EL INMORTAL - Capítulo 56
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Capítulo 56: RETIRO V
Año 1150 d.c / año 1100 del sol
El año 1100 del Sol comenzó con música.
Como cada inicio de ciclo, la capital celebró el Año Nuevo con fiestas abiertas, plazas llenas, mercados nocturnos y procesiones que recorrían los barrios antiguos y los nuevos, construidos sobre la tierra ganada al lago. No era una celebración religiosa estricta, ni tampoco puramente civil: era una afirmación colectiva de continuidad.
El Imperio celebraba porque seguía existiendo.
Porque el tiempo avanzaba.
Porque el orden permanecía.
Y porque nadie creía que el futuro dependiera de un solo nombre.
El Año Nuevo del Sol
Durante los primeros días del año, las ciudades se llenaron de colores. Hubo música en plazas, competencias simbólicas, comidas preparadas solo para esa ocasión. Las escuelas cerraron brevemente. Incluso los funcionarios y algunos cuerpos militares entraron en rotación festiva.
No era una fiesta desbordada ni caótica. Era alegre y disciplinada, como casi todo en el Imperio.
Tēcuani observó parte de la celebración desde la distancia, sin mezclarse. Escuchó la música llegar amortiguada hasta los corredores altos del castillo. No sintió rechazo ni nostalgia. Sintió algo más sereno: la certeza de que la vida seguía su curso natural.
Habían pasado cuatro años desde la muerte de sus esposas.
Y el mundo no se había detenido.
El Día de Muertos
Meses después, llegó el Día de Muertos.
No era una jornada de luto colectivo ni de silencio forzado. En el Imperio, esa fecha se vivía de manera distinta: familiar, cercana, sin dramatismo excesivo.
Las casas preparaban altares sencillos. Pan, comida, flores, objetos cotidianos. No para invocar a los muertos, sino para recordar que habían existido y que seguían siendo parte de la memoria viva.
No se enseñaba a llorar sin medida.
Tampoco a olvidar.
Se enseñaba a recordar sin romperse.
Los niños aprendían que los muertos no regresaban, pero tampoco desaparecían del todo. Seguían presentes en historias, gestos, costumbres. La tristeza era aceptada, pero no se permitía que se convirtiera en abandono de la vida.
Eso había sido así desde hacía generaciones.
Y por eso el Imperio no se quebraba con cada pérdida.
El mausoleo
Las esposas de Tēcuani descansaban juntas en el mausoleo, junto a la primera esposa. El lugar no se llenaba de visitantes en el Día de Muertos. No era un sitio de procesión pública. Era un espacio reservado, silencioso, protegido.
Tēcuani acudió ese día, solo.
No llevó flores ni comida. No porque no las recordara, sino porque sabía que la memoria no dependía de objetos. Permaneció allí largo tiempo, leyendo los nombres grabados en la piedra.
No hubo palabras rituales.
No hubo promesas.
Solo presencia.
El mausoleo no representaba una herida abierta. Representaba algo más estable: una parte cerrada de su vida.
Vivir con la pérdida
En el año 1100 del Sol, Tēcuani comprendía algo con claridad absoluta: la inmortalidad no hacía más intenso el dolor, pero sí exigía aprender a convivir con él sin permitir que definiera cada día.
No buscó reemplazos.
No buscó distracciones forzadas.
Sabía que, si algún día volvía a abrir su vida a alguien más, lo haría siglos después, cuando el recuerdo ya no doliera, sino que simplemente existiera.
Y eso estaba bien.
El Imperio celebra y continúa
Mientras él reflexionaba en silencio, el Imperio celebraba.
Los niños reían en las plazas.
Las familias compartían comida.
Los músicos tocaban instrumentos llegados de muchos lugares.
Los pianos -ya comunes en escuelas y algunos hogares- sonaban incluso en celebraciones públicas. La música ya no era un lujo ni una rareza. Era parte de la vida diaria.
El Imperio había aprendido algo que pocos Estados lograban: honrar a los muertos sin vivir para ellos.
Una última certeza
Esa noche, Tēcuani regresó a la biblioteca privada. Abrió un libro antiguo y lo cerró sin leer. No lo necesitaba.
Desde la distancia, escuchó risas apagadas, música lejana, voces celebrando el nuevo ciclo del Sol.
-No me han olvidado -pensó-.
-Solo aprendieron a seguir adelante.
Y comprendió que eso no era abandono.
Era madurez.
El Imperio celebraba el año nuevo.
Recordaba a sus muertos sin hundirse en la pena.
Y avanzaba, firme, sin depender de su fundador.
En el año 1100 del Sol, Tēcuani no gobernaba, no enseñaba, no dirigía.
Pero por primera vez, entendió que había dejado algo aún más valioso que un imperio poderoso:
Un pueblo capaz de recordar, celebrar y vivir al mismo tiempo.
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