EL INMORTAL - Capítulo 50
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Capítulo 50: RETIRO
Año 1065 d.C. / Año 1015 del Sol
Tercer año del retiro
El retiro ya no se sentía como una decisión reciente. Tres años bastaban para que incluso una ausencia tan significativa comenzara a diluirse en la memoria colectiva. Para Tēcuani, en cambio, el tiempo había adquirido otra textura: más lento, más denso, más útil.
La biblioteca privada de la familia imperial era ahora su espacio principal.
No era una biblioteca ceremonial ni un archivo administrativo. Era un lugar vivo, en constante crecimiento, donde convivían todas las corrientes del mundo conocido. Los libros no estaban organizados por origen geográfico, sino por función y diálogo: astronomía junto a matemáticas, música cerca de ingeniería, medicina al lado de botánica.
Ahí estaban:
•los textos producidos por el propio Imperio, corregidos durante generaciones
•manuscritos europeos: latinos, italianos, germánicos
•obras del mundo islámico: Bagdad, Córdoba, Damasco
•tratados asiáticos: China, Japón, rutas intermedias
•copias comentadas, comparadas, traducidas y retraducidas
No había un “centro” del saber. Había capas.
Tēcuani leía sin urgencia. No para gobernar, no para reformar, sino para entender cómo pensaban los demás. En una misma tarde podía pasar de un tratado islámico sobre proporciones musicales a un texto chino sobre resonancia de la madera, y terminar con un manuscrito imperial sobre educación básica.
Sobre la mesa, una taza humeante.
Café oscuro, fuerte, mezclado con leche. Un hábito ya completamente integrado en el Imperio. El café había llegado desde Yemen más de un siglo atrás; la caña de azúcar, desde Asia. Ambos se cultivaban, refinaban y distribuían con regularidad. No eran exóticos. Eran parte del día a día.
Leía. Bebía. Volvía a leer.
El piano como punto de encuentro
En una sala contigua descansaba el piano que había construido con paciencia infinita. No era un instrumento perfecto, ni pretendía serlo. Era funcional, honesto, sólido. Los colmillos de elefantes viejos —usados solo cuando los animales morían por edad— daban a las teclas una textura y un peso particulares.
Tēcuani lo tocaba en ratos breves, sin intención de dominarlo. A veces solo unas notas. Otras, una progresión simple. El sonido no buscaba brillo, sino equilibrio.
Cuando él no lo usaba, el instrumento no quedaba en silencio.
Sus esposas lo tocaban sin solemnidad.
Sus descendientes lo exploraban con curiosidad.
El piano no era un símbolo. Era una herramienta compartida.
La música en el Imperio
Mientras tanto, fuera de esa biblioteca silenciosa, el Imperio seguía avanzando con naturalidad.
Algunas escuelas —especialmente las de ciudades grandes y medianas— ya enseñaban música como parte de la formación general. No como espectáculo, sino como disciplina: oído, ritmo, proporción, constancia.
Los instrumentos venían de muchos lugares:
•Europa
•mundo islámico
•Asia
•talleres imperiales propios
La música no pertenecía a una sola tradición. Era sincrética, como casi todo en el Imperio.
Tēcuani observaba ese proceso con atención distante.
En la familia imperial ya existían diez pianos, todos distintos. Cada uno había servido como prueba: ajustes en cuerdas, mejoras en la estructura, cambios en la resonancia. Ninguno era definitivo. Todos enseñaban algo.
La idea comenzó a tomar forma lentamente.
No hacer pianos para exhibición.
No hacerlos solo para la élite.
Sino producirlos de forma controlada, resistente, pensada para el uso educativo.
—No todas las escuelas —pensó—.
—Pero sí casi todas.
La música, entendida así, no era lujo. Era una forma de educación transversal: matemática, paciencia, coordinación, sensibilidad.
Pensar sin intervenir
Tēcuani no emitió decretos. No llamó a funcionarios. No apresuró decisiones.
Anotó ideas. Comparó fuentes. Cruzó conocimientos del mundo islámico con teorías europeas y observaciones asiáticas. Lo que no encajaba, se descartaba. Lo que funcionaba en varios contextos, se conservaba.
El Imperio tenía tiempo.
Y él también.
El retiro continúa
Tres años después de desaparecer de la vida pública, nadie lo necesitaba para que el Imperio siguiera funcionando. Las obras avanzaban. Las escuelas enseñaban. Los mercados operaban. La gente vivía.
Eso era exactamente lo que había querido.
Leyó otra página. Bebió otro sorbo de café con leche. Escuchó cómo, a lo lejos, alguien fallaba una nota y volvía a intentarlo.
—Esto —pensó— también es herencia.
—No imponer el ritmo…
—sino dejar que otros lo encuentren.
Y así, entre libros del mundo entero, música compartida y silencio elegido, el Imperio continuaba su curso…
mientras su fundador aprendía a existir sin ser visto.
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