EL INMORTAL - Capítulo 71
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Capítulo 71: FIESTA
Año 1604 d.C. / Año 1554 del Sol
(Punto de vista: Matteo di Ferrara)
Nunca pensé que celebraría el nacimiento de un príncipe bailando junto a un herrero, bebiendo cerveza con un comerciante de granos y escuchando música que hacía mover a los caballos.
Y, sin embargo, ahí estaba.
La noticia
La noticia había llegado al amanecer:
había nacido un príncipe imperial.
En Europa, un nacimiento así habría significado campanas, misas solemnes, quizá un decreto leído en plazas. Aquí, eso también ocurrió —en los edificios oficiales, en la capital, entre funcionarios y dignatarios—, pero no fue lo que definió el día.
Lo que definió el día fue lo que ocurrió fuera de esos muros.
La invitación implícita
No recibí una invitación formal.
Nadie la necesitaba.
Las calles comenzaron a llenarse desde el mediodía. Familias enteras salían de sus casas con comida preparada, bebidas, instrumentos musicales. Los campos cercanos a la ciudad se ocuparon rápidamente: carpas improvisadas, fogones, mesas largas hechas con tablones.
Algunos llegaban montados a caballo.
Otros caminaban con niños en brazos.
Nadie parecía apurado.
Era una fiesta que sabía que duraría.
El primer sonido
La música comenzó sin señal.
Un grupo de músicos se acomodó bajo la sombra de unos árboles. Cuerdas, percusión, voces entrenadas para espacios abiertos. No cantaban para ser escuchados en silencio, sino para ser acompañados.
Los caballos reaccionaron primero.
Un jinete hizo avanzar el suyo con pasos cortos, rítmicos. Otro respondió. Pronto varios animales se movían al compás, guiados con precisión y paciencia.
No era un espectáculo organizado.
Era participación.
Mi lugar en la fiesta
Me encontré rodeado de personas que conocía solo de vista: un carpintero que había reparado mi puerta meses atrás, un funcionario menor de la administración local, una familia que había llegado desde el campo esa misma mañana.
Alguien me ofreció una jarra de cerveza.
Luego otra.
La bebida era buena. Abundante. Nadie contaba las jarras. Nadie vigilaba el consumo. La confianza era parte del sistema.
Bailar sin saber cómo
Cuando la música cambió de ritmo, alguien me tomó del brazo y me arrastró a un espacio despejado.
—Aquí no se piensa —me dijo—, se sigue.
Y seguí.
No bailé bien. No bailé mal. Simplemente bailé. Las risas cubrían cualquier error. Los niños corrían entre los adultos. Las parejas giraban lentamente, sin coreografías exactas.
En Europa, el baile suele ser ensayo.
Aquí era presente.
El sentido profundo
En algún momento, ya entrada la noche, me senté a descansar. Observé el conjunto: comida compartida, música constante, caballos tranquilos, gente que no parecía querer que la noche terminara.
Pensé en el príncipe recién nacido.
No estaba ahí.
No lo vería nunca.
Y, sin embargo, todo esto era por él.
No por su persona futura, sino por lo que representaba: continuidad. Estabilidad. La certeza de que mañana seguiría siendo reconocible.
Comparación inevitable
En Europa, una fiesta así habría sido impensable para un nacimiento real. Demasiado libre. Demasiado desordenada. Demasiado cercana.
Aquí, esa cercanía era la clave.
El poder no se mostraba en la distancia, sino en la capacidad de permitir que el pueblo celebrara a su manera, sin miedo, sin control excesivo.
El amanecer
La música no se detuvo en toda la noche.
Algunos no durmieron.
Otros lo hicieron brevemente, sobre mantas o cerca de los caballos.
Cuando el sol comenzó a salir, la fiesta no terminó: se transformó. Desayunos improvisados. Risas cansadas. Despedidas lentas.
Volví a casa con el cuerpo agotado y la mente extrañamente clara.
Reflexión final
Escribí ese día:
“En este Imperio, el nacimiento de un príncipe no se celebra con silencio,
sino con vida compartida.
Tal vez por eso dura.”
Cerré el cuaderno con una certeza que ya no me sorprendía:
Había venido a estudiar una civilización…
y había terminado viviéndola.
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