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EL INMORTAL - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO ll
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33: SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO ll 33: SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO ll Verano de 1046 d.C.

/ Año 996 del Sol El Sacro Imperio no se movía por impulsos.

Se movía por procedimientos.

Tēcuani tardó poco en comprender que, si quería obtener algo más que observaciones generales, tendría que aceptar un ritmo distinto.

Aquí no bastaba con pagar bien ni con saber callar.

Había que permanecer, demostrar constancia y dejar que la maquinaria —lenta, pesada, pero persistente— hiciera su trabajo.

El primer paso fue sencillo: establecerse de forma visible, pero no ostentosa, en una ciudad imperial libre.

No un centro de poder, no una sede episcopal.

Una ciudad comercial con gremios fuertes, autoridades civiles claras y rutas bien definidas.

Allí, por primera vez desde Córdoba, Tēcuani solicitó permisos abiertamente.

No pidió privilegios.

Pidió reconocimiento legal como comerciante extranjero con residencia temporal.

El proceso tomó semanas.

Sellos.

Testigos.

Garantías.

Impuestos adelantados.

Cada trámite parecía diseñado para desalentar a quien no estuviera dispuesto a quedarse.

Pero una vez concedido, el permiso no se cuestionaba a diario.

Esa era la diferencia.

—Aquí —pensó—, la lentitud compra estabilidad.

Entrar sin romper Con el permiso en mano, Tēcuani empezó a interactuar con los gremios de forma directa.

No como aprendiz, no como maestro, sino como cliente informado.

Compraba herramientas, encargaba piezas específicas, pedía pequeñas variaciones en diseños existentes.

Nunca pedía secretos.

Pedía resultados.

Los maestros gremiales, al principio cautelosos, fueron relajándose al ver que no intentaba saltarse jerarquías ni cuestionar su autoridad.

Cumplía normas, pagaba tasas, aceptaba plazos largos sin presión.

Eso generó algo raro en ese mundo: confianza limitada.

No suficiente para abrir archivos, pero sí para permitir observación prolongada.

El contrato como instrumento Lo que más llamó la atención de Tēcuani fue el uso del contrato escrito como herramienta central.

No como formalidad simbólica, sino como objeto práctico.

Las cláusulas eran detalladas, las penalizaciones claras, las obligaciones mutuas bien definidas.

No todo se cumplía siempre, pero cuando se incumplía, había referencia común para reclamar.

Tēcuani adquirió copias de contratos tipo: comerciales, de arrendamiento, de obra, de asociación.

No los llevaría al Imperio tal cual, pero sí los estudiaría como lenguaje legal.

—Las palabras también son infraestructura —pensó.

Ese lenguaje permitía algo importante: negociar sin violencia directa.

Lentamente, pero sin sangre.

Ciudades que se gobiernan a sí mismas Otro descubrimiento fue la autonomía urbana.

Las ciudades imperiales libres tenían capacidad real de decisión interna: impuestos locales, mantenimiento de caminos, milicias propias, regulación de mercados.

No eran independientes del todo, pero tampoco simples extensiones del poder feudal.

Eso interesó mucho a Tēcuani.

El Imperio ya tenía ciudades bien administradas, pero aquí vio una variante: autonomía vigilada.

Espacio para decidir sin romper la unidad superior.

Tomó nota.

No para copiar la estructura política, sino para entender cómo permitir flexibilidad sin perder control.

Fricciones inevitables No todo fue fluido.

En algún punto, un gremio menor se negó a vender ciertas herramientas, alegando que “no convenía” que salieran de la ciudad.

No fue una prohibición formal, sino una barrera cultural.

Tēcuani no insistió.

—Forzar aquí —pensó—, cierra puertas en toda la región.

Aceptó el límite.

Eso, paradójicamente, abrió otros.

Los gremios observaban cómo reaccionaba ante el rechazo.

Al no presionar, su reputación mejoró.

Aquí, la paciencia era una forma de capital.

La familia y la adaptación La estancia prolongada permitió a la familia adaptarse mejor.

Los niños empezaron a reconocer rutinas.

El mayor ya entendía que había lugares donde preguntar era peligroso y otros donde era aceptable.

El segundo imitaba gestos.

El menor empezaba a fijarse en voces.

Xōchitl, Lucia y Eadgyth compartían una sensación nueva: seguridad condicionada.

Nadie las observaba como amenaza, pero todo estaba regulado.

Eso, comparado con Francia, era un alivio.

Tēcuani entendió que este lugar no expulsaba al extranjero; lo absorbía lentamente, siempre que aceptara las reglas.

Lo que se gana con orden Al final del verano, Tēcuani hizo su primer envío significativo desde que dejó Córdoba.

No fue grande en volumen, pero sí en concepto: •modelos contractuales •normas gremiales resumidas •ejemplos de autonomía urbana •procesos de certificación artesanal Acompañó el envío con una nota clara: “No copiar estructuras políticas.” “Adaptar herramientas legales.” “La lentitud es parte del sistema.” El Imperio sabría qué hacer con eso.

Mientras tanto, Tēcuani comprendió algo fundamental: este mundo no ofrecía genialidades repentinas, pero sí continuidad sin colapso.

Era un equilibrio incómodo, pero duradero.

—Esto —pensó— es cómo se sostiene un sistema cuando nadie confía del todo… pero todos dependen de él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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