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EL INMORTAL - Capítulo 67

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Capítulo 67: SEGUNDA ALEJANDRÍA

Año 1585 d.C. / Año 1535 del Sol

La noticia no viajó con ejércitos.

Viajó con libros.

Durante décadas, Europa había comerciado con el Imperio Mexicano con cautela, con prudencia aprendida a base de silencios incómodos y mapas que nunca se publicaban completos. Pero entre los mercaderes, embajadores y traductores que cruzaban el océano, comenzó a surgir una nueva figura: el intelectual itinerante.

No venían por oro.

Venían por respuestas.

Los traductores

Al principio fueron pocos.

Hombres formados en latín, griego y árabe, enviados por universidades, cortes o mecenas curiosos. Su tarea era simple en apariencia: traducir textos imperiales al latín o a lenguas vernáculas europeas. Tratados de matemáticas, medicina, astronomía, botánica, mecánica.

Pero ninguno estaba preparado para lo que encontraron.

La biblioteca central de la capital no era un edificio.

Era un sistema.

Salas divididas por siglos, no por origen.

Pasillos temáticos que recorrían milenios de conocimiento humano.

Originales protegidos, copias en uso constante.

Catálogos precisos, revisados, corregidos.

Un traductor florentino escribió en una carta privada:

“No es una colección de libros.

Es una conversación continua entre los muertos y los vivos.”

El asombro europeo

Los intelectuales europeos no podían ocultarlo.

Habían visto bibliotecas monásticas.

Habían estudiado en universidades antiguas.

Algunos incluso habían visitado Constantinopla antes de su caída.

Nada se comparaba.

Aquí no se veneraba el texto por ser antiguo.

Se lo discutía.

Se lo corregía.

Se lo superaba.

Aristóteles no era incuestionable.

Ptolomeo era revisado.

Galeno era contrastado con observación empírica.

Y lo más inquietante:

todo eso se hacía sin ruptura social, sin herejías, sin persecuciones.

El nombre que nació en Europa

Cuando regresaron, no pudieron callar.

En cartas privadas, en círculos académicos cerrados, en universidades italianas y francesas, comenzó a circular un nombre que no figuraba en ningún decreto oficial:

“La Segunda Alejandría.”

No como provocación.

Como comparación inevitable.

—Alejandría cayó por la política y el fanatismo —decían—.

—Esta… sigue creciendo.

El nombre se extendió con rapidez silenciosa. No en plazas, sino en aulas. No en sermones, sino en manuscritos copiados a mano.

Europa intelectual despertó.

La migración del saber

A partir de 1585, comenzaron a llegar más.

No conquistadores.

No misioneros.

Matemáticos de Padua.

Médicos de Córdoba.

Astrónomos del Sacro Imperio.

Filósofos que huían de disputas teológicas estériles.

El Imperio no los anunciaba.

No los promovía.

Simplemente… los aceptaba.

Mientras respetaran la ley, pagaran impuestos y no intentaran imponer dogmas, podían quedarse. Estudiar. Enseñar. Aprender.

Algunos nunca regresaron a Europa.

El contraste

Mientras en Europa se discutía si ciertos textos debían prohibirse, en la capital imperial se copiaban y distribuían versiones comentadas.

Mientras una idea podía costar una hoguera en el viejo mundo, en el Imperio costaba una refutación escrita.

Y eso, para muchos, fue más revolucionario que cualquier arma.

Una anotación imperial

En los registros del Imperio, el fenómeno fue descrito sin grandilocuencia:

*“Año 1535 del Sol.

Aumenta la llegada de hombres de letras del otro lado del mar.

No vienen a mandar.

Vienen a aprender.

Se les permitirá hacerlo.”*

No hubo celebraciones.

No hubo proclamaciones.

El Imperio no necesitaba reconocimiento.

Europa cambia… lentamente

Las ideas regresaron antes que los hombres.

Nuevos métodos de enseñanza.

Observación empírica reforzada.

Matemáticas aplicadas.

Medicina menos dogmática.

No todos aceptaron su origen.

Muchos libros fueron publicados sin mencionar de dónde provenían las correcciones. Otros circularon de forma clandestina, con anotaciones marginales que decían simplemente:

“Según fuentes occidentales.”

Pero el daño —o el progreso— ya estaba hecho.

La paradoja final

Alejandría fue destruida por el miedo al conocimiento.

La capital del Imperio Mexicano creció porque no le tuvo miedo.

Y así, sin conquistar una sola ciudad europea,

sin disparar un solo cañón,

el Imperio comenzó a hacer algo mucho más duradero:

reordenar el pensamiento del mundo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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