Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

EL INMORTAL - Capítulo 61

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL INMORTAL
  4. Capítulo 61 - Capítulo 61: CRISTÓBAL COLÓN ll
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 61: CRISTÓBAL COLÓN ll

Año 1492 d.C. / Año 1442 del Sol

(Punto de vista: Cristóbal Colón)

No fui escoltado con cadenas.

Eso fue lo primero que me desarmó.

Al amanecer del tercer día en la capital, un funcionario imperial —vestido con sobriedad, sin joyas, sin armas visibles— me informó que podía salir a recorrer la ciudad. Mis hombres y yo. Con una sola condición: no entrar en edificios administrativos, zonas protegidas ni recintos estatales. Todo lo demás estaba permitido.

—¿Y si nos perdemos? —pregunté, midiendo su reacción.

El hombre sonrió apenas.

—No se perderán. Las calles están numeradas.

No supe qué responder.

La ciudad que no se esconde

Caminamos.

No por callejones estrechos, sino por avenidas amplias donde la gente transitaba sin mirarnos con temor. Había vendedores, artesanos, escribanos, aprendices. El murmullo no era caótico: era constante, como el de una ciudad que funciona incluso cuando nadie la observa.

Vi herrerías abiertas.

No talleres miserables, sino espacios amplios, ventilados, donde hombres y mujeres trabajaban acero con una precisión que jamás había visto fuera de los mejores gremios europeos. No improvisaban. Medían. Registraban. Clasificaban.

Un joven sostenía una hoja de metal mientras un maestro ajustaba el filo. Otro anotaba algo en una tablilla.

—¿Por qué tanto cuidado? —pregunté, mediante el intérprete.

—Porque una espada mal hecha mata a quien la porta —respondió el maestro sin levantar la vista—. Y eso es imperdonable.

Anoté esa frase. No por su crudeza, sino por su lógica.

Escuelas sin muros sagrados

Pasamos junto a edificios que no parecían iglesias ni palacios. Eran sólidos, sencillos. De sus patios salían voces jóvenes. No rezos. Lectura.

Niños y adolescentes repetían fórmulas, palabras, fechas. No en latín, sino en una lengua común que, según me explicaron, todos debían aprender, sin importar su origen.

—¿Todos estudian? —pregunté.

—Todos los que pueden caminar hasta aquí —respondió el funcionario—. Y a quienes no pueden, se les enseña en casa.

Observé a un grupo resolviendo problemas con piedras marcadas, otro leyendo en voz alta, otro dibujando figuras geométricas en el suelo.

Aquello me incomodó más que cualquier cañón.

La biblioteca

No estaba en el centro del poder político.

Eso también fue extraño.

La biblioteca se alzaba en un distrito tranquilo, rodeada de jardines y caminos de piedra. No tenía torres defensivas visibles, pero el aire era distinto. Guardias discretos, atentos, inmóviles como estatuas vivas, observaban sin observar.

No nos registraron armas —porque no llevábamos—, pero sí nombres.

Entré.

Y el mundo se hizo pequeño.

Libros que no deberían estar allí

Estanterías interminables. No decorativas. Usadas.

Pergaminos, códices, libros encuadernados. Algunos claramente europeos. Otros islámicos. Algunos escritos en caracteres que no reconocí. Había mapas. Diagramas. Tablas astronómicas. Tratados de agricultura, medicina, mecánica.

—¿De dónde provienen? —pregunté, con un nudo en la garganta.

—De donde haya conocimiento —respondió el bibliotecario—. Si es útil, se copia. Si es valioso, se conserva.

Tomé un libro.

Era latino. Un texto que reconocí vagamente. Había sido copiado con cuidado, con anotaciones marginales… correcciones.

—Este texto… —dije— en Europa se estudia de otra manera.

El bibliotecario asintió.

—Aquí se compara.

No discutían a Aristóteles con reverencia ciega.

Lo analizaban.

Lo corregían.

Eso era impensable.

Mapas

Vi mapas del mundo.

No solo de estas tierras, sino de Europa. África. Partes de Asia. Costas que reconocí. Otras que no.

Algunos estaban incompletos, otros corregidos.

—¿Desde cuándo conocen estas tierras? —pregunté, señalando el Mediterráneo.

—Desde hace generaciones —respondió—. No en persona. En palabras. En libros. En viajeros que no regresaron.

Sentí frío.

Comprensión tardía

Salimos de la biblioteca cuando el sol comenzaba a descender.

Caminamos en silencio.

Por primera vez desde que zarpé de Palos, entendí algo con claridad absoluta:

Este imperio no necesitaba conquistarnos.

No necesitaba evangelizarnos.

Ni siquiera necesitaba mostrarse.

Europa no era un misterio para ellos.

Europa era un capítulo más en una estantería.

Esa noche escribí menos de lo habitual en mi cuaderno.

Porque algunas verdades, si se escriben, ya no pueden desmentirse.

Y supe que, cuando regresara, nadie me creería.

O peor aún…

Me creerían demasiado tarde.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo