EL INMORTAL - Capítulo 64
- Inicio
- Todas las novelas
- EL INMORTAL
- Capítulo 64 - Capítulo 64: CRISTÓBAL COLÓN V
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 64: CRISTÓBAL COLÓN V
Año 1493 d.C. / año 1443 del Sol
(Punto de vista: Cristóbal Colón)
El viaje de regreso fue más silencioso que el de ida.
No por cansancio ni por tormentas —que las hubo—, sino porque nadie sabía cómo poner en palabras lo que había visto. En cubierta, los hombres miraban el horizonte sin hablar. Algunos rezaban. Otros contaban las olas. Nadie cantaba.
Yo escribía.
Pero rompía páginas.
Porque no sabía cuáles verdades sobrevivirían al cruce del océano.
La tripulación
No tuve que reunirlos para entenderlos.
—Almirante —me dijo uno de los más jóvenes, una noche—… si regresamos, ¿seguiremos siendo los mismos?
No respondí de inmediato.
—No —dije al fin—. Pero fingiremos que sí.
Eso pareció tranquilizarlo… y aterrorizarnos a todos.
Habían visto ciudades más grandes que Sevilla.
Campos mejor organizados que los de Castilla.
Soldados que no gritaban, no presumían, no saqueaban.
Y lo más inquietante:
un imperio que no nos necesitaba.
Llegada a Europa
Cuando tocamos puerto, el mundo volvió a sentirse estrecho.
Las calles eran más sucias.
Las murallas, más viejas.
Los mercados, más caóticos.
Y aun así, la gente celebraba.
—¡Ha descubierto tierras!
—¡Ha traído noticias del oeste!
Sonreí. Incliné la cabeza. Acepté los honores.
Porque explicarles la verdad completa habría sido cruel.
La audiencia real
La sala era solemne. Los Reyes Católicos, atentos. Consejeros, obispos, nobles.
Me arrodillé.
Hablé.
Pero medí cada palabra como quien pisa terreno minado.
—Majestades —comencé—, no he hallado islas vacías ni pueblos dispersos. He encontrado un imperio.
El murmullo fue inmediato.
—¿Un imperio? —preguntó la reina.
—Sí —respondí—. Antiguo. Extenso. Organizado.
No exageré. Tampoco suavicé.
La fundación
—No puedo darles una fecha exacta de su origen —continué—, pero sus crónicas se remontan a más de mil años. No nacieron de una conquista rápida, sino de una expansión lenta, seguida de siglos de consolidación.
El rey frunció el ceño.
—¿Un imperio tan antiguo… en esas tierras?
—Así es, Majestad.
La población
Respiré hondo.
—Su población supera a la de cualquier reino europeo. No por poco. No por estimación. Por registros. Censos. Números verificados.
Los consejeros intercambiaron miradas.
—¿Cuánto es “supera”? —preguntó uno.
—Decenas de millones —respondí—. Quizá más de cien.
El silencio cayó como piedra.
El territorio
Extendí un mapa simplificado. No el completo. Nunca el completo.
—Controlan todo lo que hoy llamaríamos México, Centroamérica, el Caribe… y vastas regiones al norte. No enclaves. No colonias. Territorio continuo, administrado directamente.
—¿Y cómo lo mantienen? —preguntó el rey.
—Con caminos, educación y comida —respondí—. No con terror.
No supe por qué añadí esa última parte.
La fuerza visible
—Tienen ejército —dije—. Grande. Disciplinado. No ostentoso.
—¿Con pólvora? —preguntó un obispo.
—La conocen —respondí—. La usan en el mar. Pero no dependen de ella.
Eso los inquietó más que si hubiera dicho lo contrario.
Los mapas y los libros
—Tienen mapas del continente entero —añadí—. Y de Europa. Incompletos, pero suficientes. Poseen bibliotecas con libros latinos, islámicos, asiáticos. No los veneran. Los estudian. Los corrigen.
La reina entrelazó los dedos.
—¿Y su fe?
—Tienen religión —respondí—. Pero no buscan imponerla. Ni aceptar la nuestra.
No dije más.
La postura del Imperio
Aquí fue donde todos se inclinaron hacia adelante.
—Su posición es clara —dije—:
no les importa lo que Europa haga en América…
mientras no se interrumpa su comercio con el resto del mundo.
—¿Eso es una amenaza? —preguntó el rey.
Negué con la cabeza.
—No. Es una condición. No necesitan amenazar.
Lo que no dije
No dije:
•cuán preparados estaban
•cuán poco impresionados se mostraron
•cuán fácil habría sido no dejarme volver
Eso me lo guardé.
Después
Al salir de la sala, supe que nada volvería a ser igual.
Europa había oído el nombre de un imperio que no podía ignorar.
Ni conquistar fácilmente.
Ni fingir que no existía.
Y yo…
Yo había llevado la noticia más peligrosa de todas:
Que el mundo no estaba esperando a Europa.
Que ya había seguido adelante.
Esa noche, escribí en mi diario:
“No temo a lo que harán los reyes con esta información.
Temo a lo que harán cuando decidan no creerla.”
Cerré el cuaderno.
Porque el océano se había cruzado.
Y ya no había marcha atrás.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com