EL INMORTAL - Capítulo 34
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34: SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO lll 34: SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO lll Otoño de 1046 d.C.
/ Año 996 del Sol El orden funciona… hasta que alguien intenta usarlo de verdad.
Tēcuani llevaba meses operando dentro de las reglas del Sacro Imperio Romano Germánico.
Había pagado tasas, respetado plazos, firmado contratos, aceptado negativas y cultivado una reputación de comerciante serio, paciente y predecible.
Eso le había abierto puertas que en Francia jamás se habrían entreabierto.
Pero ahora había llegado el punto inevitable: probar si el sistema respondía cuando se le exigía coherencia.
El detonante fue pequeño en apariencia.
Un encargo de herramientas especializadas, nada revolucionario: instrumentos de medición metálicos con tolerancias más ajustadas de lo habitual.
No eran armas.
No eran secretos militares.
Eran herramientas de precisión para talleres avanzados, algo que el Imperio ya fabricaba, pero quería comparar con estándares europeos.
El contrato se firmó sin objeciones.
El problema vino después.
El retraso que no era retraso El plazo se extendió una semana.
Luego dos.
Después, el maestro gremial explicó que había “dificultades técnicas”.
No era mentira.
Tampoco era toda la verdad.
Las herramientas podían hacerse, pero el encargo había despertado incomodidad.
No por el objeto, sino por el cliente.
Un extranjero que pedía precisión, que entendía los procesos, que no presionaba, pero tampoco se iba… eso no encajaba del todo.
Los gremios funcionaban bien mientras todo permaneciera dentro de lo esperado.
Pero cuando alguien empujaba los márgenes, el sistema se defendía.
No con violencia.
Con demora.
Tēcuani entendió el mensaje, pero decidió no retirarse de inmediato.
Este era el punto de la prueba.
—Si el orden sirve —pensó—, debe servir también cuando incomoda.
El recurso legal En lugar de reclamar informalmente, activó el mecanismo correcto: presentó una queja formal ante la autoridad urbana, acompañada del contrato, los pagos adelantados y las cláusulas incumplidas.
Fue un gesto calculado.
No agresivo.
No sumiso.
Legal.
La reacción fue inmediata… y lenta.
La autoridad aceptó la queja, pero la derivó a una comisión.
La comisión pidió informes.
Los informes se retrasaron.
Todo avanzaba, pero a una velocidad diseñada para desgastar al reclamante.
Tēcuani no mostró impaciencia.
Mientras el proceso avanzaba, siguió operando con normalidad.
Pagó impuestos, cumplió normas, no retiró encargos.
Eso desconcertó a más de uno.
La mayoría de los extranjeros se cansaban antes de llegar tan lejos.
La lección escondida Tras semanas de trámites, llegó la resolución: el gremio debía cumplir el contrato, pero se le permitía ajustar el diseño final dentro de ciertos márgenes.
No era una victoria completa.
Tampoco una derrota.
Era un compromiso.
Eso le dijo todo lo que necesitaba saber.
—Aquí —pensó—, el sistema no protege al que tiene razón… protege al equilibrio.
El orden existía, sí.
Pero no para servir a la eficiencia máxima, sino para evitar rupturas.
La innovación era aceptada solo mientras no alterara demasiado la estructura existente.
Para un imperio en expansión controlada, eso era una advertencia valiosa.
Repercusiones silenciosas La resolución tuvo un efecto secundario inmediato: otros gremios se volvieron más cautelosos.
No hostiles, pero menos dispuestos a aceptar encargos fuera de lo habitual.
El nombre de Tēcuani empezó a circular como alguien “correcto, pero exigente”.
Eso cerraba ciertas puertas… y abría otras.
Algunos talleres menores, menos integrados en la estructura rígida, comenzaron a acercarse con discreción.
No ofrecían calidad máxima, pero sí flexibilidad.
Tēcuani los escuchó, pero no comprometió grandes recursos.
El aprendizaje estaba completo.
La decisión Esa noche, en conversación tranquila con Xōchitl, Lucia y Eadgyth, Tēcuani verbalizó lo que ya sabía: —Este lugar sirve para entender cómo se conserva el orden —dijo—.
—No para empujar el futuro.
No había resentimiento.
Tampoco decepción.
El Sacro Imperio había sido honesto en su forma: ofrecía estabilidad, pero a costa de velocidad.
El Imperio Mexicano necesitaba ambas cosas.
El último envío Antes de partir, Tēcuani envió un último paquete conceptual al continente.
No objetos nuevos, sino conclusiones claras: “El sistema legal protege la continuidad, no la eficiencia.” “Útil para evitar colapsos.” “Insuficiente para liderar innovación sostenida.” “Tomar lo jurídico; evitar la rigidez gremial.” Eso cerraba el capítulo.
Mirar hacia el siguiente destino El otoño avanzaba.
Las rutas se volverían difíciles pronto.
Tēcuani sabía que no debía repetir el error de Francia ni prolongar innecesariamente la estancia.
Ya había aprendido lo esencial.
El siguiente destino debía cumplir tres condiciones: •poder central claro •tradición intelectual activa •tolerancia pragmática al extranjero Un lugar donde el conocimiento circulara más rápido que los sellos.
Tēcuani ya tenía varios nombres en mente.
Cuando abandonó la ciudad imperial libre, no miró atrás con alivio ni con pesar.
Lo hizo con comprensión.
Este mundo no estaba listo para moverse deprisa… y no quería hacerlo.
El Imperio, en cambio, sí.
Y el viaje continuaba, ahora con una certeza más sólida: No basta con que el orden exista.
Debe permitir avanzar.
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