EL INMORTAL - Capítulo 58
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Capítulo 58: RETIRO Vll
Año 1151 d.C. / Año 1101 del Sol
La biblioteca privada de la familia imperial estaba en silencio.
No un silencio vacío, sino uno cargado de siglos. El sonido más fuerte era el leve roce de las hojas al pasar y, a intervalos, el golpeteo suave de una taza de cerámica al volver a la mesa.
El protagonista estaba sentado frente a una mesa amplia, hecha de madera oscura reforzada con metal interno. Sobre ella había libros del Imperio, de Europa, del mundo islámico y de Asia. Algunos originales, muchos copias cuidadosamente preservadas. Todos catalogados.
Leía sin prisa.
Ya no tenía la urgencia de los primeros siglos, cuando cada decisión era supervivencia. Ahora leía para ordenar, para ver patrones, para confirmar que el Imperio había llegado a un punto que él había imaginado… pero nunca visto con sus propios ojos.
La educación.
Ese había sido siempre el verdadero cimiento.
La reforma ya no era un experimento
Cincuenta años atrás, cuando se propuso separar la educación en escuela baja, media, alta y universidad formal, muchos pensaron que era innecesario. El sistema anterior ya funcionaba. El pueblo sabía leer, escribir, calcular. Los funcionarios eran competentes. El ejército estaba disciplinado.
Pero el protagonista había visto algo más.
Había visto el límite.
Sin una estructura clara, el conocimiento se acumulaba… pero no fluía de forma ordenada. Los jóvenes talentosos se perdían. Otros llegaban demasiado pronto a temas que no estaban preparados para entender. El saber, sin escalones, se volvía peligroso.
La prueba piloto, iniciada en una región cuidadosamente elegida, había demostrado lo contrario de lo que temían los conservadores.
Los niños aprendían mejor cuando no se les exigía antes de tiempo.
Los adolescentes encontraban dirección cuando se les daba opción.
Los adultos jóvenes entraban a los oficios o a la universidad con disciplina y propósito, no por accidente.
Por eso, cuando el sistema se aplicó a todo el Imperio, no hubo resistencia real.
Solo adaptación.
El Imperio educado
Ahora, en el año 1101 del Sol, el resultado era visible incluso sin estadísticas.
Las ciudades estaban llenas de jóvenes que sabían hablar con propiedad, discutir sin gritar, escribir sin errores graves. En los talleres, los aprendices entendían no solo cómo hacer algo, sino por qué funcionaba.
En los campos, los agricultores sabían leer calendarios complejos, ajustar cultivos, registrar rendimientos.
En el ejército, los soldados entendían órdenes escritas, mapas, logística básica.
El Imperio ya no era solo grande.
Era consciente.
Escuela baja: el idioma común
La escuela baja había cumplido su función más importante: unificar.
No borrar las lenguas regionales -eso nunca fue el objetivo- sino asegurar que todos compartieran una lengua común, una forma compartida de pensar el tiempo, el número y la ley.
Los niños aprendían historia imperial no como propaganda, sino como continuidad. Sabían que el Imperio había cambiado, que había errores registrados, que nada había sido perfecto.
Eso, para el protagonista, era esencial.
Un pueblo que cree que siempre ha sido perfecto se vuelve frágil.
Escuela media: la bifurcación
La escuela media, obligatoria hasta los dieciocho años, era donde el Imperio se volvía verdaderamente fuerte.
Allí los jóvenes empezaban a diferenciarse:
•unos hacia los oficios
•otros hacia la administración
•otros hacia la ciencia
•otros hacia el ejército
•otros hacia el arte
No se forzaba una igualdad artificial.
Se ordenaba la diferencia
Los maestros no eran solo instructores. Eran observadores. Detectaban talento, carácter, resistencia mental. Informaban al Estado, no para controlar, sino para no desperdiciar capacidades.
Escuela alta y universidad: el filtro final
La escuela alta no era para todos, pero ya no era un privilegio raro. Miles de jóvenes entraban cada año. De ahí, solo una parte llegaba a la universidad formal.
Y la universidad… no era un lugar romántico.
Era dura.
Exigente.
Controlada.
Allí no se formaban soñadores sin rumbo, sino personas capaces de sostener el Imperio cuando los fundadores ya no estuvieran.
El protagonista cerró el libro que tenía entre manos.
Era un tratado reciente, escrito por un académico imperial que nunca lo había conocido en persona. No lo citaba. No lo veneraba. Simplemente construía sobre ideas antiguas como si fueran parte natural del mundo.
Eso le provocó una leve sonrisa.
La mayor victoria
Había ganado guerras.
Había fundado ciudades.
Había visto morir imperios ajenos y nacer el suyo
.
Pero nada de eso le parecía tan importante como esto:
El Imperio ya no lo necesitaba para pensar.
Ese era el verdadero éxito.
El conocimiento estaba estructurado. Transmitido. Protegido.
No dependía de un solo hombre inmortal.
El protagonista bebió otro sorbo de café con leche, dejó la taza a un lado y se levantó.
Afuera, el Imperio seguía creciendo.
Y por primera vez en siglos, podía hacerlo sin mirarlo constantemente hacia atrás.
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