EL INMORTAL - Capítulo 70
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Capítulo 70: PRESENTIMIENTO
Año 1601 d.C. / Año 1551 del Sol
(Punto de vista: Matteo di Ferrara)
El Renacimiento llevaba años ocurriendo cuando dejé de pensar en él como un acontecimiento.
En Europa se hablaba del Renacimiento como si fuera una ruptura clara, un antes y un después marcado por nombres, fechas y obras concretas. Aquí, en el Imperio, comprendí que esa manera de verlo era un error cómodo. Nada verdaderamente importante nace de un solo momento. Todo lo que transforma al mundo lo hace despacio, casi sin pedir permiso.
El Renacimiento no llegó al Imperio como una novedad. Llegó como una influencia.
Algunas ideas encontraron terreno fértil. Otras pasaron de largo. No hubo imitaciones ciegas ni rechazos orgullosos. Se tomó lo que funcionaba, se dejó lo que no, y se integró sin ceremonias.
La ruptura que Europa apenas logró
En Europa, apenas hacía unos siglos que lo intelectual había comenzado a separarse del monasterio.
Todavía se notaba.
Las universidades seguían cargando con estructuras viejas: autoridad antes que prueba, tradición antes que resultado. El saber avanzaba, sí, pero con frenos invisibles. Cada idea nueva debía justificarse no solo por su verdad, sino por su compatibilidad con lo aceptable.
Aquí, esa ruptura era antigua.
Nadie preguntaba si una idea era peligrosa. Se preguntaba si era útil, correcta o mejorable. Esa diferencia explicaba por qué el Renacimiento europeo no causó conmoción en el Imperio: muchas de sus bases ya estaban asumidas desde hacía siglos.
El viaje de los intelectuales
Con el paso de los años, el patrón se volvió claro.
Intelectuales europeos llegaban al Imperio. Permanecían un tiempo —a veces dos años, a veces diez— estudiaban, aprendían el Náhuatl Imperial, copiaban libros, asistían a talleres, discutían sin miedo a equivocarse.
Luego regresaban.
Volvían a Florencia, París, Salamanca, Lovaina. Regresaban a sus universidades con nuevas preguntas, nuevos métodos, nuevas formas de enseñar que no siempre sabían explicar del todo.
No decían: “Esto viene del Imperio”. Decían: “Esto funciona mejor”.
Y eso bastaba para que el cambio comenzara.
Un presentimiento compartido
No fue una teoría lo que nos hizo sospechar que algo mayor se acercaba.
Fue una sensación común.
Ingenieros hablando de eficiencia, no solo de forma.
Artesanos discutiendo producción, no solo calidad individual.
Matemáticos aplicando números a problemas reales de trabajo, tiempo y fuerza.
En Europa y en el Imperio, por caminos distintos, se estaba llegando a las mismas preguntas.
¿Cómo producir más con menos esfuerzo?
¿Cómo organizar el trabajo sin depender del azar?
¿Cómo convertir conocimiento en sistema?
Nadie lo llamaba aún por su nombre.
Pero todos sentíamos que algo estaba tomando forma.
La claridad incómoda
Fue en una conversación informal —no en una cátedra— cuando lo entendí del todo.
Un maestro imperial dijo, casi como al pasar:
—No nos tocará verla.
No hablaba con tristeza.
Tampoco con resignación.
Era una constatación.
La nueva Era no comenzaría mañana ni en una década. Necesitaba tiempo, errores, generaciones completas de aprendizaje acumulado. Pero su estructura ya podía intuirse, como se intuye la forma de una ciudad cuando solo existen sus planos.
Calculábamos, sin decirlo en voz alta, ciento cincuenta, quizá doscientos años.
Y aun así, nadie se detenía.
Porque no trabajábamos para verla, sino para hacerla posible.
La diferencia final
Europa avanzaba con prisa, impulsada por ruptura y entusiasmo.
El Imperio avanzaba con constancia, sostenido por continuidad.
Dos ritmos distintos, empujando hacia el mismo horizonte.
Y por primera vez, no parecían destinados a chocar.
Reflexión
Escribí esa noche:
“Las eras no comienzan cuando alguien las nombra,
sino cuando suficientes personas dejan de pensar solo en el presente.
No veremos el mundo que estamos construyendo.
Pero ya sabemos cómo será.”
Cerré el cuaderno sin melancolía.
Porque comprender que uno es un eslabón, y no el final de la cadena,
es una forma extraña —y profunda— de paz.
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