EL INMORTAL - Capítulo 75
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Capítulo 75: SE HACE LA LUZ lll
Año 1879 d.C. / Año 1829 del Sol
Punto de vista de un europeo
Me llamo Henrik Bauer, nacido en Hamburgo, ingeniero por formación, comerciante por necesidad. He visto puertos iluminados con gas, fábricas que trabajan hasta tarde y calles donde la noche se finge día con antorchas alineadas. Creí, honestamente, que ya nada podía sorprenderme.
Hasta que llegué a la capital del Imperio.
Entré al atardecer, por la vía férrea del este. El tren redujo velocidad y, mientras el cielo se tornaba violeta, pensé que vería lo habitual: la ciudad apagándose, ventanas cerradas, luces escasas. Me preparé para la penumbra.
No llegó.
Cuando el sol terminó de caer, la ciudad se encendió.
No de golpe, no como una llamarada, sino por capas. Primero las avenidas principales, luego las plazas, después los barrios. Farolas blancas, firmes, idénticas, separadas con una precisión que delataba cálculo y no ornamento. La luz no oscilaba. No había humo. No había olor.
Me levanté del asiento.
—¿Gas? —pregunté al hombre del vagón, un funcionario imperial que leía sin prisa.
—Electricidad —respondió, como si hablara del clima.
Electricidad… en esta escala.
El tren se detuvo y descendí con mi equipaje. La estación estaba iluminada como si el día se hubiera quedado a vivir allí. Los relojes marcaban la hora exacta; los empleados se movían sin tropiezos; los viajeros caminaban sin apuro. No vi borrachos ni mendigos dormidos en las esquinas. Vi familias. Vi niños. Vi comerciantes cerrando cuentas después de cenar.
La noche no imponía silencio. Imponía orden.
I. El paseo
Salí a caminar. No porque necesitara hacerlo, sino porque mi mente no aceptaba quedarse quieta.
Las calles estaban pavimentadas, limpias. Había botes de basura en cada esquina; algunos hombres del servicio público los revisaban con lámparas portátiles. Parques abiertos, con gente sentada en bancos, conversando. Un teatro anunciaba función nocturna. Un café seguía lleno.
En Europa, la noche pertenece a los extremos: al exceso o al miedo. Aquí, parecía pertenecer a la vida cotidiana.
Me detuve frente a una farola. La observé de cerca. El diseño era sobrio. Pensado para durar. No era un alarde; era una herramienta.
Pensé en mi ciudad. Pensé en los debates interminables, en los permisos, en los capitales privados, en las discusiones entre municipios. Pensé en cuántas noches oscuras costaría llegar a algo así.
Aquí ya estaba hecho.
II. La conversación inevitable
Entré a un café. La luz caía desde lo alto, pareja, sin sombras duras. Pedí una bebida caliente y me senté junto a una mesa donde dos hombres discutían en voz baja. Hablaban del telégrafo, de precios del grano, de un pedido que llegaría mañana por tren nocturno.
—¿Desde cuándo…? —me atreví a preguntar—. ¿Desde cuándo tienen esto?
Uno de ellos me miró, curioso.
—Desde que fue necesario —dijo—. Primero en algunos distritos. Luego en más. Así funciona aquí.
—¿Y no temen…? —busqué la palabra—. ¿Incendios? ¿Accidentes?
El otro sonrió, apenas.
—Por eso se hace despacio.
No era arrogancia. Era confianza.
III. El cálculo
Esa noche, en mi alojamiento, abrí mi cuaderno.
Anoté costos. Materiales. Mano de obra. Mantenimiento. Comparé con lo que conocía de Europa. Las cifras no cerraban… hasta que entendí el error.
Ellos no estaban intentando vender la electricidad.
Estaban intentando implantarla.
No dependían de un solo empresario, ni de una compañía aislada. Era un sistema. Una red. Una decisión sostenida por décadas de preparación: metalurgia, educación técnica, planificación urbana.
No improvisaron la luz.
La merecieron.
IV. Una inquietud
Antes de dormir, miré por la ventana.
La ciudad seguía encendida.
Pensé en lo que diría al volver a Europa. Pensé en las miradas incrédulas, en las sonrisas condescendientes. Pensé en los que creerían que exagero.
Pero también pensé en los jóvenes ingenieros, en los estudiantes, en los que entenderían lo que yo había entendido esa noche:
Que el futuro no llega de golpe.
Se construye cuando nadie mira.
Aquí, en esta ciudad que no dormía, el futuro ya caminaba por la calle.
Y yo, por primera vez en muchos años, me sentí retrasado.
No por ignorancia.
Sino por haber creído que el mundo avanzaba solo en una dirección.
Cerré el cuaderno.
Mañana recorrería las centrales, si me lo permitían.
Si no, bastaría con observar.
La luz seguía ahí.
Constante.
Imperturbable.
Como si siempre hubiera sido así.
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