EL INMORTAL - Capítulo 69
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 69: MATTEO
Año 1593 d.C. / Año 1543 del Sol
(Punto de vista: Matteo di Ferrara)
Mi nombre es Matteo di Ferrara.
En Europa, el café era un lujo extraño. Algo que se servía en casas de mercaderes muy ricos o en boticas, más como curiosidad que como hábito. Aquí, en cambio, el café forma parte de la rutina de estudio. No es vulgar, no es ceremonial: simplemente está ahí.
Yo lo tomo mientras leo.
La biblioteca central
La biblioteca estaba concurrida aquella mañana.
No abarrotada, no caótica, sino ocupada como lo está un espacio donde todos saben por qué han venido. Estudiantes imperiales, maestros, escribanos, y algunos europeos como yo —reconocibles por el acento que aún se nos escapa al hablar Náhuatl Imperial.
El sonido predominante no era el murmullo, sino el pasar de páginas.
Caminé entre estanterías sosteniendo una taza de café. Nadie me detuvo. Nadie me observó más de lo normal. Aquí, entrar a la biblioteca no es un privilegio extraordinario, sino una costumbre cívica.
Un hombre en la mesa central
Fue entonces cuando lo vi.
No porque llamara la atención deliberadamente, sino porque no la buscaba.
Estaba sentado en una de las mesas centrales, solo. Vestía con sobriedad, ropa de buena calidad pero sin adornos innecesarios. Su rostro tenía rasgos claros, mediterráneos tal vez. Podría haber sido hijo de un gran comerciante del Imperio… o de Europa. No había forma de saberlo.
Tenía varios libros abiertos frente a él.
Uno con caracteres asiáticos.
Otro en griego antiguo.
Otro en Náhuatl Imperial, con anotaciones finas, cuidadas.
Leía con calma, pero sin lentitud. Pasaba las páginas como alguien acostumbrado a hacerlo durante horas. A su lado, una taza de café ya medio vacía.
Nada en él indicaba autoridad.
Nada sugería importancia oficial.
Era, simplemente, un lector serio.
La normalidad del saber
Seguí mi camino.
Tomé un volumen de historia asiática —crónicas de la dinastía Song— y luego uno de historia imperial temprana. Ambos tenían marcas de uso, notas al margen, referencias cruzadas.
Me senté a leer.
A veces levantaba la vista, como hacen todos los lectores, para descansar los ojos. El hombre seguía ahí. Cambiaba de libro, anotaba algo, bebía un sorbo de café.
Nada más.
Pensé que, en Europa, alguien con ese acceso a textos raros estaría rodeado de privilegios visibles. Aquí no. Aquí, el acceso parecía depender solo de saber qué buscar.
Mi vida aquí
Trabajo como maestro en una preparatoria del Imperio. Enseño historia europea. No para glorificarla, sino para ordenarla, explicarla, contextualizarla.
El salario es suficiente para pagar alquiler, comida… y café. A veces también para comprar copias de libros que no quiero devolver todavía.
Nadie me pregunta por mi origen con suspicacia. Nadie me exige lealtades ideológicas. Mientras enseñe bien y estudie con seriedad, soy uno más.
Eso, para un europeo, sigue siendo extraño.
Pensamientos dispersos
Mientras leía sobre antiguas reformas administrativas imperiales, pensé en lo distinta que era esta biblioteca de las europeas. No más grande —aunque lo era—, sino más abierta.
Aquí nadie parece leer para demostrar algo.
Se lee para entender.
El hombre de la mesa central cerró uno de sus libros y tomó otro. No hizo gesto alguno que indicara prisa o superioridad. Podría haber estado ahí toda la mañana… o solo unos minutos más.
No lo sabía.
No importaba.
Salir sin respuestas
Cuando terminé, devolví los libros a su lugar. Mi café se había enfriado. Me levanté y caminé hacia la salida.
Al pasar cerca de la mesa central, lo vi de reojo una última vez. Seguía leyendo.
Pensé, con cierta ligereza:
Quizá sea hijo de alguien importante.
Quizá solo tenga tiempo y educación.
En esta ciudad, ambas cosas eran posibles.
Salí de la biblioteca con la sensación tranquila de haber estudiado bien ese día. Sin revelaciones. Sin sobresaltos.
Solo libros.
Café.
Y un lector más entre muchos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com