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EL INMORTAL - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - 32 SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO
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32: SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO 32: SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO Primavera de 1046 d.C.

/ Año 996 del Sol El cambio se sintió antes de verse.

Los caminos mejoraron de forma gradual, no espectacular.

No eran más anchos ni más bellos, pero estaban mantenidos.

Las postas aparecían a intervalos regulares.

Las normas de paso se repetían de un territorio a otro con variaciones menores, como si alguien hubiera intentado, al menos una vez, imponer coherencia sobre la costumbre.

Tēcuani reconoció esa sensación de inmediato.

—Aquí hubo un intento de sistema —pensó—.

—Y no ha muerto del todo.

Habían entrado en tierras del Sacro Imperio Romano Germánico.

No era un imperio como el suyo.

Tampoco como el que había sido Roma.

Era una construcción extraña, sostenida por títulos, juramentos, obispos, príncipes y ciudades libres.

Pero, a diferencia de Francia, aquí existía una idea de orden superior, aunque estuviera constantemente en disputa.

Eso cambiaba todo.

La familia avanzó sin prisa, pero con mayor seguridad.

Nadie exigía alineación inmediata.

Nadie ofrecía protección a cambio de sumisión.

El poder estaba repartido, sí, pero reconocía límites.

Un conde no podía hacer lo que quisiera sin mirar a un duque.

Un duque debía cuidar su relación con el emperador, aunque este estuviera lejos.

La autoridad era imperfecta, pero existía.

Ley escrita, aunque discutida Lo primero que llamó la atención de Tēcuani fue la presencia constante de documentos.

Cartas, sellos, edictos, privilegios.

No siempre se respetaban, pero siempre se citaban.

Incluso cuando se violaba la ley, se hacía nombrándola.

—Esto importa —anotó mentalmente—.

—Donde se nombra la ley, puede reforzarse.

En ciudades imperiales libres, la diferencia era aún más clara.

Consejos urbanos, gremios reconocidos, normas comerciales relativamente estables.

No era igualdad, pero sí previsibilidad.

Para el comercio, eso era oro.

Por primera vez desde Córdoba, Tēcuani permitió que los mercaderes imperiales volvieran a operar con algo de visibilidad.

No grandes cargamentos, no todavía, pero sí intercambios constantes.

Aquí no se castigaba la eficiencia; se negociaba.

Gremios: conocimiento encerrado, pero estable El segundo descubrimiento fue el sistema de gremios.

A diferencia de Francia, donde el oficio vivía en la memoria de familias concretas, aquí el conocimiento estaba encerrado en instituciones.

Nadie podía ejercer sin permiso.

Nadie podía aprender sin pasar por etapas definidas.

Eso tenía dos efectos opuestos: •frenaba la innovación rápida •preservaba la calidad mínima Tēcuani observó con atención.

No intentó romper el sistema.

No era necesario.

Los gremios eran rígidos, pero también comprables.

No con dinero directo, sino con respeto, tiempo y demostración de competencia.

Adquirió herramientas, no planos completos.

Observó procesos, no secretos finales.

Sabía que el Imperio no debía copiar el gremio, pero sí entenderlo.

—Aquí el conocimiento se protege para no diluirse —pensó—.

—En el Imperio, se protege para no perderse.

La diferencia era sutil, pero crucial.

Autoridad religiosa como estructura La Iglesia tenía un papel más organizado que en Francia, menos intelectual que en Córdoba.

No discutía todo, pero registraba mucho.

Monasterios con archivos bien mantenidos.

Cronistas constantes.

Calendarios uniformes.

Eso interesó a Tēcuani, no por la teología, sino por la capacidad de continuidad.

Donde había escritura constante durante siglos, había memoria institucional.

No se llevó tratados religiosos.

Sí observó métodos de conservación, copia y validación de textos.

Esos métodos viajarían al Imperio adaptados, no replicados.

La familia y el equilibrio El entorno era más amable.

Menos miradas largas, más curiosidad abierta.

Los niños volvieron a explorar sin sentir vigilancia constante.

Xōchitl, aún recuperándose del parto reciente, encontró espacios tranquilos.

Lucia y Eadgyth notaron algo importante: aquí las mujeres no eran invisibles, aunque su espacio estuviera delimitado.

No era igualdad.

Pero tampoco encierro absoluto.

Eso marcó una diferencia psicológica fuerte tras Francia.

Lo que sí se puede llevar Por primera vez en meses, Tēcuani empezó a seleccionar activamente qué enviar al Imperio: •herramientas estandarizadas de gremio •métodos de certificación de oficio •contratos comerciales con cláusulas claras •normas urbanas replicables •ideas de autonomía municipal controlada Nada de títulos.

Nada de linajes.

Solo estructura reutilizable.

Envió un mensaje al continente más largo que los anteriores: “Aquí el orden se mantiene por instituciones, no solo por personas.” “Imperfecto, pero escalable.” “Útil para ciudades grandes sin perder control central.” Eso era una lección valiosa.

Un imperio que no lo es del todo Aun así, Tēcuani no idealizó lo que veía.

El Sacro Imperio era lento.

Demasiado comprometido con equilibrios internos.

Cada avance requería negociación interminable.

El emperador era fuerte en nombre, débil en acción directa.

—Este sistema sobrevive —pensó—.

—Pero no lidera.

El Imperio Mexicano había resuelto ese dilema siglos atrás: autoridad clara, pero con espacio local.

Aquí, la balanza oscilaba constantemente.

Aun así, este lugar enseñaba algo que ni Córdoba ni Francia podían: cómo organizar la complejidad sin romperla.

Y eso era exactamente lo que necesitaba aprender en esta etapa del viaje.

La primavera avanzó, y con ella, la certeza de que este territorio merecía tiempo.

No por su brillo, sino por su utilidad.

Aquí no había tensiones inmediatas.

No había retirada urgente.

El viaje entraba en una fase más estable.

No tranquila.

Pero sí sostenible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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