EL INMORTAL - Capítulo 48
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Capítulo 48: REGRESO AL IMPERIO
Año 1060 d.C. / Año 1010 del Sol
El mar no anunció el regreso.
No hubo trompetas, ni banderas desplegadas con urgencia, ni ceremonias improvisadas. El Imperio Mexicano no celebraba el retorno de sus figuras como un espectáculo. Las celebraba como un hecho, algo que debía integrarse con calma al curso normal de la historia.
Aun así, cuando las naves imperiales aparecieron en el horizonte, la noticia corrió más rápido que el viento.
Había pasado mucho tiempo.
La costa que reconoce
Tēcuani observó la costa con una sensación que no había sentido en ningún otro lugar del mundo: pertenencia sin posesión. No era dueño del Imperio, no lo había sido desde hacía siglos, pero seguía siendo parte de él de una forma que ningún decreto podía borrar.
Las obras portuarias eran mejores que las que recordaba. Canales más profundos, muelles reforzados, grúas de madera y metal trabajando con precisión. No necesitó preguntar: el Imperio había seguido creciendo sin depender de su presencia.
Eso le produjo una satisfacción silenciosa.
—Así debía ser —pensó—.
—Un Estado que no colapsa cuando uno se va.
El primer encuentro
No fue el emperador quien lo recibió.
Fue un funcionario.
Un hombre formado, sereno, que ejecutó el protocolo sin nerviosismo ni reverencia exagerada. Saludó, confirmó identidad, y dio la bienvenida en nombre del Estado.
No en nombre de una persona.
Eso le dijo todo a Tēcuani.
—El Imperio ya es adulto —pensó—.
—Y eso es una victoria mayor que cualquier conquista.
El impacto del rostro
El cambio no pasó desapercibido.
No hubo gritos, ni murmullos escandalizados, ni sospechas abiertas. Pero las miradas se detenían un segundo más de lo habitual. Los escribas lo anotaron. Los cronistas lo observaron con atención contenida.
El rostro del Fundador había cambiado.
No envejecido.
No enfermado.
Cambiado.
Los más viejos del Imperio recordaban su apariencia anterior. Los jóvenes solo lo conocían por relatos y estatuas antiguas. Ahora, la realidad desafiaba ambas memorias.
Nadie preguntó.
En el Imperio Mexicano, preguntar no siempre era prudente.
La familia en casa
Para los hijos, el regreso fue distinto.
Ælfric observaba todo con ojos de quien ya entendía el peso del Estado. Analizaba los edificios, la gente, los movimientos de las guarniciones. No preguntaba; comparaba.
Lucía sonreía más. Volver significaba reencontrarse con algo propio sin dejar de ser cosmopolita. Notaba los cambios culturales, las influencias extranjeras integradas sin romper la identidad.
Xōchitzin caminaba en silencio, tocando muros, observando árboles, respirando el aire con una tranquilidad que solo se siente en casa.
Las madres lo percibieron también. El Imperio no era solo una construcción política. Era un ecosistema humano.
Audiencia sin poder
Tēcuani no pidió audiencia formal.
El emperador actual sí pidió verlo.
No como subordinado, ni como heredero, sino como descendiente que consulta a un ancestro vivo.
El encuentro fue privado, sobrio, sin testigos innecesarios. No hubo discursos largos. Hubo escucha.
Tēcuani habló poco. Explicó lo que había visto, lo que había aprendido, y, sobre todo, lo que no debía copiarse.
—El Imperio —dijo— no necesita ser todos los mundos.
—Solo necesita entenderlos.
El emperador escuchó sin interrumpir.
Tomó notas. Hizo preguntas precisas. No buscaba aprobación; buscaba coherencia.
Eso tranquilizó a Tēcuani más que cualquier juramento.
Los envíos finales
Los últimos cargamentos llegaron días después.
Libros, instrumentos, planos, tratados, copias. Todo catalogado, revisado, clasificado. No para aplicarse de inmediato, sino para estudiarse sin urgencia.
Los archiveros imperiales comenzaron su trabajo con disciplina casi ritual. Nada se imponía. Todo se evaluaba.
—Así debe entrar el conocimiento —pensó Tēcuani—.
—Sin romper lo que ya funciona.
La ciudad que sigue
La capital había cambiado.
Más orden, más piedra, más verde. Las zonas protegidas seguían intactas. Las obras del lago avanzaban según lo planeado. No había improvisación.
Tēcuani recorrió la ciudad como un visitante respetuoso. No dio órdenes. No corrigió. Observó.
Y lo que vio fue continuidad.
No perfección, pero continuidad.
El lugar del Fundador
Esa noche, en un espacio que no era palacio ni templo, Tēcuani se sentó solo.
No como emperador.
No como viajero.
Como testigo.
Había construido algo que ya no le pertenecía, y eso era correcto. El Imperio no necesitaba su presencia constante. Necesitaba su memoria y su criterio ocasional.
—Ese —pensó— es el lugar correcto de alguien que ha vivido demasiado.
Mirar al futuro sin urgencia
El regreso no marcaba el fin del viaje.
Marcaba un cambio de ritmo.
Ahora, el mundo no debía venir a él. Él debía decidir cuándo volver a mirar afuera y cuándo permanecer dentro.
Porque el peligro ya no era la ignorancia.
Era intervenir demasiado.
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