EL INMORTAL - Capítulo 60
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 60: CRISTÓBAL COLÓN
Año 1492 d.C. / Año 1442 del Sol
(Punto de vista: Cristóbal Colón)
El río era ancho. Demasiado ancho.
No era el tipo de río que uno espera encontrar tras cruzar un océano creyendo haber llegado a islas periféricas, a pueblos sin orden ni ley. A cada milla que avanzábamos tierra adentro, mi certeza inicial se resquebrajaba como madera húmeda bajo presión.
Había muelles.
No improvisados, no de troncos mal alineados. Muelles de piedra trabajada, con marcas grabadas, símbolos de carga, destinos señalados con una precisión que solo había visto en los grandes puertos del Mediterráneo. Barcos mercantes entraban y salían con una regularidad que no correspondía a un territorio recién hallado.
Y no eran canoas.
Eran naves de casco profundo, velas bien cortadas, algunas armadas. Construidas para rutas largas, para comercio estable, no para ríos improvisados.
—Esto… —murmuró uno de mis hombres— esto no es tierra salvaje.
No respondí. Porque decirlo en voz alta lo habría vuelto definitivo.
Nos escoltaban.
No con hostilidad, pero tampoco con la ingenuidad de pueblos aislados. Dos naves imperiales navegaban a distancia constante: lo bastante cerca para observarnos, lo bastante lejos para no provocar. Jamás variaban su posición.
Como si supieran exactamente cuánto espacio necesitábamos para sentirnos vigilados.
Tierra adentro
La costa quedó atrás y el paisaje cambió.
Campos.
Campos extensos, ordenados con una lógica que reconocí al instante. Sistemas de riego, canales bien delimitados, depósitos de grano, caminos secundarios que conectaban granjas con rutas principales. Ganado en cantidades que solo había visto en las grandes zonas agrícolas de Castilla… y aun así, aquello era mayor.
Había caminos anchos, rectos, empedrados.
Carretas transitaban sin detenerse al vernos. Nadie huía. Nadie corría a esconderse. Algunos miraban con curiosidad, otros ni siquiera eso. Para ellos, nosotros éramos una rareza menor, no una amenaza.
Soldados
Los vi antes de llegar a la primera gran ciudad continental.
Infantería en formación. No improvisada, no tribal. Disciplina clara. Armamento uniforme: espadas bien forjadas, lanzas equilibradas, escudos sobrios. Arqueros con postura entrenada, no cazadores ocasionales.
Y caballería.
Caballería en una tierra que, según nuestros mapas, no debía conocer al caballo en esa forma. Jinetes firmes, monturas poderosas, movimientos coordinados. Nada de ostentación: ni oro, ni joyas. Solo utilidad.
Eso era lo inquietante.
—Almirante… —susurró un oficial— si esto es una provincia… ¿qué será el centro?
No respondí. Porque yo pensaba lo mismo.
La capital
Cuando la vi, comprendí que ningún informe sería suficiente.
La ciudad no era un caos de crecimiento accidental. Era un diseño. Distritos bien definidos, amplios espacios abiertos, parques, edificios administrativos de piedra clara. Torres de observación. Murallas que no gritaban guerra, pero la prometían si era necesario.
Al fondo, separadas y protegidas, estructuras antiguas: pirámides preservadas como si el pasado hubiese sido apartado deliberadamente para no estorbar al presente.
Entramos por una avenida tan amplia que dos procesiones reales podrían marchar en sentidos opuestos sin tocarse.
—Esto no es Asia —pensé—. Y no es Europa.
Es otra cosa.
Una espera calculada
No fui llevado ante un rey de inmediato.
Primero vinieron los registros. Nombres. Origen. Intención. Carga. Tripulación. Todo anotado por escribanos que hablaban un castellano correcto, aprendido, pulido.
Luego alojamiento. Vigilado, cómodo, digno.
Pasaron días antes de que comprendiera la verdad más inquietante:
No éramos el evento del siglo.
Éramos un suceso previsto.
Comprensión
Desde una terraza elevada observé la ciudad extenderse hasta donde alcanzaba la vista. Ríos canalizados. Barrios dedicados a oficios. Plazas capaces de reunir multitudes mayores que cualquier ciudad que conociera en Europa. Edificios que albergaban bibliotecas, escuelas, administración.
Y entonces lo entendí.
Este imperio no había nacido ayer.
No había crecido por accidente.
Y no estaba improvisando su futuro.
Europa no había descubierto America.
Europa había llegado tarde a un mundo que ya se conocía a sí mismo.
Esa noche, al escribir en mi cuaderno, dudé por primera vez de mi misión.
Porque llevar esta verdad de regreso…
podría cambiarlo todo.
Y no estaba seguro de que Europa estuviera preparada para oírla.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com