EL INMORTAL - Capítulo 51
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 51: ENTRENAMIENTO
Año 1065 d.C. / Año 1015 del Sol
El Imperio seguía funcionando sin él.
Ese pensamiento, que en otro tiempo habría provocado inquietud o incluso miedo, ahora le producía una calma profunda. Tēcuani observaba los informes solo cuando los pedía, y aun entonces los leía como quien revisa un río desde la orilla: sin intentar cambiar su curso.
Aquella mañana, la biblioteca privada estaba bañada por una luz suave. El relleno del lago había cambiado el reflejo del sol; ya no había destellos constantes de agua abierta, sino una claridad más estable, más terrestre. La ciudad se estaba transformando incluso en su manera de iluminar los espacios.
Sobre la mesa había varios libros abiertos a la vez.
Uno provenía del mundo islámico, un tratado sobre ética del gobernante y responsabilidad colectiva. Otro, copiado en una escuela imperial, analizaba errores administrativos cometidos cincuenta años atrás y cómo se habían corregido. Un tercero, llegado de Asia, hablaba de la formación del carácter desde la infancia.
Tēcuani no los leía por separado. Los leía en conjunto.
Mientras tanto, el café con leche se enfriaba lentamente. No tenía prisa.
La educación como columna invisible
Había sido una decisión silenciosa, tomada generaciones atrás: invertir más en la formación que en la coerción. El resultado estaba frente a él, aunque no se viera de inmediato.
Los hijos de funcionarios, comerciantes y descendientes reales ya no crecían como castas aisladas. Crecían observados, evaluados, comparados. El Estado no los perseguía, pero tampoco los protegía en exceso.
Eso había creado algo inusual para la época:
jóvenes ambiciosos, sí, pero conscientes de que el linaje sin capacidad no bastaba.
Tēcuani pasó una página.
-El error de otros imperios -pensó- fue confundir estabilidad con rigidez.
En el Imperio, el entrenamiento no buscaba producir copias idénticas, sino competencias claras. Un hijo de comerciante podía terminar en la administración. Un descendiente real podía fracasar y quedar relegado a funciones menores. Eso no se veía como humillación, sino como orden.
El sonido del futuro
Desde la sala contigua llegó una melodía sencilla, algo torpe, repetitiva. Uno de los más jóvenes practicaba el piano. Se equivocaba, volvía atrás, insistía.
Tēcuani cerró el libro.
El piano, aquel instrumento nacido casi por accidente de su curiosidad y paciencia, se había convertido en algo más. No solo en la familia imperial: en algunas escuelas, la música ya se usaba para enseñar disciplina, proporción y constancia.
No había decretado que se hicieran pianos para el Imperio.
Había dejado que la idea madurara.
Ahora, con talleres estatales estables y artesanos formados, la pregunta no era si podían producirlos, sino cómo distribuirlos sin romper el equilibrio social.
-No como símbolo de estatus -se dijo-.
-Como herramienta.
Un Imperio que no depende de un rostro
En otra ala del castillo, algunos descendientes suyos entrenaban. No todos con armas; algunos con mapas, otros con números, otros con textos legales. Ninguno llevaba su nombre como escudo. Ninguno podía decir “soy intocable”.
Ese había sido el verdadero legado.
Tēcuani caminó lentamente por la biblioteca. Pasó junto a estanterías dedicadas al mundo islámico, a Europa, a Asia, al propio Imperio. No había una sección “superior”. Todas dialogaban.
El conocimiento no tenía centro geográfico.
Tenía continuidad.
El retiro no es ausencia
Tres años de retiro no lo habían borrado del todo, pero sí lo habían transformado en algo distinto. Para la mayoría, era ya una figura lejana, casi histórica. Para unos pocos -descendientes directos y funcionarios específicos- seguía siendo una presencia discreta, consultada solo cuando era necesario.
Y eso era suficiente.
Tēcuani se sentó al piano. Tocó unas notas bajas, profundas, sin melodía clara. No estaba componiendo. Estaba pensando con sonido.
-Que aprendan -pensó-.
-Que fallen.
-Que el Imperio no necesite mi mano para sostenerse.
Afuera, la capital seguía creciendo sobre tierra nueva.
Las escuelas seguían enseñando.
Los caminos seguían llenos de movimiento.
Y en ese equilibrio silencioso, el Imperio demostraba algo que pocos en el mundo podían entender todavía:
Que la verdadera fuerza no estaba en la conquista,
sino en formar a quienes vendrían después.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com