Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL INMORTAL - Capítulo 62

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL INMORTAL
  4. Capítulo 62 - Capítulo 62: CRISTÓBAL COLÓN lll
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 62: CRISTÓBAL COLÓN lll

Año 1492 d.C. / Año 1442 del Sol

(Punto de vista: Cristóbal Colón)

Dormí mal.

No por miedo, ni por amenaza alguna. Dormí mal porque mi mente no podía ordenar lo que había visto. Cada vez que cerraba los ojos, regresaban las estanterías interminables, los mapas corregidos, los libros islámicos junto a textos latinos, tratados que en Europa solo unos pocos monasterios custodian… aquí, abiertos al estudio.

Al amanecer, entendí algo incómodo:

no estaba en una tierra “nueva”.

Yo era el recién llegado.

La invitación

La citación no fue solemne.

No hubo trompetas ni formaciones militares. Un funcionario imperial se presentó con una tablilla sellada y una inclinación de cabeza.

—Se le concede audiencia limitada —dijo—. No con el Emperador.

No ocultó nada. No intentó suavizarlo.

—¿Con quién, entonces? —pregunté.

—Con quienes hablan en su nombre.

Esa frase me pesó más que cualquier negativa.

El edificio que no presume

La audiencia tuvo lugar en un recinto administrativo cercano al centro de la nueva capital. No era un palacio. No tenía columnas ostentosas ni muros recubiertos de oro. Era funcional. Sólido. Diseñado para durar siglos, no para impresionar visitas.

Dentro, el silencio era absoluto.

No un silencio tenso, sino uno disciplinado.

Tres hombres y una mujer me esperaban sentados alrededor de una mesa de madera oscura. Ninguno llevaba corona. Ninguno vestía como noble europeo. Todos portaban insignias simples, idénticas en forma, distintas en color.

—Cristóbal Colón —dijo uno de ellos—. Navegante al servicio de los Reyes de Castilla.

No era una pregunta.

—Así es —respondí.

—Ha llegado a territorio del Imperio Mexicano sin hostilidad —continuó—. Sus naves han sido escoltadas, no detenidas. Sus hombres han sido alimentados. Se le ha permitido observar.

Hizo una pausa.

—Ahora deseamos escuchar.

Hablar… y medir cada palabra

Expliqué mi viaje.

El patrocinio.

La intención de encontrar una ruta occidental hacia Asia.

La sorpresa al hallar estas tierras.

No exageré. No adorné. No mentí.

Mientras hablaba, uno escribía. Otro observaba mis manos. La mujer no apartaba la vista de mis ojos.

—Europa cree que estas tierras son nuevas —dije finalmente—. Ignoradas. Vacías de civilización comparable.

No me interrumpieron.

—Y ahora —añadí— sé que esa creencia es falsa.

El escribano levantó la vista.

—¿Qué hará con ese conocimiento?

La pregunta me desarmó.

La pregunta que no esperaba

—Cuando regrese —dijo la mujer—, ¿qué contará?

Pensé en los Reyes Católicos.

En las cortes europeas.

En la Iglesia.

Pensé en el oro… y en el miedo.

—Contaré lo que me permitan creer —respondí al fin—. Porque si digo toda la verdad… nadie la aceptará.

El hombre de la insignia azul asintió lentamente.

—Eso es sensato.

No aprobatorio. No condescendiente. Simplemente… realista.

El Imperio no negocia su existencia

—Debe entender algo, Colón —dijo el que parecía presidir—. El Imperio no busca guerra con Europa. Tampoco busca alianza.

—¿Entonces qué buscan? —pregunté.

—Estabilidad.

Pronunció la palabra como si fuese una ley natural.

—Hemos existido durante siglos sin necesidad de ser reconocidos. El mundo puede descubrirnos… o ignorarnos. Ambas opciones nos son indiferentes, siempre que no se nos intente imponer nada.

Sentí un escalofrío.

No hablaban como una potencia emergente.

Hablaban como algo que ya había sobrevivido a imperios.

La advertencia elegante

—Usted volverá a Europa —continuó—. Dirá que ha hallado tierras pobladas, organizadas, poderosas. Dirá que no son fáciles de someter.

Hizo una pausa deliberada.

—Si exagera, no le creerán.

Si minimiza, volverán… y aprenderán tarde.

No fue una amenaza.

Fue una constatación.

Al salir

Cuando la audiencia terminó, no me escoltaron fuera. Simplemente se levantaron, inclinaron la cabeza y regresaron a su trabajo.

Salí solo.

La ciudad seguía funcionando. Los mercados abiertos. Las escuelas en actividad. Los guardias inmóviles, atentos, pero no tensos.

Comprendí entonces algo definitivo:

El centro del poder no era el Emperador.

Ni el ejército.

Ni siquiera el tesoro.

Era la continuidad.

Entrada privada en mi diario

“Estas tierras no pueden ser conquistadas como otras.

No porque sean inexpugnables,

sino porque no necesitan probar nada.

Si Europa viene con espada, encontrará muros.

Si viene con cruz, encontrará preguntas.

Y si viene con ambición…

encontrará algo que no sabrá nombrar.”

Cerré el cuaderno.

Por primera vez desde que me hice a la mar, sentí que no era yo quien había descubierto un mundo.

Era el mundo el que había decidido tolerarme.

Año 1492 d.C. / Año 1442 del Sol

(Punto de vista: Cristóbal Colón y la tripulación)

Nunca pensé que el silencio pudiera pesar tanto.

No era el silencio del mar en calma ni el de una noche sin viento. Era el silencio de hombres que miran algo que no encaja con todo lo que les han enseñado desde niños.

Los mapas estaban extendidos sobre la mesa.

No uno.

No dos.

Decenas.

Algunos eran de pergamino antiguo, otros de hojas más finas, resistentes, extrañas al tacto. Había tintas de distintos colores, símbolos geométricos, anotaciones en varias lenguas. Latín, árabe, caracteres que ninguno de nosotros podía leer, y otros que parecían versiones estilizadas de lenguas indígenas.

—Esto… —murmuró Martín Alonso Pinzón— no es posible.

Un continente completo

El funcionario imperial que nos acompañaba no hablaba. Solo observaba, con las manos cruzadas detrás de la espalda, mientras nosotros recorríamos con los dedos el trazo de costas interminables.

El continente entero estaba ahí.

Desde las tierras heladas del norte —marcadas como regiones aún poco exploradas— hasta el extremo sur, donde los mapas advertían mares violentos y corrientes traicioneras. Las islas del Caribe estaban nombradas una por una. No como “descubrimientos”, sino como provincias.

—Esto no es un mapa de exploración —dije en voz baja—. Es un mapa administrativo.

Nadie me contradijo.

Había rutas marcadas. Caminos terrestres. Puertos. Zonas agrícolas. Regiones protegidas. Incluso áreas señaladas como reservas naturales.

—¿Desde cuándo existe esto? —preguntó uno de mis pilotos.

El funcionario respondió con calma:

—Desde antes de que sus reinos aprendieran a cruzar el océano con regularidad.

El territorio imperial

Nos señalaron el territorio bajo control directo del Imperio.

No era una franja costera.

No eran enclaves dispersos.

Era un bloque continuo.

Todo lo que hoy llamaríamos México.

Toda Centroamérica.

Las islas del Caribe.

Y vastas regiones al norte, más allá de lo que cualquier europeo ha cartografiado con precisión.

—¿Todo esto obedece a un solo poder? —pregunté.

—A una sola ley —corrigió el funcionario—. El poder es compartido. La ley no.

Sentí un nudo en el estómago.

En Europa, ni el Papa ni el Emperador podían decir eso sin mentir.

Los números que rompieron el aire

Luego llegaron los registros.

Tablas. Censos. Anotaciones periódicas.

Población total del Imperio: cifras que superaban, con holgura, a cualquier reino europeo individual.

—Esto… —susurró un marinero— esto es más gente que Castilla.

—Y que Portugal —añadió otro.

No estaban alardeando. Los números estaban escritos con frialdad matemática. Nacimientos, defunciones, migraciones internas, reasentamientos. Todo fechado, todo verificado.

—¿Cómo mantienen unido algo así? —pregunté.

El funcionario nos miró por primera vez directamente.

—Educación, caminos y comida —dijo—. El resto viene solo.

Historia escrita, no cantada

Nos mostraron crónicas.

No leyendas orales.

No mitos fragmentados.

Historia.

Guerras fechadas. Reformas administrativas. Periodos de expansión y de contención. Errores reconocidos. Epidemias documentadas. Decisiones políticas explicadas con consecuencias a largo plazo.

—Aquí —dije señalando una anotación— habla de una peste… y de cómo la contuvieron.

—Sí —respondió—. Aprendimos que ocultar la verdad mata más que la enfermedad.

Pensé en Europa. En las ciudades que esconden cadáveres para no afectar el comercio. En los reyes que rezan en lugar de cerrar puertos.

Sentí vergüenza.

La tripulación empieza a entender

Esa noche, de regreso a nuestras naves, nadie cantó.

—Almirante —me dijo uno de los marineros—… ¿qué somos aquí?

La pregunta me golpeó más que cualquier tormenta.

—Visitantes —respondí al fin—. Y nada más.

—¿Y si vuelven los nuestros con armas? —insistió.

Miré hacia la ciudad iluminada, ordenada, viva.

—Entonces —dije—, aprenderán lo que significa atacar algo que no necesita probar que existe.

Última anotación del día

“Estos mapas no muestran tierras nuevas.

Muestran un mundo que eligió crecer sin nosotros.

Si Europa insiste en llamarlo salvaje,

será porque no soporta verse reflejada en él.”

Cerré el cuaderno.

Por primera vez desde que partí, comprendí que el viaje no había sido para encontrar riquezas.

Había sido para enfrentar una verdad incómoda:

El centro del mundo nunca estuvo donde creímos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo