EL INMORTAL - Capítulo 65
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Capítulo 65: CRISTÓBAL COLÓN Vl
Año 1493 d.C. / año 1443 del Sol
(Punto de vista: Cristóbal Colón)
No hubo aplausos después de mi audiencia.
Eso debió advertirme de inmediato.
En la corte, el silencio suele ser más peligroso que el enojo. Cuando los nobles se retiran sin murmullos, cuando los consejeros no discuten en los pasillos, cuando los obispos no elevan la voz, significa que la información no ha sido rechazada… sino retenida.
Me concedieron alojamiento. Honorífico. Cómodo. Vigilado.
No me dijeron que no podía irme.
Tampoco me dijeron que podía hacerlo.
El rumor controlado
En los días siguientes, escuché versiones deformadas de mis propias palabras.
—Colón dice que hay tierras ricas.
—Colón exagera la fuerza de unos salvajes organizados.
—Colón ha sido engañado por paganos astutos.
Cada frase tenía algo de verdad… y algo de negación.
Comprendí entonces que el problema no era lo que había dicho, sino lo que implicaba creerme.
Creerme significaba aceptar que:
•Europa no llegaba primera
•la espada no sería suficiente
•la cruz no era bienvenida
•y el oro no estaba al alcance
Eso era inadmisible para muchos.
La segunda citación
No fue una audiencia formal.
Fue una conversación.
El rey me recibió sin corona. La reina, sin corte. Solo dos consejeros presentes. Puertas cerradas.
—Almirante —dijo el rey—, algunos creen que ha visto demasiado… y otros que ha visto lo que quiso ver.
No respondí de inmediato.
—Majestad —dije al fin—, yo también querría creer que exagero.
La reina me observó con atención.
—¿Está dispuesto a jurar —preguntó— que ese imperio existe tal como lo ha descrito?
Sostuve su mirada.
—Estoy dispuesto a jurar —respondí— que es más estable de lo que he dicho… y más paciente de lo que parece.
Eso los inquietó.
El error europeo
—¿Por qué no nos atacaron? —preguntó un consejero—. Si son tan poderosos…
—Porque no lo necesitaban —respondí—. Y porque no ganan nada con hacerlo.
—¿Y si nosotros atacamos? —insistió.
Respiré hondo.
—Entonces aprenderemos algo que ellos ya saben:
que no todos los imperios se construyen para conquistar.
Nadie respondió.
El dilema
La reina habló con voz baja.
—Si decimos la verdad completa, Europa temblará.
Si la ocultamos, otros irán… y chocarán.
—Ese es el dilema —asentí—. Y ninguno termina bien.
El rey se levantó.
—Europa no puede ignorar ese continente —dijo—. Pero tampoco puede enfrentarlo abiertamente.
Caminó hasta la ventana.
—Así que haremos lo que siempre hemos hecho —añadió—: avanzar… y fingir que no sabemos a qué nos enfrentamos.
Comprendí entonces la decisión.
No sería guerra.
No sería paz.
Sería negación estratégica.
Mi papel
—Volverá a escribir —ordenó el rey—. Un informe público. Más ligero. Menos números. Menos mapas. Más oportunidades.
—¿Y el verdadero informe? —pregunté.
—Ese —dijo la reina— no saldrá de esta sala.
Incliné la cabeza.
Había sido útil.
Ahora debía ser discreto.
La soledad del testigo
Esa noche, solo, comprendí algo que no había anticipado:
Ser el primero en saber la verdad no es un privilegio.
Es una carga.
Europa avanzaría hacia América convencida de su superioridad.
El Imperio Mexicano observaría… sin apresurarse.
Y yo quedaría entre ambos mundos, sabiendo que uno de ellos subestimaba al otro de forma peligrosa.
Escribí en mi diario:
“No temo al Imperio que vi.
Temo al continente que cree que no existe.
Porque cuando la negación choque con la realidad,
no habrá océano que amortigüe el impacto.”
Cerré el cuaderno.
La historia ya había comenzado a moverse.
Y esta vez, no estaba bajo control europeo.
Año 1580 d.C. / Año 1530 del Sol
El mundo ya se conocía.
No del todo, no con mapas perfectos ni verdades completas, pero lo suficiente como para que nadie pudiera fingir ignorancia. Europa comerciaba con el Imperio Mexicano desde hacía décadas. No con confianza plena, no con igualdad, pero sí con respeto cauteloso.
Sudamérica, en cambio, fue otra historia.
El error del sur
Mientras el Imperio Mexicano se consolidaba y cerraba su expansión, el sur del continente seguía fragmentado. Grandes culturas, sí. Antiguas, orgullosas, ricas en oro y plata… pero cerradas, verticales, dependientes de una sola voz.
El Imperio Inca era poderoso, pero rígido.
Europa aprendió rápido.
No atacaron al norte.
No tocaron el Caribe imperial.
No provocaron a quien ya había demostrado saber contar ejércitos, barcos y generaciones.
Miraron al sur.
La llegada
Cuando los españoles desembarcaron en tierras incas, no lo hicieron como exploradores ingenuos. Llegaron con experiencia americana, con caballos, con pólvora, con traiciones aprendidas y enfermedades ya conocidas.
El choque fue breve. Violento. Asimétrico.
No porque los incas fueran débiles, sino porque su estructura no estaba hecha para absorber el golpe. Un emperador capturado bastó para paralizar regiones enteras. La palabra del Inca era ley… y cuando esa ley cayó prisionera, el sistema se quebró.
Europa lo llamó conquista.
El Imperio Mexicano lo llamó colapso estructural.
La enfermedad
La viruela y otras fiebres recorrieron el sur con rapidez brutal. Ciudades enteras se vaciaron. Campos quedaron sin manos. El orden ancestral se deshizo antes de que pudiera adaptarse.
En el norte, el Imperio observaba.
No con indiferencia.
Con frialdad aprendida.
Habían sufrido epidemias siglos atrás. Habían documentado, aislado, resistido. El sur no tuvo ese margen.
La postura imperial
En 1580, los puertos del Imperio Mexicano estaban llenos de rumores.
—El sur ha caído.
—Los europeos gobiernan montañas de plata.
—Los antiguos dioses han sido derribados.
Los mercaderes imperiales anotaban.
Los funcionarios calculaban.
Los generales observaban mapas que no se movían.
El Imperio no intervino.
No porque no pudiera.
Sino porque no debía.
Sudamérica había sido advertida durante siglos. Se comerciaba con ella. Se compartía conocimiento. Se ofrecía integración gradual. Pero la respuesta siempre fue la misma: obediencia al Inca o nada.
Cuando Europa llegó, no había redes alternativas.
Europa aprende… a medias
Para 1580, Europa ya entendía algo esencial:
•No todos los pueblos americanos eran iguales.
•Algunos podían ser conquistados.
•Otros no.
España, Portugal, e incluso Inglaterra sabían que el Imperio Mexicano no era el sur. No improvisaron ataques. No enviaron ejércitos masivos. Prefirieron comercio, misiones, diplomacia tensa.
El oro del sur fluía hacia Europa.
El conocimiento del norte… no.
El contraste
Mientras Lima caía y Potosí ardía de extracción forzada, la capital imperial seguía creciendo con orden. Bibliotecas se ampliaban. Universidades se multiplicaban. Las carreteras se mantenían. El ejército entrenaba sin marchar.
Y en los registros imperiales, el año quedó anotado así:
“Año 1530 del Sol.
El sur ha sido tomado por hombres que no entienden la tierra que pisan.
El norte permanece.
No por fuerza.
Sino por estructura.”
El mundo dividido
En 1580, el continente americano ya no era uno.
Había:
•un norte organizado, soberano, paciente
•un sur sometido, explotado, fragmentado
•y una Europa convencida de que había ganado…
sin notar que había evitado la verdadera prueba
El Imperio Mexicano no celebró.
No lamentó.
Aprendió.
Porque entendió algo que Europa tardaría siglos en aceptar:
No todas las conquistas son victorias.
Y no todas las abstenciones son debilidad.
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