EL INMORTAL - Capítulo 63
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Capítulo 63: CRISTÓBAL COLÓN lV
Año 1492 d.C. / Año 1442 del Sol
(Punto de vista: Cristóbal Colón y la tripulación)
Nunca pensé que el silencio pudiera pesar tanto.
No era el silencio del mar en calma ni el de una noche sin viento. Era el silencio de hombres que miran algo que no encaja con todo lo que les han enseñado desde niños.
Los mapas estaban extendidos sobre la mesa.
No uno.
No dos.
Decenas.
Algunos eran de pergamino antiguo, otros de hojas más finas, resistentes, extrañas al tacto. Había tintas de distintos colores, símbolos geométricos, anotaciones en varias lenguas. Latín, árabe, caracteres que ninguno de nosotros podía leer, y otros que parecían versiones estilizadas de lenguas indígenas.
—Esto… —murmuró Martín Alonso Pinzón— no es posible.
Un continente completo
El funcionario imperial que nos acompañaba no hablaba. Solo observaba, con las manos cruzadas detrás de la espalda, mientras nosotros recorríamos con los dedos el trazo de costas interminables.
El continente entero estaba ahí.
Desde las tierras heladas del norte —marcadas como regiones aún poco exploradas— hasta el extremo sur, donde los mapas advertían mares violentos y corrientes traicioneras. Las islas del Caribe estaban nombradas una por una. No como “descubrimientos”, sino como provincias.
—Esto no es un mapa de exploración —dije en voz baja—. Es un mapa administrativo.
Nadie me contradijo.
Había rutas marcadas. Caminos terrestres. Puertos. Zonas agrícolas. Regiones protegidas. Incluso áreas señaladas como reservas naturales.
—¿Desde cuándo existe esto? —preguntó uno de mis pilotos.
El funcionario respondió con calma:
—Desde antes de que sus reinos aprendieran a cruzar el océano con regularidad.
El territorio imperial
Nos señalaron el territorio bajo control directo del Imperio.
No era una franja costera.
No eran enclaves dispersos.
Era un bloque continuo.
Todo lo que hoy llamaríamos México.
Toda Centroamérica.
Las islas del Caribe.
Y vastas regiones al norte, más allá de lo que cualquier europeo ha cartografiado con precisión.
—¿Todo esto obedece a un solo poder? —pregunté.
—A una sola ley —corrigió el funcionario—. El poder es compartido. La ley no.
Sentí un nudo en el estómago.
En Europa, ni el Papa ni el Emperador podían decir eso sin mentir.
Los números que rompieron el aire
Luego llegaron los registros.
Tablas. Censos. Anotaciones periódicas.
Población total del Imperio: cifras que superaban, con holgura, a cualquier reino europeo individual.
—Esto… —susurró un marinero— esto es más gente que Castilla.
—Y que Portugal —añadió otro.
No estaban alardeando. Los números estaban escritos con frialdad matemática. Nacimientos, defunciones, migraciones internas, reasentamientos. Todo fechado, todo verificado.
—¿Cómo mantienen unido algo así? —pregunté.
El funcionario nos miró por primera vez directamente.
—Educación, caminos y comida —dijo—. El resto viene solo.
Historia escrita, no cantada
Nos mostraron crónicas.
No leyendas orales.
No mitos fragmentados.
Historia.
Guerras fechadas. Reformas administrativas. Periodos de expansión y de contención. Errores reconocidos. Epidemias documentadas. Decisiones políticas explicadas con consecuencias a largo plazo.
—Aquí —dije señalando una anotación— habla de una peste… y de cómo la contuvieron.
—Sí —respondió—. Aprendimos que ocultar la verdad mata más que la enfermedad.
Pensé en Europa. En las ciudades que esconden cadáveres para no afectar el comercio. En los reyes que rezan en lugar de cerrar puertos.
Sentí vergüenza.
La tripulación empieza a entender
Esa noche, de regreso a nuestras naves, nadie cantó.
—Almirante —me dijo uno de los marineros—… ¿qué somos aquí?
La pregunta me golpeó más que cualquier tormenta.
—Visitantes —respondí al fin—. Y nada más.
—¿Y si vuelven los nuestros con armas? —insistió.
Miré hacia la ciudad iluminada, ordenada, viva.
—Entonces —dije—, aprenderán lo que significa atacar algo que no necesita probar que existe.
Última anotación del día
“Estos mapas no muestran tierras nuevas.
Muestran un mundo que eligió crecer sin nosotros.
Si Europa insiste en llamarlo salvaje,
será porque no soporta verse reflejada en él.”
Cerré el cuaderno.
Por primera vez desde que partí, comprendí que el viaje no había sido para encontrar riquezas.
Había sido para enfrentar una verdad incómoda:
El centro del mundo nunca estuvo donde creímos.
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