EL INMORTAL - Capítulo 72
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Capítulo 72: INDUSTRIALIZACIÓN
Año 1840 d.C. / Año 1790 del Sol
El cambio no llegó de golpe.
Nunca lo hacía.
Primero fue el ruido.
I. El nuevo sonido del Imperio
Durante siglos, el Imperio había crecido al ritmo del martillo, del telar manual, del horno de fundición y del paso del caballo. El sonido dominante había sido humano: voces, madera, metal golpeado a mano.
En 1840, ese sonido empezó a mezclarse con otro.
Uno constante.
Rítmico.
Implacable.
Las máquinas.
No eran todavía omnipresentes, pero ya eran inconfundibles. En las ciudades grandes —especialmente la capital y los principales puertos— comenzaron a aparecer edificios distintos: más altos, más funcionales, pensados para albergar engranajes, ejes, calderas y sistemas de transmisión.
El humo se elevaba, pero no cubría el cielo.
Aún no.
II. Una industrialización contenida
A diferencia de Europa, donde la industrialización avanzaba con brutal rapidez, el Imperio había optado por otro camino: expansión controlada.
El Estado había aprendido, tras siglos de planeación, que el crecimiento sin dirección destruía más de lo que creaba.
Por ello:
•las fábricas se concentraron en zonas designadas
•se mantuvieron amplios espacios verdes dentro y alrededor de las ciudades
•se reguló el uso del agua, del carbón y de la madera
•se prohibió construir instalaciones industriales cerca de áreas protegidas
La capital, levantada sobre el antiguo lago de Texcoco ya rellenado y reforzado, fue el laboratorio perfecto:
canales subterráneos, drenaje profundo, suelo estable, vías amplias para transporte pesado.
III. El fin de una frontera invisible
Hasta ese momento, campo y ciudad habían convivido sin grandes tensiones.
Ahora, la frontera comenzó a difuminarse.
•Jóvenes de familias rurales viajaban a las ciudades para aprender oficios mecánicos
•Artesanos tradicionales se convertían en supervisores de producción
•Antiguos talleres familiares crecían hasta convertirse en manufacturas medianas
Sin embargo, el campo no fue abandonado.
La producción agrícola seguía siendo prioritaria. Las chinampas ya no eran el eje del transporte, pero los sistemas agrícolas imperiales —mejorados durante siglos— garantizaban excedentes suficientes para alimentar a una población en rápido crecimiento.
IV. La educación como columna vertebral
La expansión industrial no habría sido posible sin la educación estructurada que el Imperio llevaba siglos construyendo.
En 1840:
•la escuela básica y media era universal
•la preparatoria técnica comenzaba a especializar a miles de jóvenes
•las universidades imperiales ya formaban ingenieros, matemáticos, químicos y arquitectos
Muchos de los primeros diseñadores de maquinaria no improvisaban:
leían tratados europeos, islámicos y asiáticos…
y los mejoraban.
La biblioteca central —ya famosa en todo el mundo— se convirtió en punto de referencia para intelectuales extranjeros que buscaban entender cómo un imperio no europeo había llegado tan lejos sin romperse.
V. La reacción del pueblo
Contrario a lo que temían algunos observadores europeos, el pueblo no rechazó la industrialización.
La recibió con cautela.
Los ciudadanos sabían que el Imperio no permitía:
•jornadas inhumanas
•trabajo infantil extremo
•condiciones insalubres sin supervisión
Las fiestas no desaparecieron.
Las tradiciones no se diluyeron.
Las fiestas charras seguían vivas en el campo y en las periferias urbanas.
La ópera y el piano convivían ahora con nuevos instrumentos, nuevos ritmos, nuevas salas.
El Imperio avanzaba, pero no corría.
VI. La ausencia que siempre estuvo
Había una pregunta que nadie hacía en voz alta.
El nombre no aparecía en documentos oficiales desde hacía siglos. No en discursos, no en decretos, no en celebraciones públicas.
Y, sin embargo, todo el sistema parecía haber sido diseñado por alguien que había visto este momento venir.
Las normas de expansión.
La previsión urbana.
La obsesión por bibliotecas, educación y equilibrio social.
Algunos funcionarios veteranos murmuraban que todo esto no era casualidad.
Que el Imperio seguía un plan antiguo.
Pero nadie lo afirmaba abiertamente.
VII. El mundo observa
En Europa, la expansión industrial del Imperio Mexicano comenzó a estudiarse con seriedad.
No como curiosidad exótica.
Sino como modelo alternativo.
Un imperio que industrializaba sin destruir su base social.
Que producía sin deshumanizar.
Que crecía sin olvidar.
Los intelectuales escribieron una frase que se repetiría durante décadas:
“No es la primera potencia industrial del mundo,
pero será la que llegue más lejos.”
VIII. El inicio de otra era
1840 no fue el punto culminante.
Fue el inicio real.
El Imperio había entrado, finalmente, en la era de las máquinas…
sin dejar atrás al hombre.
Y, en algún lugar apartado, lejos del ruido, alguien seguía leyendo.
Seguía observando.
Seguía esperando.
Porque la historia, para él, nunca había terminado.
Año 1878 d.C. / Año 1828 del Sol
(Inicio de la electricidad comercial en el Imperio)
La luz no llegó como un relámpago, sino como una certeza largamente preparada.
Durante décadas, los ingenieros del Imperio habían jugado con el fenómeno: chispas controladas en laboratorios, descargas medidas con instrumentos de precisión, bobinas, placas metálicas, imanes y fluidos misteriosos que respondían a leyes invisibles. Nada de aquello era nuevo para Sebastián —para el Protagonista—, pero sí lo era la paciencia con la que el Imperio había esperado el momento exacto para dar el paso.
Ese momento llegó cuando tres condiciones se cumplieron al mismo tiempo:
1-La metalurgia había alcanzado un punto de pureza y consistencia suficiente.
2-La industria mecánica podía fabricar piezas con tolerancias precisas.
3-La red urbana y ferroviaria estaba lo bastante extendida como para absorber el impacto.
La electricidad no sería un juguete. Sería una infraestructura.
I. La primera red
No empezó en toda la capital.
El Estado, fiel a su costumbre, eligió un distrito piloto:
un sector administrativo, una zona industrial ligera y tres barrios residenciales de distinta clase social.
Allí se levantó la Primera Casa de Generación Eléctrica, un edificio sobrio, de piedra clara, con grandes ventanales y chimeneas altas. Dentro, el corazón del sistema: dinamos de cobre, movidas por máquinas de vapor optimizadas, alimentadas por carbón y agua.
No había espectáculo.
No había inauguración ruidosa.
Solo una orden firmada, sellada y ejecutada.
Y entonces, al caer la noche…
Las farolas se encendieron.
No con llama.
No con aceite.
No con gas.
Con luz blanca y constante.
Los ciudadanos se detuvieron en seco.
Algunos pensaron que era un truco. Otros, que era peligroso. Los niños miraban el suelo, esperando sombras que no bailaban. Los ancianos se persignaron por costumbre, aunque ya hacía siglos que la superstición no gobernaba al Imperio.
La luz no parpadeaba.
No humeaba.
No olía.
Simplemente… estaba.
II. Reacción del Imperio
El Estado reaccionó como siempre: con método.
•Se emitieron manuales públicos explicando qué era la electricidad.
•Se prohibió su uso doméstico sin certificación.
•Se formaron ingenieros eléctricos imperiales en escuelas técnicas.
•Se fijaron tarifas máximas, evitando especulación.
No todos tendrían electricidad al mismo tiempo.
Y nadie se quejó seriamente.
Porque todos sabían algo:
cuando el Imperio introduce algo, llega a todos. Tarde o temprano.
III. La industria despierta
Las fábricas fueron las primeras en comprender el alcance real.
Con la electricidad:
•Las máquinas ya no dependían de ejes centrales.
•Las plantas podían reorganizarse.
•El trabajo nocturno se volvió seguro.
•La precisión aumentó.
•Las imprentas mejoraron su ritmo.
•Los talleres de relojería alcanzaron niveles impensables.
•Los laboratorios comenzaron a medir cosas que antes solo intuían.
Y, por primera vez, surgió una palabra que los intelectuales repetían en cafés y bibliotecas:
“Segunda Revolución.”
IV. La ciudad de noche
La capital cambió sin ruido.
Las calles principales se iluminaron primero.
Luego, los mercados.
Después, las estaciones ferroviarias.
La noche dejó de ser un límite.
No se volvió día —no del todo—, pero se volvió habitable.
Los cafés ampliaron horarios.
Los teatros ajustaron funciones.
La policía redujo delitos nocturnos.
Las familias caminaron después de cenar.
El ocio cambió.
El ritmo humano se expandió.
V. Sebastián observa
En la biblioteca central —no la privada—, el Protagonista cerró un libro.
A su alrededor, el murmullo habitual: estudiantes, intelectuales, extranjeros, funcionarios. Nadie lo miraba. Nadie sabía. Así lo quería.
Levantó la vista.
La luz eléctrica caía desde lo alto, clara, estable. Sin sombras danzantes. Sin engaños.
Tomó un sorbo de café con leche.
No sonrió.
No porque no estuviera satisfecho, sino porque entendía el peso del momento.
La electricidad no era solo energía.
Era control del tiempo, del espacio, del trabajo, de la noche.
Era la antesala de cosas más grandes:
•motores sin vapor
•comunicación instantánea
•ciudades verticales
•máquinas que pensarían más rápido que los hombres
Todo eso vendría.
Pero no hoy.
Hoy, el Imperio había dado el paso correcto, en el momento correcto, sin prisas, sin caos.
Sebastián dejó el libro en su sitio.
Durante siglos, había esperado que el mundo alcanzara este punto.
Ahora, por primera vez en mucho tiempo, sintió algo cercano a la calma.
La luz ya estaba encendida.
Y esta vez, no habría marcha atrás.
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