EL INMORTAL - Capítulo 49
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Capítulo 49: DECISIONES
Año 1062 d.C. / Año 1012 del Sol
La idea no surgió de golpe.
No fue una revelación ni una decisión impulsiva. Fue una conclusión lenta, formada por años de observación, viajes, retornos y comparaciones. Tēcuani había visto demasiados imperios depender de hombres concretos… y había visto cómo esos mismos hombres terminaban siendo el límite de su propia obra.
Esa noche, sentado en una estancia discreta del castillo —lejos de salones ceremoniales, lejos de la memoria pública— entendió algo con absoluta claridad:
—Mientras yo exista para todos… el Imperio nunca terminará de ser suyo.
No era humildad.
Era responsabilidad histórica.
La decisión
No lo anunció al pueblo.
No lo escribió en ningún decreto.
No lo explicó a cronistas.
Simplemente dejó de aparecer.
Las audiencias se suspendieron. Las visitas cesaron. Las menciones públicas se redujeron a fórmulas vagas: “el Fundador se ha retirado”, “el Solteōtl observa”, “el Ancestro vive en silencio”.
Solo lo sabían:
•sus descendientes directos
•el emperador en turno
•un reducido grupo de funcionarios archivistas y guardianes
Para el resto del Imperio, con el paso de los años, Tēcuani dejó de ser una presencia viva y pasó a ser historia reciente.
Y luego, solo historia.
Cuatrocientos años de espera
No fue un encierro físico absoluto. Fue un retiro estratégico.
Cambió de residencias dentro del territorio imperial. Usó nombres secundarios. Redujo su círculo. Permitió que el tiempo hiciera su trabajo más poderoso: el olvido selectivo.
A los cincuenta años, aún se hablaba de él.
A los cien, se discutía si seguía vivo.
A los doscientos, era leyenda.
A los cuatrocientos, era fundación.
Y eso era exactamente lo que buscaba.
—Un imperio no debe tener testigos eternos —pensó—.
—Debe tener instituciones.
El instrumento imposible
Durante esos siglos de silencio, Tēcuani volvió a algo que siempre lo había acompañado: crear con las manos.
No armas.
No edificios.
Sino sonido.
Había traído elefantes hacía generaciones. Los había protegido, reproducido, estudiado. Y también había aceptado su fin natural. Cuando los más viejos comenzaban a morir por edad, no permitió desperdicio ni profanación.
Los colmillos —marfil endurecido por décadas— fueron tratados con respeto ritual y técnico.
Con paciencia infinita, diseñó un instrumento nuevo para el Imperio:
un piano primitivo.
No era como los que existirían siglos después.
Era tosco, pesado, limitado en rango.
Pero funcionaba.
Martillos de madera, cuerdas tensadas con metales refinados, teclas pulidas de marfil antiguo. El sonido no era perfecto, pero tenía algo que ningún otro instrumento del Imperio poseía: profundidad.
—El sonido —pensó— también es una forma de memoria.
No lo presentó al mundo.
No lo exhibió.
Tocaba para sí mismo.
Para recordar que seguía siendo humano.
El café y el azúcar
En las madrugadas largas, cuando el silencio era más denso, Tēcuani bebía café.
Café traído de Yemen hacía más de un siglo. Cultivado, adaptado, reproducido en tierras altas del Imperio. Oscuro, amargo, constante.
Lo endulzaba con azúcar.
Caña asiática, perfeccionada durante generaciones. Refinada con métodos cada vez más precisos. No un lujo ya, sino una comodidad cotidiana.
Aquel ritual sencillo —bebida caliente, dulzor medido, música lenta— se convirtió en su ancla temporal.
—Esto —pensaba— es lo que sobrevive a los imperios:
—las costumbres pequeñas.
Ver sin intervenir
Durante esos cuatrocientos años, Tēcuani observó.
No corrigió leyes.
No dictó políticas.
No dirigió ejércitos.
Solo observó cómo el Imperio enfrentaba crisis, errores, conflictos internos y soluciones propias. Algunas mejores que las que él habría elegido. Otras peores.
Y aun así, el Imperio no cayó.
Eso confirmó su decisión.
—Si hubiera intervenido —pensó—, jamás habrían aprendido a sostenerse sin mí.
El precio del silencio
No fue fácil.
Vio morir generaciones completas.
Vio transformarse ciudades.
Vio desaparecer lenguas menores y nacer dialectos nuevos.
Vio cómo su rostro se convertía en estatuas que ya no se parecían del todo a él.
Y lo aceptó.
Porque entendió algo que ningún fundador debería olvidar:
—El precio de crear algo duradero…
—es no reclamarlo para siempre.
El final del encierro (todavía lejano)
Cuatrocientos años no eran el fin.
Eran solo el tiempo necesario para que el Imperio dejara de mirarlo como referencia constante. Para que su existencia dejara de ser una variable política.
Cuando saliera de nuevo —si alguna vez lo hacía— no sería como fundador, ni como ancestro venerado.
Sería como observador de una obra que ya no le pertenece.
Y eso, para Tēcuani Solteōtl, era la forma más pura de victoria.
El siguiente capítulo no hablaría de él.
Hablaría de un Imperio que ya no necesitaba saber si su creador seguía vivo.
Y eso significaba que, por fin, había hecho bien su trabajo.
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