EL INMORTAL - Capítulo 4
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4: HIGIENE 4: HIGIENE El problema no se anunció con violencia.
Llegó con el calor.
Durante el Tiempo de Lluvia del Año 12 del Sol, Sebastián comenzó a notar algo que no aparecía en ningún registro ni en los números que tanto cuidaba.
No era una amenaza externa.
No era hambre.
No era guerra.
Era el olor.
No uno puntual, sino un conjunto: humedad estancada, residuos humanos mal enterrados, animales demasiado cerca de las viviendas, agua usada una y otra vez.
La gente se había acostumbrado.
Siempre lo hacía.
El cuerpo humano es experto en normalizar lo que lo enferma.
Sebastián no.
Había visto eso antes.
En libros.
En gráficos.
En estadísticas de mortalidad.
Las ciudades no caían por invasiones.
Caían por infecciones.
Año 12 del Sol – Tiempo de Lluvia.
Reunión General del Centro.
Sebastián pidió que todos se reunieran en el espacio central.
No como emergencia.
No como castigo.
Como costumbre.
Llevó consigo tablillas de registro, algo que ya nadie cuestionaba.
—Antes de seguir creciendo —dijo—, necesitamos saber quiénes somos.
Empezó por algo simple.
—¿Cuántos vivimos aquí?
Hubo silencio.
Nadie lo sabía con exactitud.
Eso, para Sebastián, era una señal de alarma.
Durante semanas, jóvenes alfabetizados recorrieron cada vivienda, registrando nombres, edades aproximadas y oficios.
No hubo resistencia.
La gente ya entendía el valor de los registros.
El resultado fue leído en voz alta.
Registro del Año 12 del Sol.
•Niños: 126.
•Mujeres adultas: 148.
•Hombres adultos: 132.
•Ancianos: 41.
Total: 447 personas.
Hubo murmullos.
—Somos más de lo que pensábamos —dijo alguien.
Sebastián asintió.
—Y seguiremos creciendo.
Por eso necesitamos orden.
El nombre.
Hasta ese momento, el asentamiento no tenía un nombre único.
Se le llamaba “la aldea”, “el lugar del lago”, “donde vive Sebastián”.
Eso no servía.
Un lugar sin nombre no tiene identidad.
Sebastián lo sabía.
—Hoy —dijo— este lugar deja de ser solo un asentamiento.
Tomó una tablilla y escribió lentamente, para que todos lo vieran.
Tollan-Sol.
El lugar donde el tiempo se ordena.
—No es un nombre divino —explicó—.
Es un compromiso.
Mientras este lugar exista, el tiempo aquí tendrá sentido.
La gente repitió el nombre en voz baja.
Tollan-Sol.
Así nació oficialmente la aldea.
El jefe de aldea.
Sebastián intentó evitarlo.
Durante años.
Pero el registro lo dejó claro: todas las decisiones importantes pasaban por él.
Negarlo ya no era humildad.
Era irresponsabilidad.
—Una aldea sin cabeza —dijo— no piensa, solo reacciona.
No se proclamó rey.
No usó símbolos sagrados.
Aceptó el cargo que ya ejercía.
Jefe de Tollan-Sol No por sangre.
No por dioses.
Por consenso.
—Mi deber —dejó claro— no es mandar.
Es asegurar que este lugar siga existiendo cuando yo no esté.
Nadie se rió.
El problema del cuerpo.
Fue entonces cuando habló del olor.
No usó vergüenza.
Usó lógica.
—Donde vivimos, comemos y dormimos… también dejamos nuestros desechos.
Mostró registros simples: fiebre, diarreas, infecciones.
Los números no mentían.
—No es castigo.
Es consecuencia.
La palabra pesó más que cualquier amenaza divina.
Año 13 del Sol – Reforma de higiene.
La reforma fue profunda.
Primero, separación.
Sebastián ordenó que las zonas de desecho se movieran fuera del área habitada.
No lejos, pero sí controladas.
Introdujo letrinas comunes, cubiertas, con turnos de limpieza.
Luego, algo completamente nuevo.
Canales.
Zanjas inclinadas, cubiertas con piedra y madera, que conducían los residuos líquidos lejos de las viviendas.
No era una alcantarilla moderna, pero era avanzada para su tiempo.
—El agua que corre no enferma —explicaba—.
El agua estancada sí.
Las aguas residuales no se desperdiciaban.
Sebastián mostró cómo mezclarlas con tierra y residuos vegetales, dejarlas reposar y convertirlas en fertilizante básico.
No habló de bacterias.
Habló de ciclos.
—Lo que sale del cuerpo vuelve a la tierra —decía—.
Y la tierra nos alimenta.
La idea fue aceptada con cautela.
Funcionó.
Baño y dignidad.
Luego vino algo más delicado.
El cuerpo humano.
Sebastián promovió el baño regular.
No como lujo.
Como norma.
Construyeron espacios simples cerca del lago, separados por género, con horarios definidos.
Introdujo el uso de ceniza y plantas para limpieza básica.
—El cuerpo limpio vive más —decía—.
Y piensa mejor.
No fue inmediato.
Pero el cambio se notó.
Menos enfermedades.
Menos insectos.
Menos olor.
La aldea comenzó a oler a madera, humo y agua… no a miedo.
Año 15 del Sol – Tiempo de Siembra.
Tollan-Sol ya no era solo organizada.
Era sana.
Sebastián caminaba por las calles, ahora ligeramente elevadas para evitar inundaciones.
Los canales funcionaban.
Los registros se actualizaban cada ciclo del Sol.
Los niños sabían cuántos años tenían y por qué importaba.
Y él… Él seguía igual.
No lo pensó demasiado.
Aún.
Estaba demasiado ocupado viendo cómo algo tan simple como un baño y un nombre podían cambiar el destino de cientos de personas.
Sin saberlo, había hecho algo que ningún dios habría logrado: Había enseñado a la gente a cuidarse sin miedo.
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