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EL INMORTAL - Capítulo 30

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30: FRANCIA l 30: FRANCIA l Verano de 1045 d.C.

/ Año 995 del Sol Francia no se entendía desde las ciudades.

Eso fue lo primero que Tēcuani comprendió al cruzar definitivamente sus rutas interiores.

A diferencia de Córdoba, donde el poder se concentraba en el saber y la administración urbana, aquí el mundo se organizaba desde la tierra.

Campos, aldeas, fortalezas de piedra y caminos que no pertenecían a nadie y a todos al mismo tiempo.

El viaje se volvió más lento.

No por falta de caminos, sino porque cada tramo parecía tener dueño.

Un puente implicaba permiso.

Un vado, pago.

Una posada, lealtades invisibles.

Nada era central; todo era local.

El poder no fluía: se acumulaba en puntos fijos.

Castillos.

Tēcuani los observó con atención.

No eran grandes por sí mismos, pero estaban bien situados.

Elevaciones naturales, ríos cercanos, tierras fértiles alrededor.

No eran símbolos; eran anclas.

Desde ellos, un señor feudal ejercía autoridad directa sobre todo lo que alcanzaba a ver.

—Aquí no gobierna la ley —pensó—.

—Gobierna la costumbre… y la espada.

La familia se alojó en dominios menores, evitando los centros más visibles.

No buscaban audiencia ni reconocimiento.

Francia no era lugar para llamar la atención sin respaldo político.

Aquí, un extranjero interesante despertaba curiosidad; un extranjero demasiado capaz despertaba sospecha.

Eso marcó el tono del capítulo.

A diferencia de Córdoba, donde el conocimiento se ofrecía a quien pudiera entenderlo, en Francia el saber estaba encerrado.

No en bibliotecas abiertas, sino en monasterios, archivos privados, talleres heredados.

El aprendizaje no era un derecho: era un privilegio.

Tēcuani no intentó romper esa lógica de frente.

Observó cómo funcionaban los feudos: el intercambio de protección por trabajo, la rigidez social, la importancia del linaje.

Vio campesinos atados a la tierra, no como esclavos, pero tampoco libres.

Vio señores locales que ejercían justicia con criterios variables, más prácticos que justos.

—Esto es estable —admitió—.

—Pero solo mientras nadie mueva demasiado las piezas.

Lo que más le llamó la atención no fue la desigualdad —eso existía en todas partes—, sino la fragmentación.

Cada señor defendía su territorio como un mundo completo.

No había una visión amplia.

No había planificación a largo plazo más allá de la siguiente cosecha o la próxima guerra local.

Eso explicaba muchas cosas.

Durante ese verano, Tēcuani se centró en entender la lógica del poder territorial.

No compró libros en grandes cantidades como en Córdoba.

Aquí los textos importantes eran escasos y estaban celosamente guardados.

En lugar de eso, observó contratos, juramentos, herencias, disputas por límites de tierra.

Aprendió más escuchando conversaciones que leyendo pergaminos.

La arquitectura militar también le resultó reveladora.

Los castillos franceses no eran refinados, pero sí prácticos.

Muros gruesos, accesos limitados, posiciones dominantes.

No estaban pensados para resistir ejércitos enormes, sino conflictos constantes y pequeños.

Tēcuani tomó nota mental de algo importante: estas fortalezas no buscaban invencibilidad, buscaban disuasión suficiente.

No todo era atraso.

En talleres discretos encontró herramientas bien hechas, fruto de tradición más que de teoría.

Herreros que no sabían explicar por qué algo funcionaba, pero sabían que funcionaba.

Técnicas transmitidas sin libros, solo por repetición.

Eso le interesó mucho.

—El conocimiento práctico sin teoría —pensó—.

—Peligroso si se estanca… poderoso si se integra.

Adquirió algunas herramientas y métodos de trabajo de forma legítima, siempre pagando bien.

No preguntó demasiado.

En Francia, preguntar era una forma de exponerse.

La familia sintió el cambio con claridad.

Menos patios abiertos, más espacios cerrados.

Menos conversación espontánea, más miradas evaluadoras.

Los niños, aún pequeños, percibían la diferencia sin entenderla del todo.

Tēcuani fue más cauteloso que nunca.

No envió grandes cargamentos al Imperio ese primer año.

Francia no era lugar para movimientos visibles.

En su lugar, envió informes, no objetos.

Descripciones del sistema feudal, de la dependencia de la tierra, de la fragmentación del poder.

Ese conocimiento era más valioso que cualquier plano.

“Europa occidental se sostiene por la tierra y la lealtad personal.” “Romper ese equilibrio provoca guerra.” Eso bastaba por ahora.

Al final del verano, Tēcuani comprendió que Francia no ofrecería respuestas rápidas.

No era un lugar de acumulación intelectual inmediata, sino de lecciones estructurales.

Aquí se aprendía qué ocurría cuando el poder no se centralizaba lo suficiente… y cuando la tradición pesaba más que la adaptación.

Ese aprendizaje llevaría tiempo.

—Aquí no se toma —pensó—.

—Aquí se observa… o se paga el precio.

El Imperio seguía creciendo lejos de allí, con bancos, educación, obras públicas y una visión que abarcaba siglos.

Francia, en cambio, vivía anclada al presente inmediato.

Ambos mundos tenían su lógica.

Y Tēcuani sabía que entender esa diferencia sería clave para lo que vendría después.

El verano terminó sin incidentes.

Pero Francia apenas había empezado a hablar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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