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EL INMORTAL - Capítulo 57

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Capítulo 57: RETIRO Vl

Año 1101 del Sol / 1151 d.C.

Décadas después del retiro

El año 1101 del Sol pasó sin dejar marcas visibles.

No fue un año que los cronistas señalaran con tinta especial ni uno que los funcionarios recordaran por decisiones extraordinarias. En los registros del Imperio aparecería como una línea más entre muchas: producción estable, comercio constante, obras públicas avanzando según lo previsto.

Para la mayoría, fue simplemente un buen año.

Para Tēcuani, fue la confirmación de algo que había aprendido lentamente a aceptar: el mundo ya no necesitaba ser observado para seguir funcionando.

El silencio como estado natural

Desde hacía tiempo, Tēcuani había dejado de pedir informes con regularidad. No por desinterés, sino porque ya no los requería para entender el pulso del Imperio. Cuando algo importante ocurría, el sistema reaccionaba. Cuando algo menor fallaba, se corregía sin ruido.

Ese equilibrio no era producto del azar.

Era el resultado de generaciones educadas para sostener procesos, no para depender de voluntades excepcionales.

Pasó largas horas en la biblioteca privada sin tocar un solo libro. No porque no hubiera nada que leer, sino porque había aprendido que no todo momento debía llenarse de actividad. El conocimiento ya estaba ahí, disponible cuando fuera necesario.

El resto del tiempo, bastaba con existir.

Un Imperio que se explica solo

En una visita discreta a la biblioteca mayor -ya demasiado grande para depender de una sola mente- observó a un grupo de estudiantes discutir un texto antiguo del Imperio. No era un libro prestigioso ni una obra extranjera; era un manuscrito temprano, lleno de errores y correcciones.

-Aquí fallaron -decía uno, señalando un pasaje.

-Y aquí aprendieron -respondía otro.

No repetían frases de memoria.

No defendían el texto por respeto.

Lo analizaban.

Ninguno mencionó su nombre.

Tēcuani se retiró sin ser notado. No sintió orgullo ni incomodidad. Sintió algo más profundo: tranquilidad. El conocimiento ya no necesitaba legitimarse a través de figuras fundacionales.

Circulaba libremente.

Las generaciones que no miran atrás

Muchos de sus descendientes ya no lo veían como una figura central. Sabían quién era, conocían su lugar en la historia, pero no esperaban orientación constante ni aprobación. Algunos ya tenían hijos propios, para quienes Tēcuani era poco más que un anciano distante, respetado pero abstracto.

Eso no era descuido.

Era diseño.

Él no corregía errores menores ni intervenía en disputas internas. Sabía que la sobrepresencia de una figura inmortal podía ser tan dañina como su ausencia total.

El Imperio debía pertenecer a quienes lo vivían, no a quien lo había iniciado.

La memoria integrada

Ese año visitó el mausoleo solo una vez.

No lo hizo en una fecha ritual ni durante una festividad. Fue una visita breve, casi cotidiana. Leyó los nombres grabados en la piedra sin detenerse demasiado. No hubo dolor agudo, ni necesidad de quedarse más tiempo.

El duelo ya no dominaba sus días.

No porque el recuerdo se hubiera debilitado, sino porque había encontrado su lugar: integrado, no ausente.

La pérdida no había desaparecido.

Solo había dejado de exigir atención constante.

La ciudad sin agua

Desde los niveles altos del castillo, la capital se extendía sólida y ordenada. El antiguo lago apenas sobrevivía en zonas protegidas, cuidadosamente delimitadas. Para la mayoría de los habitantes, el agua era algo que había existido en el pasado, no una presencia cotidiana.

Los barrios construidos sobre tierra ganada ya tenían generaciones nacidas y criadas allí. Las calles, los árboles, los mercados, todo parecía natural, como si siempre hubiera sido así.

Ese era el mayor triunfo del proyecto: hacer que lo extraordinario pareciera normal.

El mundo más allá

Las noticias del exterior seguían llegando sin urgencia.

Europa avanzaba lentamente, aún fragmentada.

El mundo islámico mantenía su producción intelectual, aunque su unidad política se dispersaba.

Asia seguía siendo vasta, compleja y distante.

Nada de eso exigía reacción inmediata.

El Imperio observaba, comerciaba, aprendía… y esperaba.

No por miedo.

Por cálculo.

Una certeza final

Esa noche, Tēcuani cerró la biblioteca privada temprano. No tomó un libro. No tocó el piano. Se sentó en silencio, escuchando los sonidos lejanos de la ciudad: pasos, voces, música apagada.

Y comprendió algo con una claridad que solo el tiempo concede:

Hay obras que, cuando están bien hechas,

continúan incluso cuando nadie las vigila.

El Imperio era una de ellas.

En el año 1101 del Sol / 1151 d.C., Tēcuani no dejó nuevas huellas. No inició proyectos ni corrigió rumbos. No fue necesario.

El mundo siguió avanzando.

Porque lo verdaderamente duradero

no depende de la presencia constante de su creador,

sino de la solidez con la que fue construido desde el inicio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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