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EL INMORTAL - Capítulo 46

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Capítulo 46: ASIA lll

Año 1057 d.C. / Año 1007 del Sol

El cambio no ocurrió durante una ceremonia, ni tras una noche de estudio, ni como consecuencia visible de una decisión consciente.

Ocurrió al despertar.

Tēcuani abrió los ojos en una habitación que no era suya —madera pulida, biombos de papel, una lámpara apagada aún tibia— y tardó unos segundos en entender qué era lo que no encajaba. El aire era el mismo. El silencio también. Su cuerpo respondía como siempre. Pero algo, una sensación de extrañeza íntima, persistía.

Se incorporó despacio y se acercó al recipiente de agua pulida que servía de espejo.

No gritó.

No retrocedió.

No buscó explicación inmediata.

El rostro que lo devolvió la mirada no era el mismo.

No era un desconocido, pero tampoco era el que había llevado durante siglos. Los rasgos eran más suaves, la línea del rostro más joven, la mirada distinta: menos peso, más claridad. No parecía más débil; parecía menos cansado.

—Así que era esto —pensó, con una calma que habría sorprendido a cualquiera que no lo conociera—.

—No el cuerpo… el reflejo.

No sintió miedo. Sintió aceptación. Si su vida le había enseñado algo, era que resistirse a lo inevitable solo generaba ruido.

Se vistió con ropas locales, ajustadas al clima y a la costumbre, y salió sin anunciar nada. Nadie notó el cambio con sorpresa. Para los demás, seguía siendo un extranjero más. Para él, era una frontera invisible que acababa de cruzar.

La ciudad que no pregunta

La ciudad china en la que se encontraba —próspera, ordenada, orgullosa de su continuidad— no tenía interés en quién había sido antes. Aquí importaba cómo te comportabas ahora. La cortesía no se ganaba con títulos, sino con moderación. El respeto no se exigía; se acumulaba.

Tēcuani aprendió pronto a moverse sin destacar. A escuchar más de lo que hablaba. A no comparar en voz alta. China no toleraba bien al observador que se creía árbitro.

—Aquí —pensó—, el mundo no se explica.

—Se ejecuta.

Las bibliotecas no eran abiertas ni públicas. Eran jerárquicas, vinculadas a escuelas, familias y cargos. El conocimiento circulaba, pero no libremente. No por miedo, sino por responsabilidad. No todos debían saberlo todo al mismo tiempo.

Eso contrastaba con el Imperio Mexicano, donde la expansión del saber era deliberada. Pero aquí, el saber se dosificaba como medicina.

Tēcuani no juzgó. Anotó mentalmente.

El licor y la máscara

Aquella noche —una entre muchas— aceptó una invitación que no tenía importancia aparente. Un establecimiento social, música discreta, licor local servido sin urgencia. Conversaciones que no buscaban profundidad, solo descanso.

Bebió más de lo habitual.

No por tristeza.

No por celebración.

Por cansancio.

En ese lugar, entre luces suaves y risas contenidas, conoció a una mujer que no dijo su nombre verdadero. Inteligente, irónica, consciente de su entorno. No preguntó de dónde venía. Él no preguntó quién era.

Fue una noche sin promesas ni planes.

Una noche que no pretendía dejar huella.

A la mañana siguiente, se marchó como siempre lo hacía: sin despedidas innecesarias, sin dramatismo, sin saber que había cruzado otra frontera invisible.

Los libros que sí viajan

Durante los meses siguientes, Tēcuani se concentró en lo que había venido a buscar: estructura intelectual aplicada.

Adquirió textos sobre:

•administración civil

•hidráulica

•agricultura intensiva

•calendarios agrícolas

•ética confuciana aplicada al gobierno

No buscó filosofía abstracta. Buscó manuales de funcionamiento social. Lo que China había perfeccionado durante siglos no era la especulación, sino la ejecución estable.

Envió al Imperio copias y resúmenes, acompañados de una advertencia clara:

“No imponer el modelo.”

“Aprender el principio.”

“La disciplina precede a la abundancia.”

Eso bastaba.

La familia y la distancia

Xōchitl notó el cambio antes que nadie. No lo dijo en voz alta, pero lo vio en la forma en que otros miraban a Tēcuani. Lucia lo percibió después, al observar cómo ciertas puertas se abrían con mayor facilidad. Eadgyth, siempre atenta, entendió algo más profundo: la apariencia también gobierna.

Los niños, ajenos al peso simbólico, simplemente aceptaron al padre tal como se presentaba. Para ellos, seguía siendo el mismo.

Eso tranquilizó a Tēcuani más que cualquier reflexión.

Lo que no sabe

En otra parte de la ciudad, lejos de su camino habitual, una mujer tomó una decisión difícil. No por miedo, sino por dignidad. Lo haría en silencio. Con respaldo. Sin escándalo.

Tēcuani no lo supo.

No podía saberlo.

Y, de saberlo, nada habría cambiado entonces.

El mundo seguía girando.

Cerrar China sin cerrarla

Cuando llegó el momento de partir, Tēcuani no sintió urgencia ni alivio. China no se dejaba atrás. Se aceptaba. Había aprendido lo suficiente para no cometer el error de intentar entenderlo todo.

—Algunas civilizaciones —pensó— no se dominan ni se resumen.

—Se respetan.

El siguiente destino lo esperaba al otro lado del mar, con reglas distintas, silencios distintos y consecuencias que aún no se revelaban.

Japón.

Y Tēcuani, con su nuevo rostro y su historia intacta, avanzó sin saber que el mundo ya había cambiado un poco más de lo que creía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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