EL INMORTAL - Capítulo 24
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
24: VENECIA Vl 24: VENECIA Vl Tēcuani tardó más de lo esperado en comprender Venecia, no porque fuera compleja, sino porque era radicalmente distinta a cualquier estructura de poder que conociera.
No había un emperador.
No había un rey visible.
No había una voz única que pudiera señalarse como responsable de todo.
Y, aun así, la ciudad funcionaba.
Durante los últimos años de su estancia, dejó de concentrarse en talleres y mercados y comenzó a observar las decisiones.
Quién las tomaba, cómo se justificaban, a quién beneficiaban realmente.
Venecia no gobernaba desde la ley escrita, sino desde la costumbre mercantil.
Las casas más poderosas no imponían su voluntad con soldados, sino con contratos.
No necesitaban eliminar a sus rivales; bastaba con dejarlos fuera de las rutas correctas.
El castigo no era la muerte, sino la irrelevancia.
—Aquí el poder no cae —pensó—.
Se seca.
Asistió como observador a reuniones donde no estaba invitado formalmente, pero donde su presencia era tolerada porque no hablaba.
Escuchó discusiones sobre puertos lejanos, sobre tasas, sobre guerras que no querían librar pero financiarían si el resultado era rentable.
Nadie hablaba de gloria.
Nadie hablaba de destino.
Todo era cálculo.
Comprendió entonces que Venecia no pensaba en siglos.
Pensaba en balances.
Año con año, ruta con ruta.
Si una decisión funcionaba, se repetía.
Si no, se abandonaba sin nostalgia.
Eso la hacía resistente… y frágil al mismo tiempo.
Tēcuani anotó esa contradicción con cuidado.
Sabía que en el Imperio, una estructura así solo podría existir si estuviera contenida por algo más grande.
Venecia no necesitaba emperador porque su mundo era pequeño y conocido.
En cuanto ese mundo creciera, su sistema mostraría grietas.
La vida familiar continuaba con una calma extraña en medio de la ciudad flotante.
El niño crecía sano, rodeado de lenguas distintas, pero protegido del ruido político.
Xōchitl observaba la ciudad con distancia, como si ya supiera que nunca sería hogar.
Lucia, más curiosa, entendía mejor a los mercaderes y sus juegos de poder.
Eadgyth, recuperada del parto, había retomado su rutina con serenidad.
Tēcuani las observaba a todas y pensaba que Venecia, pese a su riqueza, no era lugar para criar a nadie que perteneciera a algo más grande.
Durante ese último periodo, redujo gradualmente sus compras.
No de golpe, para no levantar preguntas, sino con la misma lógica con la que había entrado: despacio.
Algunos mercaderes lo notaron, pero no reaccionaron.
Para ellos, los clientes iban y venían.
—Volverá —decían—.
Siempre vuelven.
No sabían que, para Tēcuani, Venecia ya había entregado todo lo que podía.
Los últimos envíos al Imperio fueron distintos.
Menos objetos, más análisis.
Más notas sobre estructuras de poder, sobre cómo una república mercantil podía sostenerse sin una figura central y qué precio pagaba por ello.
En sus mensajes, no había admiración ni desprecio.
Solo evaluación.
Venecia funciona mientras el mundo no cambie demasiado.
No se prepara para lo que no conoce.
Esa fue la conclusión final.
Una tarde, caminando por un puente estrecho, observó cómo dos mercaderes discutían con cortesía afilada.
Sonreían mientras se atacaban con cifras.
Nadie levantó la voz.
Nadie perdió la compostura.
—Así gobiernan aquí —pensó—.
—Y así caerán cuando el cálculo ya no alcance.
No había urgencia en su partida.
Tampoco drama.
Venecia no exigía despedidas y él no las ofrecía.
Solo empezó a cerrar contratos, a liquidar cuentas, a vender lo que no valía la pena transportar.
El círculo mercantil que lo había observado años atrás ya no pensaba en él.
Era, de nuevo, un cliente más que se marchaba.
Eso confirmaba todo lo que había aprendido.
Venecia no recordaba.
Venecia contabilizaba.
La última noche, desde la ventana de la residencia alquilada, observó los canales en silencio.
La ciudad seguía flotando, como siempre, sostenida por acuerdos que nadie escribía y todos respetaban.
—Eres inteligente —pensó—.
—Pero no eterna.
Sabía que al día siguiente comenzaría otra etapa.
Otro país.
Otra estructura.
Otro espejo en el que observar al mundo y a sí mismo.
Venecia quedaba atrás, no como un error ni como un fracaso, sino como una lección completa.
Había aprendido lo que necesitaba.
Y ahora, el viaje debía continuar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com