EL INMORTAL - Capítulo 25
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25: CORDOBA l 25: CORDOBA l Al-Ándalus (Península Ibérica) Ciudad principal: Córdoba Año: 1043 d.C.
/ Año 993 del Sol Córdoba siendo: •uno de los mayores centros urbanos de Europa •foco de conocimiento, bibliotecas y traducciones •nodo entre mundo islámico, cristiano y mediterráneo Hay: •médicos avanzados •matemáticos •astrónomos •bibliotecas reales •Comercio intenso, pero más intelectual que Venecia Es el lugar ideal después de una república mercantil.
Córdoba no necesitaba anunciarse.
No hubo un momento preciso en el que Tēcuani pudiera decir “aquí empieza otra civilización”.
La ciudad se insinuó antes de mostrarse: en los caminos mejor mantenidos, en los campos irrigados con una lógica clara, en la cantidad de viajeros que entraban y salían sin prisa, como si supieran que siempre habría un lugar al que regresar.
Después de Venecia, el cambio fue inmediato.
Aquí no dominaba el sonido del comercio constante ni el olor a sal y madera húmeda.
Córdoba olía a papel, a tinta, a aceite, a hierbas secas.
El murmullo de la ciudad no era de regateo, sino de conversación.
De discusión.
De estudio.
-Aquí el conocimiento no se esconde -pensó Tēcuani al cruzar una de las puertas-.
-Se muestra.
No llegó como emisario ni como noble.
Llegó como lo había hecho siempre: un viajero con recursos, acompañado de su familia y de una pequeña comitiva, interesado en aprender, comprar y observar.
Córdoba estaba acostumbrada a eso.
Desde hacía generaciones, recibía hombres de todas partes: del norte cristiano, del sur islámico, del este mediterráneo.
Nadie preguntó demasiado.
La ciudad estaba organizada de una forma que llamó de inmediato la atención de Tēcuani.
No era solo grande; era funcional.
Los barrios tenían propósito.
Los mercados no se superponían caóticamente.
Las bibliotecas no eran anexos religiosos marginales, sino instituciones respetadas.
Entró en una de ellas en silencio, como solía hacer.
No era una biblioteca imperial, pero para los estándares europeos era impresionante.
Estanterías ordenadas, copistas trabajando a plena luz del día, lectores sentados sin ser interrumpidos.
Los libros no estaban encadenados por miedo al robo, sino protegidos por normas claras.
-Aquí confían en el valor del conocimiento -pensó-, no solo en su rareza.
Pronto comprendió que Córdoba no solo conservaba textos antiguos: los estudiaba.
Matemáticos, astrónomos, médicos…
no repetían sin entender.
Discutían.
Corregían.
Avanzaban.
Eso lo obligó a ser más cuidadoso.
En Venecia podía comprar sin explicar.
En Córdoba, comprar implicaba conversación.
Y la conversación implicaba revelar hasta dónde llegaba su comprensión.
Tēcuani eligió escuchar.
Durante semanas visitó médicos y boticarios.
Observó cómo combinaban tradición grecorromana con observación empírica.
Cómo registraban síntomas.
Cómo diferenciaban superstición de práctica útil.
No era ciencia moderna, pero era progreso acumulado.
Fue allí donde Lucia comenzó a sentir que el viaje entraba en otra fase.
El cansancio era distinto.
Más profundo.
Los médicos lo notaron antes que nadie.
No hubo dramatismo ni misterio.
Solo diagnóstico claro.
-Es tiempo -le dijeron.
El parto ocurrió en una casa tranquila, atendido por médicos experimentados.
Tēcuani observó con atención, no como gobernante ni como viajero, sino como hombre que había visto demasiadas vidas comenzar y terminar.
Lucia dio a luz sin complicaciones.
El niño nació fuerte, con el llanto firme de quien llega a un mundo que no entiende pero reclama.
Córdoba no se detuvo por ello.
La ciudad siguió su ritmo, como debía ser.
Para ella, un nacimiento era parte del orden natural, no un presagio ni un evento político.
Para Tēcuani, era una marca más en la línea del tiempo.
Dos hijos habían nacido lejos del Imperio.
Dos futuros que crecerían con recuerdos de caminos, idiomas distintos, ciudades ajenas.
Pensó en lo que eso significaría más adelante y tomó nota mental de algo importante: el viaje no solo estaba recolectando conocimiento; estaba creando una generación distinta.
Mientras Lucia se recuperaba, Tēcuani redujo su actividad pública, pero no detuvo su trabajo.
Recibía libros, los revisaba, los comparaba con los que ya había enviado al Imperio.
Aquí encontró textos mejor conservados, traducciones más fieles, discusiones más profundas.
Compró tratados de: •matemáticas •astronomía •medicina •filosofía natural No originales irreemplazables.
Copias de alta calidad, hechas para circular.
Las envió al Imperio con instrucciones claras: comparar, traducir, integrar solo lo útil.
También pidió algo distinto a los mercaderes imperiales que pasaban por Córdoba: personas.
No esclavos.
No sirvientes.
Estudiosos dispuestos a viajar.
Copistas jóvenes.
Médicos curiosos.
Algunos aceptarían.
Otros no.
Pero la semilla estaba plantada.
Durante ese tiempo, observó también el equilibrio político de Al-Ándalus.
Córdoba no era una república como Venecia ni un imperio centralizado como el suyo.
Era una estructura compleja, sostenida por religión, conocimiento y administración.
Funcionaba…
pero dependía demasiado de su centro.
-Cuando este equilibrio se rompa -pensó-, lo hará rápido.
No era juicio.
Era cálculo.
Una tarde, caminando por un patio lleno de naranjos, sostuvo a su hijo recién nacido y pensó en el Imperio, en la capital rodeada por el lago, en la obra gigantesca que continuaba sin él.
Sabía que los supervisores seguirían las instrucciones.
Sabía que el proyecto avanzaría.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintió urgencia.
Había hecho lo necesario antes de partir.
Ahora, su tarea era observar el mundo tal como era.
Córdoba había abierto una puerta distinta.
No al comercio puro.
No al poder inmediato.
Sino al saber organizado Y Tēcuani supo que los siguientes años del viaje serían más peligrosos, no por amenazas externas, sino porque cada ciudad que visitara le mostraría lo que el Imperio podía llegar a ser…
o evitar convertirse.
El viaje apenas entraba en su fase más profunda.
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