EL INMORTAL - Capítulo 28
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28: CORDOBA Vl 28: CORDOBA Vl Enero de 1045 d.C.
/ Año 995 del Sol El invierno no había terminado cuando Córdoba cambió de ritmo.
No fue un anuncio público ni una señal visible en las calles.
Fue una suma de detalles: conversaciones que se cortaban antes de tiempo, miradas más largas de lo habitual, discusiones teológicas que ya no se resolvían con argumentos sino con autoridad.
Tēcuani lo percibió con la misma claridad con la que un agricultor siente un cambio en el viento.
La ciudad seguía siendo brillante, pero estaba tensa.
En ese clima nació el hijo de Xōchitl.
El parto ocurrió en los primeros días de enero, en la misma residencia donde la familia había pasado los últimos inviernos.
No hubo prisa ni improvisación.
Los médicos que atendieron a Xōchitl eran los mismos que habían asistido a Lucia un año antes, hombres y mujeres de manos firmes y palabras escasas.
El niño nació sano, y con él se cerró un ciclo que había comenzado mucho antes, al cruzar el mar.
Tres hijos.
Tres nacimientos lejos del Imperio.
Dos de ellos en Córdoba.
Tēcuani sostuvo al recién nacido en silencio y comprendió algo que no había querido aceptar del todo hasta ese momento: el viaje ya no era solo una empresa intelectual.
Era una responsabilidad.
Cada año adicional lejos del continente debía justificarse no por curiosidad, sino por necesidad real.
Esa comprensión lo volvió más selectivo.
Durante los meses siguientes, mientras el invierno daba paso a una primavera incierta, Tēcuani redujo su actividad pública y se concentró en una tarea distinta: decidir qué no llevarse.
No todo conocimiento merecía cruzar el mar.
Había textos brillantes en Córdoba que estaban tan profundamente ligados a su contexto religioso y político que perderían sentido fuera de él.
Tratados cuya utilidad dependía de una cosmovisión específica, debates que no aportaban soluciones prácticas, métodos educativos que formaban eruditos pero no ciudadanos.
Esos libros los dejó.
No por desprecio, sino por respeto.
Sabía que el Imperio no necesitaba importar conflictos ajenos ni debates que no llevaran a mejoras tangibles.
El criterio era claro: si no podía traducirse en bienestar, estabilidad o conocimiento verificable, no valía el espacio ni el peso del transporte.
También descartó ciertos métodos administrativos locales.
Córdoba funcionaba porque su élite intelectual aún sostenía el equilibrio, pero Tēcuani veía grietas: demasiada dependencia de figuras concretas, poca previsión para la sucesión, exceso de autoridad concentrada en discursos religiosos que variaban con el clima político.
—Esto no sobrevivirá a un cambio brusco —pensó—.
—Y el Imperio no puede permitirse fragilidades así.
La selección fue meticulosa.
Cada envío al continente llevaba menos volumen, pero más intención.
Planos mejorados, herramientas refinadas, libros prácticos, tratados médicos y matemáticos que resistirían cualquier traducción cultural.
Mientras tanto, la ciudad seguía su propio curso.
Las discusiones entre escuelas de pensamiento se volvieron más duras.
Algunos maestros empezaron a hablar con cautela; otros, con una convicción que rozaba la rigidez.
No había violencia abierta, pero sí límites que antes no existían.
Tēcuani no intervino.
No era su papel.
—Los lugares cambian —pensó—.
—El conocimiento que vale la pena, no debería depender de eso.
La familia, por su parte, se replegó hacia una vida más íntima.
El hijo mayor ya preguntaba por el mundo con la curiosidad propia de su edad.
El segundo observaba todo con una atención silenciosa.
El recién nacido dormía largas horas, ajeno a la tensión que recorría la ciudad.
Xōchitl se recuperó rápido.
Había una serenidad nueva en ella, una calma que no venía del descanso, sino de la certeza.
Sabía que Córdoba había cumplido su papel en el viaje.
Sabía que el siguiente paso estaba cerca.
En conversaciones nocturnas, Tēcuani empezó a hablar de rutas, no de ideas.
De puertos, no de bibliotecas.
De tiempos de viaje y estaciones favorables.
Las decisiones ya no eran hipotéticas.
Córdoba había dado todo lo que podía dar sin empezar a repetir.
En los últimos meses de estancia, Tēcuani hizo algo que rara vez hacía: cerró puertas.
Canceló compras futuras, desvió mercaderes imperiales hacia otros puntos, dejó instrucciones claras para que las redes creadas allí se mantuvieran pasivas, no expansivas.
—Lo que ya tenemos es suficiente —dijo a uno de los intermediarios—.
—No provoques curiosidad innecesaria.
El Imperio no necesitaba ser recordado en Córdoba.
Una tarde, caminando por un patio que había visitado cientos de veces, Tēcuani comprendió que el verdadero valor de la ciudad no había sido su brillo intelectual, sino haberle enseñado algo más sutil: saber cuándo detenerse.
No todo progreso viene de añadir.
Algunos vienen de elegir no cargar con más.
Al cerrar el invierno de 1045, con tres hijos y años de conocimiento ya enviados al continente, Tēcuani tomó la decisión definitiva.
Córdoba quedaría atrás.
No como un error ni como una decepción, sino como un pilar del viaje.
Había aprendido lo necesario.
Había protegido lo que importaba.
Y había dejado atrás lo que no debía acompañarlo.
El siguiente destino lo esperaba.
No sería tan brillante.
No sería tan ordenado.
Pero revelaría otra faceta del mundo que el Imperio aún necesitaba comprender.
El viaje continuaba.
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