EL INMORTAL - Capítulo 5
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: MATRIMONIO Y HIJO 5: MATRIMONIO Y HIJO Sebastián había aprendido a reconocer el cansancio de una aldea.
No era el mismo cansancio de un individuo.
No se manifestaba en bostezos ni en cuerpos vencidos, sino en pequeñas grietas: discusiones innecesarias, errores en los registros, silencios más largos de lo habitual durante las reuniones.
Tollan-Sol crecía, y con ese crecimiento llegaban tensiones que no podían resolverse con canales, graneros o números.
Al final del Año 16 del Sol, durante el Tiempo de Lluvia, Sebastián empezó a sentirlo con claridad.
El trabajo no se detenía nunca.
Por la mañana revisaba los registros de población.
Al mediodía recorría los talleres de herrería y alfilería.
Por la tarde resolvía disputas entre familias.
Por la noche, cuando el fuego central se apagaba y las voces se apagaban una a una, regresaba a su vivienda con la sensación de que aún quedaban cosas por hacer.
Siempre quedaban cosas por hacer.
Esa noche, sin embargo, no estaba solo.
Al empujar la puerta de madera, Sebastián percibió primero el sonido: el raspar suave de una tablilla siendo limpiada.
Luego el olor: humo, ceniza y algo más familiar, humano.
No levantó la voz.
—Pensé que ya te habías ido —dijo.
Itzel no se giró de inmediato.
Estaba sentada cerca del fuego, con las piernas recogidas, revisando los registros del fertilizante y los turnos de limpieza de las letrinas comunes.
Llevaba el cabello recogido de forma práctica, sin adornos.
Su rostro mostraba líneas finas alrededor de los ojos, marcas de una vida trabajada, no de desgaste.
—Me faltaban dos cuentas —respondió—.
Mañana empieza el nuevo ciclo del Sol.
Sebastián dejó lo que cargaba y se sentó a cierta distancia.
No invadió su espacio.
Había aprendido que Itzel no reaccionaba bien a los gestos teatrales.
—¿Encontraste errores?
—preguntó.
—Siempre los hay.
Eso era cierto.
Itzel había llegado a Tollan-Sol años atrás, cuando la aldea apenas empezaba a organizarse.
Viuda desde joven, sin hijos, había aprendido a leer casi por necesidad.
Al principio lo hacía en silencio, sin levantar la vista.
Con el tiempo, su voz se volvió firme.
Nunca aduladora.
Nunca temerosa.
Sebastián confiaba en ella más de lo que admitía.
Pasaron varios minutos sin hablar.
El fuego crepitaba.
Afuera, la lluvia golpeaba la tierra con constancia.
Sebastián cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, Itzel lo estaba observando.
No con curiosidad.
Con evaluación.
—Estás cansado —dijo.
No era una pregunta.
—Lo estoy —admitió.
—No sabes descansar.
Sebastián soltó una exhalación corta, casi una risa.
—Si descanso, las cosas se rompen.
Itzel dejó la tablilla a un lado.
—No eres la aldea.
La frase fue simple.
Pero lo desarmó.
Sebastián había construido Tollan-Sol con la idea de que sobreviviera sin él.
Sin embargo, en la práctica, cada decisión seguía pasando por su mente.
Cada error parecía suyo.
Cada éxito, una responsabilidad nueva.
—Si yo no estoy —dijo con cuidado—, otros pagarán las consecuencias.
Itzel se levantó y se acercó un poco más, sin tocarlo.
—Y si nunca estás para nadie… también.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue pesado.
La relación no comenzó esa noche.
Eso sería mentira.
Comenzó semanas antes, en miradas que duraban un segundo más de lo necesario.
En conversaciones que no terminaban cuando el tema oficial se agotaba.
En la costumbre de caminar juntos al anochecer sin un motivo concreto.
Sebastián lo había notado.
Había intentado ignorarlo.
Porque el poder complica todo.
—Sebastián —dijo ella, usando su nombre sin formalidad—.
No te estoy pidiendo promesas.
Ni protección.
Ni privilegios.
Él la miró.
—Entonces, ¿qué?
—Presencia.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
Durante los días siguientes, no hubo declaraciones.
No hubo gestos públicos.
Pero Itzel empezó a quedarse más tiempo en su vivienda por las noches, revisando registros, organizando tablillas, ayudándolo a preparar los informes del siguiente ciclo del Sol.
Compartían el espacio.
Primero, solo eso.
Dormían separados.
Hablaban hasta que el cansancio los vencía.
A veces discutían.
A veces se quedaban en silencio, escuchando la lluvia o el viento.
Sebastián descubrió algo incómodo: le gustaba no ser necesario durante algunas horas.
Itzel no lo miraba como jefe cuando estaban solos.
Lo miraba como a un hombre que dudaba, que se equivocaba, que cargaba más de lo que podía sostener.
Eso lo hacía bajar la guardia.
La intimidad llegó de forma gradual.
Una noche, durante el Tiempo de Frío del Año 17 del Sol, Sebastián despertó sobresaltado.
Había soñado con su vida anterior: luces blancas, pantallas, un mundo que ya no existía.
Respiraba con dificultad.
Itzel se movió a su lado.
—Tranquilo —dijo en voz baja.
No lo abrazó de inmediato.
Esperó a que él lo hiciera.
Sebastián apoyó la frente contra su hombro.
Sintió el calor real, la respiración lenta.
No había urgencia.
No había deseo desbordado.
Había necesidad de anclarse.
Esa noche compartieron el cuerpo como se comparte el refugio: con cuidado, sin palabras innecesarias, sin promesas imposibles.
No fue perfecta.
Fue honesta.
Año 18 del Sol – Tiempo de Lluvia.
La relación se volvió visible.
No anunciada, pero evidente.
Algunos lo aceptaron sin problema.
Otros murmuraron.
Sebastián lo sabía.
Lo esperaba.
Convocó una reunión breve.
—Mi vida personal no me da más autoridad —dijo—.
Ni menos.
Itzel no decide por mí, ni yo por ella.
Fue suficiente.
El respeto que había construido durante años no se quebró por compartir el lecho con alguien.
Al contrario, muchos lo vieron más humano.
Eso también era peligroso.
Año 19 del Sol – El cuerpo habla.
Itzel fue la primera en notarlo.
—No has cambiado —dijo una noche, mientras repasaban registros antiguos.
Sebastián levantó la vista.
—Todos cambiamos.
Ella negó con la cabeza.
—Yo sí.
Tú no.
Él no respondió.
Todavía no estaba listo para pensar en eso.
Poco después, Itzel quedó embarazada.
La noticia llegó sin dramatismo.
Con una mezcla de sorpresa y aceptación.
Sebastián pasó la mano por el vientre aún plano, como si necesitara confirmar que era real.
—No lo usaré —dijo de inmediato—.
No será heredero por ser mi primer hijo.
Itzel lo miró largo rato.
—Eso esperaba.
Año 20 del Sol – Tiempo de Siembra.
El nacimiento ocurrió al amanecer.
Sebastián sostuvo al niño con cuidado, consciente del peso simbólico que cargaba incluso antes de respirar por sí mismo.
No sintió miedo.
Sintió responsabilidad multiplicada.
Miró a Itzel, agotada pero viva.
—Nuestro hijo será normal —dijo en voz baja.
Ella sonrió apenas.
—Eso es una bendición.
Sebastián no respondió.
Porque, por primera vez, empezó a sospechar que el tiempo no lo estaba tocando igual que a los demás.
Y amar… cuando el tiempo empieza a traicionar… era algo para lo que ningún calendario estaba preparado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com