Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL INMORTAL - Capítulo 52

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL INMORTAL
  4. Capítulo 52 - Capítulo 52: AUSENCIA
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 52: AUSENCIA

Año 1065 d.C. / Año 1015 del Sol

El Imperio ya no pronunciaba su nombre.

No había decreto que lo prohibiera, ni orden escrita que lo borrara de los registros. Simplemente ocurrió. Con el paso de los años, los funcionarios dejaron de mencionarlo en voz alta; los cronistas lo desplazaron a prólogos y notas marginales; los maestros lo nombraban como se nombran las épocas fundacionales, no a los hombres vivos.

Y eso, para Tēcuani, era la señal más clara de que el retiro estaba funcionando.

Desde una galería alta del castillo —una de las zonas que aún conservaban vista parcial del lago y de la tierra nueva ganada al agua— observaba la ciudad en silencio. Las obras continuaban sin pausa, pero ya no se percibían como un proyecto excepcional. El relleno del lago se había vuelto rutina estatal, heredada de una generación a otra como si siempre hubiese sido así.

Las carretas avanzaban por caminos provisionales.

Los diques se reforzaban.

Las vigas, preparadas durante siglos, seguían siendo colocadas con una precisión que ya no necesitaba supervisión directa.

El Imperio sabía hacer lo que hacía.

La ausencia como estructura

En los archivos administrativos, su nombre aparecía cada vez menos. No por censura, sino por irrelevancia operativa. Las leyes funcionaban sin apelar a su figura. El ejército obedecía a la cadena de mando. Los bancos operaban con autonomía regulada. Las escuelas seguían formando generaciones completas sin necesidad de recordar quién había diseñado el sistema.

Tēcuani lo sabía: un Estado que necesita recordar constantemente a su fundador está condenado a estancarse.

Por eso no intervino cuando vio que algunos títulos honoríficos habían sido eliminados de documentos recientes. Tampoco cuando ciertos rituales antiguos se simplificaron. El Imperio no estaba olvidando su origen; lo estaba integrando.

La educación como frontera invisible

Aquella tarde, pidió informes —pocos, específicos— sobre la formación de los hijos de funcionarios y comerciantes. No nombres. No familias. Solo resultados.

Los números eran estables.

•Alfabetización sólida.

•Conocimientos matemáticos superiores a cualquier estándar europeo.

•Disciplina sin rigidez excesiva.

•Música integrada como formación, no como adorno.

Los pianos empezaban a aparecer en escuelas clave. No como símbolos de estatus, sino como instrumentos compartidos. No todos eran iguales. Algunos eran más simples, otros más robustos. Todos cumplían su función.

El sonido del piano ya no pertenecía a un palacio.

Pertenecía al Imperio.

Tēcuani cerró el informe sin firmarlo.

Una noche sin historia

Esa noche, cenó con sus esposas y algunos descendientes jóvenes. No hubo conversaciones sobre política. Hablaron de música, de libros nuevos llegados del mundo islámico, de una traducción asiática que había generado debate en una escuela del sur.

Uno de los niños preguntó por qué las ciudades eran tan distintas entre sí si todas pertenecían al mismo Imperio.

—Porque el orden no exige uniformidad —respondió Tēcuani sin pensar—.

—Exige reglas comunes y diferencias aceptadas.

Nadie anotó esa frase. Nadie la convirtió en doctrina. Y eso le pareció correcto.

El mundo más allá del Imperio

En Europa, los reinos seguían fragmentándose. En el mundo islámico, el conocimiento aún brillaba, pero la unidad política se debilitaba. En Asia, los equilibrios se desplazaban lentamente.

El Imperio lo sabía, pero no intervenía.

Mientras nadie interrumpiera sus rutas comerciales, mientras no se atacara a sus ciudadanos ni a sus mercados, el Imperio permanecía indiferente. No por debilidad, sino por cálculo.

La verdadera frontera no era territorial.

Era organizativa.

El peso del tiempo

Esa noche, Tēcuani volvió a la biblioteca privada. No buscó textos nuevos. Tomó un manuscrito imperial antiguo, uno de los primeros, donde se describía el caos de los años iniciales: hambre, improvisación, miedo.

Lo leyó sin nostalgia.

—Si hoy esto parece imposible —pensó—, es porque ya no vivimos en ese mundo.

El Imperio había superado la fase en la que dependía de individuos excepcionales. Ahora dependía de procesos, de rutinas, de educación sostenida.

Eso era más difícil de destruir.

Una decisión silenciosa

Antes de retirarse a descansar, pasó por la sala del piano. Tocó unas notas simples, casi infantiles. No buscaba melodía ni perfección. Solo confirmación.

El sonido era estable.

La estructura resistía.

—Todavía falta tiempo —pensó—.

—Pero ya no importa si yo estoy o no.

Afuera, la ciudad seguía creciendo sobre tierra que antes era agua.

El Imperio seguía expandiéndose sin conquistar.

La gente seguía viviendo sin saber que el hombre que lo había iniciado todo aún respiraba.

Y por primera vez desde que decidió retirarse, Tēcuani comprendió algo con absoluta claridad:

Había logrado desaparecer sin que el Imperio se detuviera.

Eso, más que cualquier conquista,

era su verdadera obra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo