Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL INMORTAL - Capítulo 74

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL INMORTAL
  4. Capítulo 74 - Capítulo 74: SE HACE LA LUZ ll
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 74: SE HACE LA LUZ ll

Año 1879 d.C. / Año 1829 del Sol

Punto de vista de un ciudadano del Imperio

Nunca pensé que la noche pudiera cambiar sin hacer ruido.

Me llamo Tomás Ixcóatl, tengo treinta y cuatro años, soy carpintero y vivo con mi esposa y mis dos hijos en un barrio de calles rectas, no lejos del mercado del sur. No soy funcionario ni ingeniero. No he leído más libros de los que pude en la escuela media. Mi vida es sencilla, ordenada, repetida… o lo era.

La electricidad llegó a nuestra calle un martes.

No hubo desfile. No hubo discursos. Solo aparecieron cuadrillas del Estado al amanecer, con postes nuevos, cables gruesos y farolas que parecían demasiado limpias para el polvo de la ciudad. Algunos vecinos salieron a mirar. Otros siguieron con lo suyo. Aquí estamos acostumbrados a que las cosas se hagan primero y se expliquen después.

—Hoy no conectan —dijo uno de los trabajadores—. Mañana al caer el sol.

Eso fue todo.

I. El momento

Al día siguiente, después de cenar, salí a la puerta.

Era costumbre. Antes de la electricidad, uno se sentaba un rato, dejaba que el día se apagara del todo y luego entraba. La noche era una señal. Decía: ya basta.

Mis hijos corrían todavía. Mi esposa lavaba platos con una lámpara de aceite encendida. El aire estaba tranquilo.

Entonces ocurrió.

La farola frente a mi casa se encendió.

No parpadeó. No escupió humo. No tembló como las viejas lámparas de gas del centro. Simplemente pasó de estar apagada… a estar.

Blanca. Clara. Firme.

El suelo cambió de color. Las sombras se hicieron nítidas. Pude ver la veta de la madera en mi puerta como si fuera de día, pero sin el calor del sol.

Mi hijo menor soltó una carcajada. El mayor se quedó en silencio.

—Papá… —dijo— ¿esto es de verdad?

No supe qué responderle.

II. Las primeras horas

Esa noche nadie se acostó temprano.

Los vecinos salieron poco a poco, como si temieran que la luz se ofendiera si la miraban demasiado. Las mujeres comentaban entre ellas. Los hombres cruzaban la calle sin linterna. Un anciano dijo que ahora entendía por qué el Estado había prohibido tocar los cables.

La calle ya no daba miedo.

No por criminalidad —eso rara vez fue un problema aquí— sino porque la oscuridad siempre imponía algo. Te recordaba que eras pequeño. Que había cosas que no veías.

Ahora, la noche se sentía… domesticada.

No vencida. Domesticada.

III. El cambio silencioso

En los días siguientes, empecé a notar cosas.

Trabajaba una hora más si lo necesitaba. No por obligación, sino porque podía. Mis herramientas se veían mejor. Medía con más precisión. Cometía menos errores.

Mi esposa empezó a leer después de cenar. Antes, la lámpara cansaba la vista. Ahora no.

Los niños hacían tareas sin bostezar tanto.

El mercado abrió más tarde. El panadero horneaba de noche. El relojero de la esquina empezó a aceptar encargos más finos.

No hubo caos.

Solo ajustes.

IV. La conversación

Una noche, en la esquina, alguien dijo lo que todos pensábamos.

—Esto no es solo luz.

Nadie respondió de inmediato.

—Es tiempo —añadió otro—. Nos dieron más tiempo.

Y era verdad.

No nos habían quitado nada. No nos habían exigido nada. No nos habían cambiado las leyes. Solo habían extendido el día.

Por primera vez entendí algo que siempre había oído decir a los maestros:

El Imperio no cambia la vida con órdenes. La cambia con sistemas.

V. Lo que no se dijo

Nadie hablaba de lo que vendría después.

No de motores nuevos.

No de máquinas extrañas.

No de cosas que todavía no entendíamos.

Pero todos lo sentíamos.

Si podían dominar la noche…

¿qué más podrían hacer?

VI. Una certeza sencilla

Esa noche, al apagar la luz de casa —porque sí, ahora también teníamos un interruptor—, me quedé un momento en la cama, despierto.

Pensé en mi padre, que vivió con aceite y velas. Pensé en mis hijos, que crecerían creyendo que la noche siempre estuvo iluminada.

Y entendí algo simple, casi humilde:

No todos los cambios hacen ruido.

Los más importantes solo permanecen.

Afuera, la farola seguía encendida.

No vigilaba.

No imponía.

Solo estaba allí.

Como el Imperio.

Año 1879 d.C. / Año 1829 del Sol

Punto de vista de un europeo

Me llamo Henrik Bauer, nacido en Hamburgo, ingeniero por formación, comerciante por necesidad. He visto puertos iluminados con gas, fábricas que trabajan hasta tarde y calles donde la noche se finge día con antorchas alineadas. Creí, honestamente, que ya nada podía sorprenderme.

Hasta que llegué a la capital del Imperio.

Entré al atardecer, por la vía férrea del este. El tren redujo velocidad y, mientras el cielo se tornaba violeta, pensé que vería lo habitual: la ciudad apagándose, ventanas cerradas, luces escasas. Me preparé para la penumbra.

No llegó.

Cuando el sol terminó de caer, la ciudad se encendió.

No de golpe, no como una llamarada, sino por capas. Primero las avenidas principales, luego las plazas, después los barrios. Farolas blancas, firmes, idénticas, separadas con una precisión que delataba cálculo y no ornamento. La luz no oscilaba. No había humo. No había olor.

Me levanté del asiento.

—¿Gas? —pregunté al hombre del vagón, un funcionario imperial que leía sin prisa.

—Electricidad —respondió, como si hablara del clima.

Electricidad… en esta escala.

El tren se detuvo y descendí con mi equipaje. La estación estaba iluminada como si el día se hubiera quedado a vivir allí. Los relojes marcaban la hora exacta; los empleados se movían sin tropiezos; los viajeros caminaban sin apuro. No vi borrachos ni mendigos dormidos en las esquinas. Vi familias. Vi niños. Vi comerciantes cerrando cuentas después de cenar.

La noche no imponía silencio. Imponía orden.

I. El paseo

Salí a caminar. No porque necesitara hacerlo, sino porque mi mente no aceptaba quedarse quieta.

Las calles estaban pavimentadas, limpias. Había botes de basura en cada esquina; algunos hombres del servicio público los revisaban con lámparas portátiles. Parques abiertos, con gente sentada en bancos, conversando. Un teatro anunciaba función nocturna. Un café seguía lleno.

En Europa, la noche pertenece a los extremos: al exceso o al miedo. Aquí, parecía pertenecer a la vida cotidiana.

Me detuve frente a una farola. La observé de cerca. El diseño era sobrio. Pensado para durar. No era un alarde; era una herramienta.

Pensé en mi ciudad. Pensé en los debates interminables, en los permisos, en los capitales privados, en las discusiones entre municipios. Pensé en cuántas noches oscuras costaría llegar a algo así.

Aquí ya estaba hecho.

II. La conversación inevitable

Entré a un café. La luz caía desde lo alto, pareja, sin sombras duras. Pedí una bebida caliente y me senté junto a una mesa donde dos hombres discutían en voz baja. Hablaban del telégrafo, de precios del grano, de un pedido que llegaría mañana por tren nocturno.

—¿Desde cuándo…? —me atreví a preguntar—. ¿Desde cuándo tienen esto?

Uno de ellos me miró, curioso.

—Desde que fue necesario —dijo—. Primero en algunos distritos. Luego en más. Así funciona aquí.

—¿Y no temen…? —busqué la palabra—. ¿Incendios? ¿Accidentes?

El otro sonrió, apenas.

—Por eso se hace despacio.

No era arrogancia. Era confianza.

III. El cálculo

Esa noche, en mi alojamiento, abrí mi cuaderno.

Anoté costos. Materiales. Mano de obra. Mantenimiento. Comparé con lo que conocía de Europa. Las cifras no cerraban… hasta que entendí el error.

Ellos no estaban intentando vender la electricidad.

Estaban intentando implantarla.

No dependían de un solo empresario, ni de una compañía aislada. Era un sistema. Una red. Una decisión sostenida por décadas de preparación: metalurgia, educación técnica, planificación urbana.

No improvisaron la luz.

La merecieron.

IV. Una inquietud

Antes de dormir, miré por la ventana.

La ciudad seguía encendida.

Pensé en lo que diría al volver a Europa. Pensé en las miradas incrédulas, en las sonrisas condescendientes. Pensé en los que creerían que exagero.

Pero también pensé en los jóvenes ingenieros, en los estudiantes, en los que entenderían lo que yo había entendido esa noche:

Que el futuro no llega de golpe.

Se construye cuando nadie mira.

Aquí, en esta ciudad que no dormía, el futuro ya caminaba por la calle.

Y yo, por primera vez en muchos años, me sentí retrasado.

No por ignorancia.

Sino por haber creído que el mundo avanzaba solo en una dirección.

Cerré el cuaderno.

Mañana recorrería las centrales, si me lo permitían.

Si no, bastaría con observar.

La luz seguía ahí.

Constante.

Imperturbable.

Como si siempre hubiera sido así.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo