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EL INMORTAL - Capítulo 53

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Capítulo 53: RETIRO

Año 1066 d.C. / Año 1016 del Sol

Cuarto año del retiro

El cuarto año fue distinto a los anteriores.

No por un hecho concreto, ni por una noticia extraordinaria, sino porque el Imperio empezó a olvidar sin esfuerzo. Ya no era un olvido forzado ni deliberado; era el olvido natural de aquello que deja de ser necesario para explicar el presente.

Tēcuani lo notó en los pequeños detalles.

Los informes que llegaban a la biblioteca privada ya no incluían referencias históricas largas. Antes, cada proyecto importante citaba decisiones antiguas, nombres, precedentes fundacionales. Ahora, los documentos hablaban de procedimientos, de normas vigentes, de datos actuales. El pasado estaba ahí, pero ya no necesitaba ser invocado para legitimar el presente.

Eso era una señal inequívoca de madurez estatal.

La biblioteca que ya no gira en torno a un hombre

La biblioteca privada seguía creciendo, aunque él ya no intervenía en su organización. Nuevos libros llegaban del mundo islámico -copias de Bagdad y Damasco-, tratados matemáticos y médicos. De Asia llegaban textos sobre astronomía, metalurgia fina y teoría musical. De Europa, crónicas, manuscritos legales y obras filosóficas.

Los escribas imperiales hacían su trabajo sin consultarlo.

Traducían. Comparaban. Anotaban discrepancias. Corregían errores.

El conocimiento entraba al Imperio como entra el agua a un sistema de riego bien diseñado: sin inundar, sin desperdicio.

Tēcuani se sentó a leer un tratado islámico sobre el tiempo y la responsabilidad humana. No lo leyó buscando respuestas políticas. Lo leyó como quien observa cómo otra civilización entiende el paso de las generaciones.

-Ellos también saben -pensó- que nada importante depende de un solo hombre.

La música como lenguaje común

Desde el ala oriental del castillo llegó el sonido de un piano. No era el principal, sino uno de los más simples. Alguien practicaba escalas con paciencia, equivocándose menos que meses atrás.

Los pianos ya no eran una rareza.

En varias ciudades grandes, las escuelas principales contaban con al menos uno. En las medianas, se compartían entre instituciones. No todos los alumnos aprendían a tocar bien, pero todos aprendían algo más importante: escuchar.

El Estado no había impuesto la música como obligación absoluta. Simplemente la había ofrecido como parte del aprendizaje completo. Eso bastó para que se integrara.

Tēcuani había decidido, finalmente, autorizar la producción regular. Talleres estatales, inspecciones estrictas, materiales duraderos. Nada de lujos excesivos. Nada de símbolos de estatus.

Instrumentos para durar generaciones.

El Imperio sin su fundador

Ese año, el Consejo Imperial aprobó una reforma administrativa menor. Nada revolucionario. Ajustes en rutas logísticas, redistribución de supervisores, cambios en la formación avanzada de ciertos funcionarios.

Nadie preguntó por él.

Nadie solicitó su aprobación.

Y nadie lo interpretó como una falta de respeto.

Era exactamente lo que debía ocurrir.

El ejército seguía entrenando con regularidad. Los caballeros patrullaban carreteras y fronteras sin alteraciones. Las reservas se mantenían listas. Las guarniciones del Caribe y del norte informaban con normalidad.

El Imperio estaba quieto en su poder, que era la forma más peligrosa y más estable de estarlo.

Una conversación breve

Esa noche, uno de sus descendientes -ya en edad de servicio- se sentó con él en la galería. No pidió consejo explícito. Habló de dudas, de responsabilidad, de la presión invisible que sentía por su apellido.

Tēcuani escuchó sin interrumpir.

-No intentes estar a la altura de nadie -dijo al final-.

-Intenta no ser una carga para el sistema.

No fue una lección heroica. Fue una advertencia práctica.

El joven asintió. No agradeció. No prometió nada. Se levantó y se fue.

Eso también era señal de un Imperio sano.

El lago que deja de ser lago

Desde la altura, la transformación del antiguo lago era evidente. Grandes extensiones ya eran tierra firme. Los diques temporales se convertían en estructuras permanentes. Los canales rectos reemplazaban antiguos cauces irregulares.

La ciudad ya no parecía una urbe sobre el agua.

Parecía una ciudad que había aprendido a dominarla.

Tēcuani sabía que no vería el final del proyecto. Y no le importaba. Lo importante era que nadie dudaba de que se completaría.

Eso era algo que ni los imperios más grandes del mundo podían asegurar.

Una certeza silenciosa

Al final del día, volvió a la biblioteca. Cerró un libro y no tomó otro. Se quedó sentado, escuchando los sonidos lejanos del castillo: pasos, voces bajas, música ocasional.

Cuatro años de retiro.

Y el mundo no se había detenido.

“Cuando un Estado funciona mejor sin ti,” pensó,

“es porque hiciste bien tu trabajo.”

El Imperio avanzaba.

La gente vivía.

Las generaciones nuevas crecían sin depender de su sombra.

Y en esa continuidad tranquila, Tēcuani entendió algo que no había comprendido ni en la conquista ni en la fundación:

El verdadero poder no es mandar.

Es hacerte innecesario sin que todo se derrumbe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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