mástil.
Tomó nota de la selección de maderas, del tiempo de curado, de la lógica detrás de cada refuerzo.
Venecia no usaba cálculos escritos.
Usaba memoria colectiva.
—Funciona porque no ha cambiado —anotó—.
Pero cuando cambie, colapsará.
Compró modelos desmontables, secciones completas de cascos, timones, poleas, sistemas de anclaje.
Todo viajaba al Imperio en cargamentos escalonados, acompañados de informes técnicos donde señalaba ventajas y límites.
Hizo lo mismo con los instrumentos de navegación.
Astrolabios imperfectos, brújulas inconsistentes, tablas copiadas con errores acumulados durante generaciones.
No los despreciaba.
Los analizaba.
—Navegan por experiencia, no por precisión —escribió—.
—Eso los hace buenos en rutas conocidas y ciegos fuera de ellas.
También adquirió carretas europeas.
No eran superiores a las imperiales, pero eran más cómodas para viajes largos.
Suspensiones simples, diseños pensados para caminos irregulares, para jornadas extensas.
Sabía que en el Imperio serían útiles para comerciantes y funcionarios.
Mientras todo eso ocurría, la vida privada del grupo se reorganizó de forma definitiva.
El nacimiento del hijo de Eadgyth marcó un punto de inflexión.
El parto ocurrió sin incidentes, atendido por médicos locales bien pagados y discretos.
Venecia no preguntó.
No le importaba.
Una familia más en una ciudad llena de familias extranjeras.
A partir de entonces, los días se volvieron más estructurados.
Las salidas más cortas.
Las reuniones más espaciadas.
No por miedo, sino por prioridad.
El niño crecía rodeado de un idioma que no era el suyo y de calles que nunca serían su hogar definitivo.
Tēcuani lo observaba dormir algunas noches y pensaba en el tiempo de otra forma.
No como algo que él pudiera acumular indefinidamente, sino como algo que otros no tenían.
Las compras continuaron: instrumentos musicales europeos, no por su sonido, sino por su construcción; textiles, no por su belleza, sino por su comodidad; objetos cotidianos, no por su rareza, sino por su uso.
Todo tenía un destino claro.
Los mercaderes imperiales seguían entrando y saliendo de Venecia sin levantar sospechas.
Ya no eran observados.
Eran parte del flujo normal del puerto.
Tēcuani se reunía con ellos en privado, daba instrucciones precisas, corregía prioridades.
—Esto sí.
—Esto no.
—Esto copien antes de moverlo.
—Esto no vale el peso del transporte.
Nunca hablaba del Imperio como potencia.
Solo como cliente constante.
Venecia aceptaba eso sin problema.
Con el tiempo, Tēcuani entendió la verdadera naturaleza de la ciudad: no era ingenua, ni tonta, ni ciega.
Simplemente había decidido que entender demasiado era un riesgo innecesario.
Mientras el comercio fluyera, no hacía falta saber más.
Una noche, caminando junto a un canal tranquilo, pensó que Venecia era una ciudad construida sobre acuerdos silenciosos.
No sobre leyes eternas ni visiones futuras, sino sobre la decisión colectiva de no romper lo que funcionaba.
—Eso te hace fuerte hoy —pensó—.
—Pero mañana… No terminó la frase.
Aún quedaba un capítulo más en Venecia.
No para aprender técnicas, sino para comprender cómo pensaba una república sin emperador.
Ese sería el cierre.
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