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EL INMORTAL - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 CORDOBA ll
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26: CORDOBA ll 26: CORDOBA ll Córdoba no dormía del todo nunca.

Incluso de noche, cuando las calles se vaciaban y los patios quedaban en silencio, había luz en ciertos edificios.

No antorchas descuidadas ni velas gastadas por la rutina, sino lámparas bien colocadas sobre mesas de estudio.

Allí, hombres y mujeres inclinaban la cabeza sobre pergaminos mientras el mundo descansaba.

Tēcuani lo notó pronto: en Córdoba, la noche también era tiempo útil.

Durante los meses posteriores al nacimiento del hijo de Lucia, la ciudad se volvió menos ajena.

No porque él se integrara del todo, sino porque había aprendido a moverse dentro de sus ritmos.

Sabía cuándo hablar y cuándo callar.

Cuándo preguntar y cuándo escuchar.

Si Venecia comerciaba con todo, Córdoba discutía todo.

Asistió a debates que habrían sido impensables en otras partes de Europa.

Matemáticos corrigiendo a médicos.

Astrónomos contradiciendo a filósofos.

Nadie levantaba la voz; la autoridad no venía del cargo, sino del argumento mejor construido.

Eso le recordó al Imperio…

y también le mostró una diferencia clave.

En Córdoba, el conocimiento estaba vivo, pero fragmentado por escuelas.

Cada maestro defendía su tradición.

Cada biblioteca tenía su enfoque.

No existía una estructura que uniera todo bajo una visión común.

-Avanzan -pensó-, pero cada uno empuja en su propia dirección.

Uno de los primeros lugares que visitó con regularidad fue el observatorio.

No era monumental, pero estaba bien situado.

Instrumentos sencillos, bien cuidados.

Registros constantes del movimiento de las estrellas, de los ciclos lunares, de los cambios estacionales.

Tēcuani pasó noches enteras allí, no enseñando, sino comparando.

Las tablas astronómicas cordobesas eran buenas.

Muy buenas para su época.

Pero aún dependían de modelos heredados, con correcciones locales acumuladas durante generaciones.

-Miran al cielo -anotó-, pero no lo miden del todo.

No corrigió a nadie.

No hacía falta.

Compró copias de los registros, pidió traducciones cuidadosas y las envió al Imperio junto con instrucciones claras: contrastar con el Calendario del Sol, ajustar sin imponer.

Sabía que imponer conocimiento era tan peligroso como ocultarlo.

En el ámbito de la medicina, Córdoba lo impresionó aún más.

Los médicos no se limitaban a repetir recetas antiguas.

Observaban.

Registraban.

Comparaban síntomas.

Algunos incluso aceptaban que no sabían algo y volvían a estudiar.

Eso, para Tēcuani, era señal de una civilización sana.

Envió al Imperio listas completas de hierbas utilizadas, métodos de preparación, tratamientos observados.

No todo era útil, pero mucho lo era.

Sabía que, combinado con la organización sanitaria imperial, ese conocimiento podría salvar miles de vidas en el futuro.

Mientras tanto, la vida familiar continuaba.

El hijo de Lucia crecía con rapidez, rodeado de un ambiente tranquilo.

Xōchitl pasaba largas horas en patios silenciosos, observando cómo la ciudad equilibraba religión y estudio sin convertirlos en enemigos.

Eadgyth, con más experiencia ahora, ayudaba a Lucia en su recuperación, como si el viaje hubiera creado entre ellas una complicidad distinta.

Tēcuani observaba ese equilibrio con atención.

Tres mujeres, tres culturas, un mismo camino.

Córdoba, a diferencia de Venecia, sí hacía preguntas.

Pero eran preguntas intelectuales, no políticas.

Nadie le preguntó de dónde venía exactamente.

Querían saber qué había leído, qué había visto, cómo comparaba ciertas ideas.

Y eso lo obligó a ser preciso.

-He visto lugares donde el conocimiento se guarda para controlar -respondía a veces-.

-Y otros donde se comparte sin estructura.

-Ambos fallan, solo de formas distintas.

Esas respuestas despertaban interés, no sospecha.

Durante ese segundo año en Córdoba, Tēcuani pidió algo más a los mercaderes imperiales: no solo libros y personas, sino copistas especializados en lenguas.

Árabe, latín, griego.

No para traducir de inmediato, sino para formar equipos que pudieran trabajar durante décadas.

Sabía que la biblioteca central del Imperio crecería hasta límites que Europa no imaginaba, y necesitaba preparar ese futuro con cuidado.

Córdoba era un nodo ideal para eso.

Aun así, Tēcuani percibió una fragilidad bajo la superficie.

La ciudad dependía demasiado de su estatus actual.

Demasiado de su prestigio.

Demasiado de la estabilidad política que no controlaba del todo.

-Si el poder cambia -pensó-, el conocimiento aquí se dispersará.

No era una amenaza.

Era una previsión.

Por eso, antes de que eso ocurriera, se aseguró de que copias -nunca originales- viajaran al Imperio.

No para robar el saber de Córdoba, sino para preservarlo cuando el mundo cambiara.

Una noche, mientras observaba el cielo junto a un astrónomo local, sostuvo a uno de sus hijos y pensó en la ironía del momento: un niño nacido lejos de casa, bajo estrellas que otros intentaban comprender, mientras un Imperio entero seguía creciendo al otro lado del mundo.

-El viaje vale la pena -pensó-.

No por lo que traigo.

Sino por lo que evito que se pierda.

Córdoba no sería eterna.

Pero su conocimiento, copiado y ordenado, sí podría serlo.

Y cuando dejó el observatorio aquella noche, supo que aún quedaban varios capítulos en esa tierra.

No todos serían tranquilos.

No todos serían fáciles.

Pero todos serían necesarios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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