EL INMORTAL - Capítulo 73
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Capítulo 73: SE HACE LA LUZ
Año 1878 d.C. / Año 1828 del Sol
(Inicio de la electricidad comercial en el Imperio)
La luz no llegó como un relámpago, sino como una certeza largamente preparada.
Durante décadas, los ingenieros del Imperio habían jugado con el fenómeno: chispas controladas en laboratorios, descargas medidas con instrumentos de precisión, bobinas, placas metálicas, imanes y fluidos misteriosos que respondían a leyes invisibles. Nada de aquello era nuevo para Sebastián —para el Protagonista—, pero sí lo era la paciencia con la que el Imperio había esperado el momento exacto para dar el paso.
Ese momento llegó cuando tres condiciones se cumplieron al mismo tiempo:
1-La metalurgia había alcanzado un punto de pureza y consistencia suficiente.
2-La industria mecánica podía fabricar piezas con tolerancias precisas.
3-La red urbana y ferroviaria estaba lo bastante extendida como para absorber el impacto.
La electricidad no sería un juguete. Sería una infraestructura.
I. La primera red
No empezó en toda la capital.
El Estado, fiel a su costumbre, eligió un distrito piloto:
un sector administrativo, una zona industrial ligera y tres barrios residenciales de distinta clase social.
Allí se levantó la Primera Casa de Generación Eléctrica, un edificio sobrio, de piedra clara, con grandes ventanales y chimeneas altas. Dentro, el corazón del sistema: dinamos de cobre, movidas por máquinas de vapor optimizadas, alimentadas por carbón y agua.
No había espectáculo.
No había inauguración ruidosa.
Solo una orden firmada, sellada y ejecutada.
Y entonces, al caer la noche…
Las farolas se encendieron.
No con llama.
No con aceite.
No con gas.
Con luz blanca y constante.
Los ciudadanos se detuvieron en seco.
Algunos pensaron que era un truco. Otros, que era peligroso. Los niños miraban el suelo, esperando sombras que no bailaban. Los ancianos se persignaron por costumbre, aunque ya hacía siglos que la superstición no gobernaba al Imperio.
La luz no parpadeaba.
No humeaba.
No olía.
Simplemente… estaba.
II. Reacción del Imperio
El Estado reaccionó como siempre: con método.
•Se emitieron manuales públicos explicando qué era la electricidad.
•Se prohibió su uso doméstico sin certificación.
•Se formaron ingenieros eléctricos imperiales en escuelas técnicas.
•Se fijaron tarifas máximas, evitando especulación.
No todos tendrían electricidad al mismo tiempo.
Y nadie se quejó seriamente.
Porque todos sabían algo:
cuando el Imperio introduce algo, llega a todos. Tarde o temprano.
III. La industria despierta
Las fábricas fueron las primeras en comprender el alcance real.
Con la electricidad:
•Las máquinas ya no dependían de ejes centrales.
•Las plantas podían reorganizarse.
•El trabajo nocturno se volvió seguro.
•La precisión aumentó.
•Las imprentas mejoraron su ritmo.
•Los talleres de relojería alcanzaron niveles impensables.
•Los laboratorios comenzaron a medir cosas que antes solo intuían.
Y, por primera vez, surgió una palabra que los intelectuales repetían en cafés y bibliotecas:
“Segunda Revolución.”
IV. La ciudad de noche
La capital cambió sin ruido.
Las calles principales se iluminaron primero.
Luego, los mercados.
Después, las estaciones ferroviarias.
La noche dejó de ser un límite.
No se volvió día —no del todo—, pero se volvió habitable.
Los cafés ampliaron horarios.
Los teatros ajustaron funciones.
La policía redujo delitos nocturnos.
Las familias caminaron después de cenar.
El ocio cambió.
El ritmo humano se expandió.
V. Sebastián observa
En la biblioteca central —no la privada—, el Protagonista cerró un libro.
A su alrededor, el murmullo habitual: estudiantes, intelectuales, extranjeros, funcionarios. Nadie lo miraba. Nadie sabía. Así lo quería.
Levantó la vista.
La luz eléctrica caía desde lo alto, clara, estable. Sin sombras danzantes. Sin engaños.
Tomó un sorbo de café con leche.
No sonrió.
No porque no estuviera satisfecho, sino porque entendía el peso del momento.
La electricidad no era solo energía.
Era control del tiempo, del espacio, del trabajo, de la noche.
Era la antesala de cosas más grandes:
•motores sin vapor
•comunicación instantánea
•ciudades verticales
•máquinas que pensarían más rápido que los hombres
Todo eso vendría.
Pero no hoy.
Hoy, el Imperio había dado el paso correcto, en el momento correcto, sin prisas, sin caos.
Sebastián dejó el libro en su sitio.
Durante siglos, había esperado que el mundo alcanzara este punto.
Ahora, por primera vez en mucho tiempo, sintió algo cercano a la calma.
La luz ya estaba encendida.
Y esta vez, no habría marcha atrás.
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